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Siglo Nuevo

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Nuestro mundo

MARCELA PÁMANES
viernes 23 de marzo 2018, actualizada 10:58 am

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¿Por qué el atrevimiento de amenazar a alguien cuando no estamos de acuerdo con lo que piensa? ¿Por qué aceptamos que en nuestro país nada cambie, aunque cada vez nos hundamos más?

La vida es difícil o fácil, según la lectura que hagamos de ella. Lo que sí es verdad es que muchos de nosotros nos empeñamos en complicarnos la existencia, ya sea por inconsciencia o porque no alcanzamos a ver las repercusiones de nuestra conducta.

Me resisto a pensar que el ser humano es proclive a hacer enredos con todo. Más bien siento que hemos pasado de asumir que todos somos uno en la magnificencia de esta gran matrix que compartimos. Al ver al otro ajeno a mí dejo de lado la consideración, el respeto, la tolerancia, la empatía. Desgraciadamente la perdida de estos valores da como resultado la perdida de nuestra “humanidad”.

He encontrado varios ejemplos que han surgido a manera de pregunta y que forman parte de nuestro actuar cotidiano.

Veamos si el espejo nos arroja alguna imagen con la que empatemos.

¿Por qué circulamos en sentido contrario al que indica la señalética de los supermercados?

¿Por qué no somos capaces de poner el carrito del mismo supermercado en el área destinada para ello?

¿Por qué nos estacionamos tan mal que en lugar de ocupar un espacio ocupamos dos?

¿Por qué nos empeñamos en discutir en redes sociales temas cuya profundidad obliga a estar cara a cara para que la comunicación sea asertiva?

¿Por qué creemos que no nos pasará nada, y a los demás puede que sí, cuando nos ponemos en riesgo al conducir con copas encima?

¿Por qué queremos que los demás vivan como creemos nosotros que deben vivir?

¿Por qué sacamos a pasear a nuestro perro y no recogemos sus “gracias”?

¿Por qué gastamos más de lo que ganamos?

¿Por qué nos empeñamos en sostener, aunque sea con alfileres, relaciones tóxicas?

¿Por qué en nuestro pensar, hablar y hacer hay tanta distancia?

¿Por qué tapamos hoyos destapando otros?

¿Por qué postergamos tanto como podemos decisiones de vida?

¿Por qué nos aprovechamos de la debilidad de los otros para sacar ventaja?

¿Por qué dejamos nuestra salud hasta el final de la lista de pendientes?

¿Por qué hablamos mal de los demás sin conocerlos?

¿Por qué maltratamos a otros seres vivos?

¿Por qué debemos y no pagamos?

¿Por qué no nos hablamos a nosotros mismos con la verdad?

¿Por qué nos ufanamos cuando pasamos primero sin que nos corresponda?

¿Por qué seguimos mintiendo, aunque sepamos que los demás cachan nuestras mentiras?

¿Por qué te comprometes a algo y no cumples?

¿Por qué sólo piensas en ti cuando somos muchos los que estamos a tu alrededor?

¿Por qué presumes lo que muchas veces ni siquiera ganaste por ti mismo?

¿Por qué eres prepotente y ves a los otros como si fueran poca cosa?

¿Por qué tantos prejuicios y tanto juzgar a los demás?

¿Por qué buscamos con quien desquitarnos cuando las cosas no salen bien?

¿Por qué nos burlamos y usamos palabras tan destructivas contra otros?

¿Por qué la traición, la soberbia, el oportunismo?

¿Por qué el atrevimiento de amenazar a alguien cuando no estamos de acuerdo con lo que piensa?

¿Por qué aceptamos que en nuestro país nada cambie, aunque cada vez nos hundamos más?

La respuesta a todas estas interrogantes, lo sé, pudiéramos encontrarla en el siguiente argumento: así es la condición humana. Reniego de esa explicación; reniego de que somos como somos por herencia o por condición sine qua non de nuestra especie; reniego de los días y horas perdidas que nos distancian de pulir nuestros errores; reniego, en el sentido de negar doblemente, que la naturaleza humana no posea la bondad, la verdad y la belleza como parte de su ser. Me resisto a caer en la tentación de renegar a causa de mi humanidad.

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