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Siglo Nuevo

Aires de Nueva York

Miscelánea

Adela Celorio
lunes 21 de enero 2019, actualizada 4:53 pm

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Nada más llegar, el desajuste entre mi edad y el brioso Milenial que me acompaña, se hace evidente. Su intensidad no se ajusta con mis años.

El viaje es búsqueda y no siempre lo que encontramos es grato. — F. Reyes Heróles.

Sólo oír el nombre de Nueva York estimula mi imaginación. Reinvento la Isla, la amueblo con la Torre de la Libertad, ubicada en el espacio que alguna vez ocuparon las Torres Gemelas que cayeron ante el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001; se yergue desafiante como el rascacielos más alto del hemisferio occidental. Y ya me siento caminando entre la variopinta humanidad que siempre con prisa porque “time is money” invade las anchas aceras en las que nunca faltan los miserables, los “homeless” gordos y chapeados que por carecer de techo se instalan sobre cartones en cualquier calle.

Y ya estoy por allá tirando baba frente a los aparadores mientras mordisqueo un pretzel bien salado. Mis planes son ambiciosos. Visitar con calma el Museo Metropolitano, y en el MOMA ponerme al corriente de lo que ahora llaman arte perceptual, que vaya usted a saber qué engendro es. Comeré pato laqueado en Chinatown, spaguetti alla puttanesca en The Little Italy y con el deleite que mi paladar recuerda, en Central Station me agasajaré con un suculento clam chauder remojado en harto vino que sólo tiene el deber de alegrarme. ¡Pura fantasía! La realidad siempre desmerece ante la imaginación.

Nada más al llegar, el desajuste entre mi edad y el brioso Milenial que me acompaña, se hace evidente. Su intensidad no se ajusta con mis años. Confiada en el criterio del jovencito, volví a subirme en un avión carcacha de United, aerolínea en la que por frustrantes experiencias anteriores, me había prometido nunca más volar.

–Oiga no puedo mover mi asiento

- Está descompuesto, me confirmó con brusquedad un azafato que poco después arrojó a cada viajero un paquetito con dos polvorones Marinela.

El carro de las bebidas ofreció “Cocacolas” a seis dólares y bebidas alcohólicas a 18. ¡Miserables de mierda! Con lo lindo que es viajar por Aeroméxico donde con elemental atención, ofrecen a los viajeros algo de comer y bebidas sin costo. Después de un mal viaje, Manhatan nos recibe con una majadera temperatura de seis grados bajo cero y el tránsito cuajado. Mi crisis existencial se dispara cuando a la mañana siguiente de haber llegado, la señal del teléfono del Milenial informa que en treinta minutos debemos presentarnos en algún lugar para el brunch. Desde ese momento nos movimos a golpe de reloj. O sea, que ni pato, ni putanesca ni… el plan de viaje del Milenial no tenía nada que ver con el mío. Apenas comenzaba yo a darle el golpe a la sala egipcia del Museo Metropolitano cuando la señal de mi teléfono ordenó: ¡sal ya abuela!, te estoy esperando afuera. O sea que el Milenial se despachó ese inabarcable Museo en menos de una hora. Salí frustrada aunque mi ánimo mejoró al pasear sobre la mullida alfombra de hojas otoñales en el Central Park. “Se fuga la isla. Y la muchacha vuelve a escalar el viento”; pues si pero ya no es la misma muchacha ni la misma isla. Entre otras vicisitudes, en la ciudad que nunca duerme, perdimos el sueño la noche en que nos apersonamos en un teatro, donde al entrar nos impusieron una máscara blanca de larga y afilada nariz convirtiéndonos a todos en fantasmas que debimos corretear por pasillos y escaleras en absoluta oscuridad a donde el instinto nos llevara.

De pronto en algún cuarto en penumbra, nos sorprendía una escena que vagamente recordaba a Lady Macbeth: la pasión, la violencia, la sangre imborrable en las manos de Macbeth después de asesinar al viejo Duncan, huésped de su casa. La culpa, la locura, el sexo expresados con movimientos tan violentos que si no reacciono rápido, en una de sus giros, el actor me cae encima. Y a seguir corriendo, todos fantasmas, de una oscuridad a otra y en absoluto silencio como se nos había ordenado desde el principio. Así transcurrieron las tres horas y media en que los actores fuimos nosotros y ni siquiera nos pagaron.

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