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Gómez Palacio y Lerdo

CRÓNICA GOMEZPALATINA

Acontecimientos históricos en la Región Lagunera de Durango

MANUEL RAMÍREZ LÓPEZ
CRONISTA OFICIAL DE GÓMEZ PALACIO, domingo 06 de enero 2019, actualizada 11:53 am


Segunda parte

En anterior crónica abordamos el inicio del tema señalado en el título de este artículo, mismo que ahora proseguimos ya que en las reuniones que hemos tenido a últimas fechas cronistas laguneros, con algunos compañeros de oficio que residen en los estados vecinos de Coahuila y Durango, en municipios de la Comarca Lagunera, convenimos en ampliar la información conocida y relativa a los acontecimientos sucedidos en la mencionada región a partir de la conquista de los españoles, etapa que obligó a los antiguos pobladores a modificar sus esquemas de vida en defensa de su territorio, sus pertenencias y valores más genuinos, respondiendo con acciones de violencia y actos de barbarie, en defensa de lo que por siglos les perteneció, como única manera, de enfrentar la superioridad desconocida de las armas de fuego y de los caballos, que les infundían temor y otorgaban al enemigo considerable ventaja en el combate. Si bien las tribus indígenas eran belicosas y diestras en el manejo del arco y la flecha, que aprendían a usar obligados por su triste destino desde muy niños, aún antes de aprender a caminar iniciaba su eterno aprendizaje del manejo de las armas y la dureza de la vida en los montes que habitaban, sus juegos eran la práctica del tiro con pequeños arcos y saetas, se divertían matando moscos e insectos y cuando mayores pájaros y otras aves pequeñas, adecuando sus armas hasta convertirse todos ellos en tiradores certeros, preparados para la caza y la guerra futura en enfrentamientos de vida o muerte, como único camino que les esperaba para subsistir.

Vivían dispersos en cuevas, o en chozas de paja, que elaboraban ligeras y de poca duración. Moraban los del rumbo de Durango, en el valle que ahora conocemos como Cuencamé, habitado por indígenas zacatecos (chichimecas) seminómadas, dedicados al cultivo del maíz, en el manantial del actual pueblo de Santiago de Cuencamé, antes Cuoncueme, que en zacateco significa "tierra de cultivos" y cuyo nombre fue cambiado por los españoles, ya que no podían pronunciar el nombre original. Las cuatro etnias principales de la nación chichimeca fueron: pames, zacatecos, guamares y guachichiles. El nombre de la etnia se derivó del epíteto genérico aplicado a los indígenas nómadas del norte.

Igualmente, cultivaban maíz en los dos manantiales del Rincón de Ocuila (hoy San Pedro de Ocuila), y desde Cuencamé hasta Atotonilco, lugar cercano a Yerbanís, utilizando la abundante agua de los manantiales. Su supervivencia se debía a la caza, la pesca y la recolección de raíces y frutas silvestres, como no sabían tejer las telas se cubrían con pieles de animales y seguido andaban desnudos. Esas tribus casi nunca estaban en paz, siempre peleando en permanentes guerras con las tribus vecinas, eran extremadamente valientes, arqueros incomparables, y maestros en la batalla de ataques súbitos y raudas retiradas estratégicas, combatientes iguales o superiores a sus enemigos invasores, jamás fueron vencidos por fuerza militar extraña, pues las alianzas de los conquistadores con otomíes, tarascos y mexicas, les permitieron a estos, agregarse al esfuerzo bélico de los hispanos, quienes los ocupaban como guerreros, interpretes, guías, exploradores y emisarios, desempeñando papeles cruciales por las antiguas rivalidades entre indígenas, para tratar de subyugar al país chichimeca, por la enconada enemistad entre los pueblos nómadas y sedentarios, valerosos y aguerridos.

Una de las principales causas de la creciente inconformidad de los chichimecas contra los hispanos, fue por la esclavitud que les imponían los iberos, vendiéndolos a sus paisanos para ser utilizados como mano de obra gratuita en las minas, creando un gran encono por esa política tan ventajosa y terriblemente abusiva de los capitanes conquistadores, que posteriormente obligó a los españoles a cambiar esa táctica tan cruel por la de otorgar alimentos, vestido y tierras, a los indios pacificados. Los religiosos eran personajes que intervenían en la paz y la diplomacia para conciliar los intereses en la Gran Chichimeca, a través de la enseñanza como medio básico de incorporar esa etnia al modo de vida español y en esos terrenos los frailes eran el mejor instrumento con que se contaba, los primeros fueron los franciscanos y posteriormente resultarían los jesuitas, vitales ambos, en el proceso de establecer los tratados de paz. De ese modo, Cuencamé se convirtió en la frontera de la zona dominada y principal centro de partida para continuar con la conquista y la evangelización hacia la región lagunera, representando la puerta de entrada al semidesierto y en frontera con las naciones de los salineros, bajaneros, laguneros, cabezas, irritilas, etc.

El franciscano Fray Pedro de Espinareda exploró estas tierras en 1566 y tal vez pudo tener injerencia en la fundación de la misión de Santiago de Cuencamé en 1583, atribuida a su compañero Gerónimo de Panger, pues fue miembro de la Provincia de Santiago en España e igualmente influir para que el santo patrono fuera Santiago Apóstol. Tras treinta años de servicios entre los indios, Fray Pedro murió en octubre de 1586 y fue sepultado en Zacatecas, en 1594 los jesuitas se hicieron cargo de administrar estas poblaciones, se hizo responsable de la misión al padre Francisco Ramírez, quien hace la primera descripción del lugar el 31 de agosto de ese año, diciendo: Trájonos su Majestad a principios de agosto a este pueblo de Concueme (hoy Cuencamé) el cual está en un valle muy espacioso y muy ancho, coronado de hermosos montes, que por estar algo lejos hacen una vista apacible, y es todo poblado de grandes frescuras que conservan siempre en su verdor unas fuentes que manan en medio, con que se cultivan las milpas.

Tiene mucha caza y grandes abundancias de dátiles muy sabrosos, mucha miel, tuna y otras frutas de los indios, que son aquí muy domésticos y afables. No traen arco ni flecha sino para la caza, y visten ropas que por su trabajo les dan los españoles. Son bien agestados y de gentiles talles, y los niños muy hermosos, muchos de cabellos rubios, aunque las familias que hay en este pueblo apenas llegan a treinta. Está este pueblo entre los dos ríos, de las Nasas y Aguanaval: del primero sólo dista a ocho leguas al oriente. Señaló el padre Ramírez, cuando vine me salieron a recibir algunos a caballo con gran comedimiento, y a la entrada del pueblo salieron todos, divididos los hombres de las mujeres; y algunos principales me ofrecieron sus dones de: pescado melones y sandías. Me hospedó en su casa, la única que había de adobes en todo el lugar, un indio tarasco con mucha caridad, y ciertamente hubiéramos pasado sin él muchos trabajos para el sustento. Luego vino a vernos un indio de Culiacán que tiene estancia a media legua de aquí, el cual nos proveyó de carne y leche algunas veces. La pieza que me tenían para dormir la hallé tan blanca y aseada que luego la hice iglesia; y cercando un patio pusimos allí muchas flores ya para brotar, y los indios cubrieron con brevedad y mucha gracia un portalico y dos aposentos.

Hemos hecho un huerto para tener que comer y lo riega un venero de agua que pasa por la puerta, comencé luego a aprender la lengua y traducir catecismo y oraciones, que ya saben todos. Sin atreverme a bautizar hasta tener aquí asiento. Sólo lo hice con una india in artículo mortis; y con un viejo que parece lo guardaba el Señor para recibir el bautismo; y al percibir los misterios de la fe, dando muestras de dolor por sus pecados, al recibirlos perdió el juicio y murió. Los indios están muy contentos y agradecen lo que hacemos con los muertos y enfermos, al llevarles agua bendita y alimentos junto con los evangelios en sus lechos, y lo atribuyen a la gracia del Señor.

En el lugar que hoy conocemos como la ex hacienda de Atotonilco (situada frente a Yerbanís), se nombró como gobernador a D. Gaspar, cacique principal de dicho lugar, y fue el primer pueblo para los indígenas de Santiago y Ocuila, probablemente en 1585. Se transcribe escrito: "Juan Heredia Teniente, Gobernador y Capitán General por su majestad en esta provincia de la Nueva Vizcaya. Por la presente en nombre de S.M. nombró por Gobernador del pueblo de Atotonilco naturales y sujetos a voz D. Gaspar, cacique principal de dicho pueblo de Atotonilco y os doy facultades para que como tal gobernador del dicho pueblo podáis hacer a todos los indios emazeguales vecinos y estantes en él, atrayéndolos a la Doctrina y que se recojan y pueblen con sus casas en la parte más cómoda que para ello hubiere en forma; que estando poblados mejor puedan y con más facilidad ser enseñados é industriados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica y haciendo que para ello hagan iglesia donde se puedan recoger a la doctrina y motivar a que hagan sementeras para sembrar maíces y otras legumbres para su sustento, y con trato y podáis nombrar un alguacil para que acuda a recoger dichos indios a cumplir los mandamientos para que les librares y entonces con el mayor cuidado y comodidad que pudiere y mando la justicia de esta Gobernación y otras cualquiera personas que no os perturben ni contradigan su dicho, so pena de quinientos pesos para la cámara de su Majestad, y mando os respeten y acaten y tengan por tal Gobernador. Juan de Heredia. Una rúbrica."

La información contenida en esta narración aparece en el libro Cuencamé Tierra de Generales del historiador Jaime Favela González, con apuntes de Philip W. Powell, La guerra chichimeca 1550-1600 Fondo de Cultura Económica, 1977. Atanasio G. Sarabia. Apuntes para la historia de la Nueva Vizcaya III. Vito Alessio Robles. Coahuila y Texas en la época colonial, Ed. Porrúa S.A. 1938, Juan Agustín Morfi, Viaje de indios y Diario del Nuevo México. Archivo particular de la Familia Alvarado Favila 1996. Francisco Javier Alegre Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España 1566-1596. Continuará

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