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Gómez Palacio y Lerdo

CRÓNICA GOMEZPALATINA

Acontecimientos históricos en la Región Lagunera de Durango

MANUEL RAMÍREZ LÓPEZ
CRONISTA OFICIAL DE GÓMEZ PALACIO, domingo 20 de enero 2019, actualizada 9:44 am


TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

Como señalábamos en la crónica anterior, los españoles hacían grandes esfuerzos para tratar de congregar a los indígenas en lugares apropiados para facilitar la civilización de los mismos y para difundir las predicas religiosas, facilitar la conversión de su idolatría y tratar de lograr la pacificación de los naturales y desde luego aprovechar su fuerza de trabajo en las labores de las minas y del campo y como servidores de las casas y haciendas de los conquistadores, y procuraban medidas como la que se señala en seguida donde tomaban acciones para tratar de resolver esos problemas, así lo muestra una Acta donde se invita a los indios de los contornos a poblar Cuencamé. "En el pueblo de Cuencamé, en veinte y tres días del mes de enero de mil quinientos y noventa y ocho años, ante el Capitán Antón Martín Zapata, justicia Mayor de Parras Laguna y Río de las Nazas y su Jurisdicción y comarca, por el Rey nuestro Señor, parecieron unos indios que dijeron ser principales de algunas rancherías y dijeron llamarse Don Agustín, Cacique de dicho pueblo y otro Agustín Secazé, Cacique de Manganapa y otro Cacique de Salina, y otro Don Antón Camanchicha del Río del Nazas, y dijeron que ellos se quieren venir a poblar Cuencamé y que piden al dicho Capitán y Justicia Mayor que lo es para este efecto, les señale tierras y parte donde hagan su asiento y población. El dicho Capitán les mandó que hagan su asiento en este dicho pueblo desmontando cierto lugar que les tiene señalado y limpien tres ojos de agua que están como a media legua de dicho lugar para que tengan agua bastante para su sustento y hagan un estanque que les señaló; que está presto de favorecerles y ayudar en todo lo que fuera menester y señaló y nombró por Capitán para la dicha saca de agua y lo demás conveniente a la dicha población a Martín Mitza; y mandó se asiente por auto, y lo firmó de su nombre. Testigos el Padre Juan Agustín y Pedro de Espinoza, Antón Martín Zapata. Ante mí Rodrigo de Paz, escribano".

Pero estas acciones a veces resultaban contraproducentes, pues los indios se sentían desplazados de los lugares que siempre habían habitado y en muchas ocasiones eran maltratados por los españoles y con mucha frecuencia sufrían hambres y enfermedades a consecuencia de las epidemias. Por esa razón Cuencamé tenía épocas de relativa prosperidad y otras de angustia a consecuencia de la rebelión indígena, ya que estos atacaban la población robando ganado y asesinando a sus habitantes, provocando que el lugar se despoblara y quedara en desamparo.

Al tomar más fuerza la rebelión, el gobierno de la Nueva Vizcaya estableció algunos presidios para defender a la población, (estos eran una especie de fuertes donde se hallaba una guarnición de soldados españoles), reforzada con pobladores de tribus amigas en sus enfrentamientos con los indios belicosos y servían de escolta a la gente pacífica en sus viajes de pueblo a pueblo, a Cuencamé fue trasladado temporalmente el maestro de campo José García Salcedo desde Parral, Chihuahua, afamado soldado español para someter a los levantados. También se envió al gobernador indígena del pueblo de Santiago de Cuencamé para convencer a los caciques rebeldes a que vinieran a este lugar con el objetivo de tratar la paz. Algunos caciques acudieron con bastante desconfianza, ya que tenían presente la matanza del Tizonazo (cuando el gobernador Antonio de Oca y Sarmiento) al enterarse que habría una rebelión de los salineros, los citó a una reunión en el atrio del templo, a la cual iban acompañados de sus mujeres e hijos, y una vez que estuvieron todos reunidos ordenó a sus soldados que los pasaran a cuchillo). Esa masacre no se les olvidaba, pero recelando esperaban que ahora se les invitaba a tratar su rendición con lealtad y en ella pidieron que se les regresara la posesión de sus tierras abajo del pueblo de Coahuila, río abajo hasta las Mesillas y Salinas. Lo que se les concedió en (auto dictado el 12 de diciembre de 1673 en el Real de Cuencamé por García de Salcedo) posteriormente los tobosos y cocoyomes solicitaron la paz y les fue concedida.

El Rey de España, por Cédula del 22 de diciembre de 1685 recomendó y ordenó la atención constante de los presidios de Cuencamé y San Pedro del Gallo, y la creación de otro en San Francisco de Conchos. Los dos primeros tendrían 25 soldados cada uno y el último 50. Creía que con estas fuerzas evitaría que los indígenas cometieran depredaciones en esas regiones tan importantes por donde pasaba el comercio. Posteriormente, el presidio de Cuencamé fue cambiado a Pasaje, lugar más estratégico y propio para la defensa, situado a tres leguas de su anterior ubicación. Sin embargo, los rebeldes del norte continuaron los ataques al campo minero que casi desapareció y las haciendas se convirtieron en fortalezas para defenderse de los alzados, que en las dos primeras décadas del 1700 fueron muy combatidos, quedando solamente en batalla tres naciones: los cocoyomes, acoclames y chizos, de las 84 que estaban sublevadas cuando se fundaron los presidios, muchas de ellas fueron exterminadas por su belicosidad, dando un respiro de varias décadas al aminorar estos grupos sus ataques.

Pero en los años siguientes al 1800 se presentó una nueva calamidad, al quedar abandonados los presidios, esto fue aprovechado al llegar las incursiones de los apaches y los comanches en sus incursiones de saqueo y muerte. Se distinguían por su ferocidad, eran notables caballistas de vida nómada, que además del arco y la flecha estaban armados con lanzas, cuchillos y buenos rifles que les proporcionaban los norteamericanos. Sus feroces ataques en busca de ganado y mercancías en las haciendas, para intercambiarlas en los negocios americanos por armas y parque, raptando a mujeres y niños como objetivo principal, creando el pánico con sus alaridos escalofriantes ante la gente indefensa del medio rural y de los viajeros del valle de Cuencamé y los caminos de Mapimí, donde tenían sus guaridas, imponiendo el horror y la miseria por consecuencia del abandono de minas y rancherías, ya que causaron cientos de muertos en sus tropelías, las mencionadas incursiones eran por causa de las persecuciones de los americanos, pretendiendo acabar con las tribus del célebre indio Jerónimo para extinguir esa amenaza de sus tierras, provocando que huyeran a nuestro territorio nacional, donde se convirtieron en un serio problema a todo lo ancho de nuestras fronteras, asentándose principalmente en las cercanías de Mapimí y lo que ahora conocemos como la zona del silencio, región que tenían asolada, de donde se desplazaban a tierras laguneras para atacar las rancherías cercanas al río Nazas, como a la propia hacienda de Santa Rosa de Lima, hoy Gómez Palacio y al rancho del Torreón, obligando a sus habitantes a que se defendieran contra las hordas de salvajes indios bárbaros mata gente, como los llamaban los habitantes de nuestra comarca.

Sirva el conocimiento de estos sucesos para apreciar el temple de los antiguos pobladores de nuestro terruño, por todas las angustias y sufrimientos que tuvieron que pasar para salvaguardar sus propiedades y hasta la propia existencia, como posteriormente tuvieron que hacerlo en los tiempos de las luchas revolucionarias, cuyas batallas más cruentas se dieron precisamente en nuestros áridos parajes, que como vemos han sido escenario de múltiples confrontaciones en todas las épocas desde que los primeros asentamientos eligieron estas generosas tierras para establecerse, en la eterna búsqueda del hombre por un lugar que le dé cobijo, protección y oportunidad de salir adelante, sitio que gracias a Dios, encontramos aquí en lo que ahora es Gómez Palacio. Tenemos en estos tiempos más tranquilos y de mayores oportunidades de superación, el compromiso de seguir adelante en beneficio de las actuales generaciones y de las venideras, tomando como ejemplo la vida dura y difícil que sufrieron nuestros antecesores para alcanzar los espacios de que ahora disfrutamos y también para que estemos preparados para afrontar los retos que nos imponga el futuro con la fortaleza y determinación que ellos demostraron.

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