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miércoles 06 de marzo 2019, actualizada 1:28 am


Demandas absurdas y exageradas

Leí en El Siglo un escrito sobre demandas, y quiero comentar sobre las que relata de Estados Unidos; entre otras, una por 60 o más millones de dólares que hizo una persona a una tintorería por haber extraviado sus pantalones favoritos, y que le causó una gran angustia y depresión; otra de la familia de una persona que se accidentó en un vehículo que se había robado del estacionamiento de un centro comercial y por las lesiones sufridas, alegando la falta de vigilancia como causa de lo que le ocurrió a su familiar.

Por mi parte, yo me enteré hace años de un caso de unos mexicanos que cruzaron la frontera de Ojinaga, y a pocos kilómetros (millas en este caso) en una carretera estatal de doble circulación en buen estado y en un tramo recto, por alguna razón perdieron el control y salieron de la carretera, rompieron un cercado y chocaron contra una estructura de un anuncio estacionario situado como a unos 25 metros de la cerca; pues bien, demandaron al anunciante, era de una compañía que ya no existía, demandaron a continuación al fabricante de la estructura, misma suerte (era un anuncio muy antiguo); pues no desistieron, demandaron al dueño del rancho. Esta demanda no prosperó, pero es sabido que si en un accidente un joven por ejemplo se fractura un brazo, es usual una demanda millonaria, ya que era un lanzador aficionado al beisbol, pero era prospecto para llegar a las ligas mayores donde iba a ganar millones. Este y otro tipo de supuestos son muy comunes.

La principal razón de que esto ocurra es el sistema de jurados (formados por doce ciudadanos) que hay en los Estados Unidos, en los que el juez solo indica y da instrucciones al jurado de cómo proceder, y principalmente les dice que si hay una duda “razonable” acerca del delito en cuestión, el veredicto debe ser inocente.

Por eso el abogado defensor y el fiscal se abocan a elegir entre muchas personas a la docena que formará el jurado, y después de escuchar las partes y los testigos, deliberan en privado y rinden un veredicto, y luego el juez dicta sentencia. Supe de un caso de una persona que sufrió una caída en la casa de sus padres y demandó a su papá por los daños sufridos, cuando le pregunté con sorpresa que cómo había hecho eso, me dijo: “No, si gano el juicio, el que va a pagar es el seguro de mi papá, así que a mi padre no le pareció mal lo que hice”.

La consecuencia es que como muchos jurados también saben que va a pagar el seguro dan fallos absurdos o exagerados hasta por lesiones menores; pero la consecuencia es que las “primas”, esto es las cuotas o costo de los seguros, se encarece mucho, y en estados como Nevada el seguro de los doctores, en especial ginecólogos, es tan elevado que prácticamente no hay, ya que se han cambiado a otros estados donde las acusaciones por “malpractice” (daño causado por culpa del doctor) se traten imparcialmente.

Un caso muy sonado hasta internacionalmente fue el de O. J. Simpson, que resultó absuelto por un jurado, ya que se le acusaba de matar un hombre y una mujer blancos; y por haber sido un ídolo como deportista, se temía una reacción violenta de parte de fanáticos afroamericanos que creían en su inocencia. Posteriormente fue a la cárcel por el delito de robo, pero esta sentencia no revestía la gravedad que hubiera resultado del delito anterior, que sería cadena perpetua mínimo.

Este sistema, siendo muy democrático, tiene el inconveniente de que un abogado competente pueda convencer a un jurado de una “duda razonable”, aunque las evidencias indiquen lo contrario.

Raymundo Portilla Fernández

Torreon, Coahuila.

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