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El Siglo de Torreón Domingo 12 de ago 2018, actualizada 4:13am ... Anterior El Siglo 13 de 22 Siguiente ... El Siglo

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PENA DE MUERTE Y DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Por siglos se ha admitido que la autoridad civil pudiera castigar al reo con la muerte, pero desde el iluminismo los abolicionistas han estado haciendo camino en el sentir común, logrando que en muchos países del mundo se abandone esta bárbara pena. Quedaba sin embargo la convicción que, al menos en línea de principio, fuera legítimo y moralmente justificado por quien es responsable del bien común recurrir a ella en circunstancias de particular gravedad.

La pena de muerte representa un reto al derecho a la vida de todo ser humano y deja una sombra de siniestra ambigüedad en cuanto al nivel ético de la sociedad y las culturas que la practican y la justifican. Un discurso serio y coherente sobre la dignidad y valor de la vida humana no se puede desarrollar sin confrontar esta espinosa cuestión: no se trata tanto de ver si pueden darse o no excepciones a la regla de no matar, sino de poner en discusión toda una visión del hombre, de su dignidad, del valor de su vida.

Respetando los argumentos a favor de la pena de muerte, incluso la Iglesia reconocía el derecho que el estado tiene de aplicar esta pena, por gravísimos motivos, debido a razones histórico-culturales, pero apenas hace unos días el Papa Francisco ha declarado que "es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona" y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo (ZENIT 2 de agosto 2018), modificando el artículo 2267 de Catecismo de la Iglesia Católica que "no excluía… el recurso a la pena de muerte".

El hombre, incluso el reo más feroz, no puede nunca reducirse a un objeto, sino que es siempre persona, así que no hay libertad para que algunas veces las leyes permiten que, en algunos eventos, el hombre cese de ser persona y se convierta en cosa. Esta verdad humana es sólidamente fundamentada en el horizonte antropológico: el hombre no pierde nunca su dignidad y eso requiere un sagrado respeto, tanto para el bueno como para el malo, para el reo como para el inocente, para el homicida como para la víctima, todos miembros de la especie humana, y por tanto personas; nacidas o por nacer, productivas o no, ancianas o jóvenes, pobre, extranjero, indígena, homosexual, judío o árabe, político o ciudadano común.

Hay muchos discursos a favor de la persona, pero también hay muchas acciones en su contra: violencia, pobreza, miseria, guerra, esclavitud, prostitución, aborto, hambre, manipulación genética, eutanasia. En los hechos, es más digno el hombre que la mujer, el adulto que el anciano, el rico que el pobre, el bello que el feo, el formado que el no formado. El campeón sobre el perdedor.

De una forma o de otra, hemos sido partícipes de esta mentalidad que influye en la manera de tratar a las personas. Somos también contaminados. Necesitamos llevar un estilo de vida que manifieste lo contrario a esta mentalidad. Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza con una decisión libre, gratuita y amorosa, como varón y mujer. (Gn. 1, 26-27); ésta es la razón última que fundamenta esta dignidad: Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano es digno por el simple hecho de existir.

Es una tarea esencial redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana. Dignidad significa grandeza, excelencia, distinción, realce. Por lo mismo no puede ser tomado como mero instrumento para realización de fines generales. La dignidad humana es inseparable de la naturaleza humana desde la concepción hasta la muerte. "El egoísmo y la cultura del descarte han conducido a desechar a las personas más débiles y necesitadas" (papa Francisco). Antes se hablaba de marginación, ahora simplemente sobran.

Todos los seres humanos poseemos la misma dignidad. No hay uno más dignos que otros. No aumenta o disminuye con el tiempo o por los éxitos o fracasos. (Dignidad ontológica). Pero se puede disminuir la conciencia y la actuación a favor o en contra (dignidad antropológica). La dignidad ontológica se funda en la naturaleza humana y la antropológica en los actos intencionales. Para ser digno de la naturaleza antropológica supone tener la ontológica; al ser dingo por naturaleza, se llega a "ser" de modo personal. Podemos ayudarnos y ayudar a los demás a que se valoren dignos. La persona humana no tiene precio, no es cosa. Lo que constituye la condición humana tiene un valor intrínseco. La dignidad exige que todo hombre deba ser tratado y reconocido como ser personal. El ser humano es "alguien": personal, singular, inconfundible, irrepetible. Capaz de conocerse (inteligencia e introspección), de comunicarse (sentimiento, sexualidad), de ser libre y responsable, de elegir el bien o el mal, de entrar en comunión con Dios creador (religiosidad) y convertirse en huésped de la presencia de Dios.

La dignidad de la persona no depende de que sus facultades estén todas presentes y en operación en actos concretos. Es persona con dignidad el que está en coma, el embrión, el anencefálico. Sin embargo la mentalidad del constructivismo, le niega esta dignidad. Es decir, independientemente de si están o no en ejercicio sus facultades. No hay pre persona, sub persona,… o es persona o no es persona. La dignidad es intrínseca al ser humano por lo que aun cuando toda una sociedad negara la dignidad humana, será parte de la condición humana. No depende de consensos o mayorías. No es un derecho; es fundamento de sus derechos por ser persona. Si no se respeta ese valor del hombre, no hay fundamento. No es la sociedad o la autoridad quien otorga los derechos sino que nacen del simple hecho de ser persona. Por eso no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara los derechos humanos. Hay algunos que llaman "desarrollo" a lo que está de moda, pero contrario a esta dignidad.

Hay que superar y eliminar, como contraria al desarrollo humano, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión. La falta de autoestima significa que no hay plena conciencia de ejercicio de dignidad personal. La formación con frecuencia no alcanza a desarrollar esa dignidad personal para olvidarnos de nosotros mismos y lanzarnos a proteger la de los demás.

¿Qué podemos hacer? Aceptar, respetar y promover la dignidad humana, sabiendo sin embargo que hay grandes obstáculos: el cambio de época, la crisis antropológica, la crisis religiosa, una visión y vivencia fragmentada de la realidad, afirmación exasperada de derechos individuales y subjetivos, cultura de lo efímero y un enfoque cientificista y tecnólatra.

Es ilógico que quienes se declaran contra el aborto, el homicidio, la eutanasia y contra todos los atentados a la vida, defiendan con convicción la pena de muerte, sin pensar que la vida del maleante es sagrada como cualquier otra vida, porque el reato más horrendo no cambia la esencia ontológica de la persona humana, que es siempre sagrada. Es necesario reeducarnos con una adecuada antropología, con una concepción integral y centrada en la persona humana creada para la plenitud de vida, en una espiral ascendente. Es necesario rescatar y promover la dignidad de la vida humana.

  Por: Arturo Macías Pedroza




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