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ADELA CELORIO Lunes 5 de feb 2018, actualizada 10:29am ... Anterior El Siglo 1 de 1 Siguiente ... El Siglo

El síndrome de las pantuflas


Opinión - Miscelánea

¿En qué momento nos acostumbramos a la sordidez como una forma de vida?

Aparte de lograr que se hagan las cosas, existe el noble arte de dejar las cosas sin hacer. — Lyn Yutang

“Todo lo bueno que tenía antes viajar en avión hoy es pecado o engorda: hasta se podía fumar y te daban de comer”. Volar tenía algo de vivencia única y placentera: desde ser tratado con deferencia por azafatas sonrientes hasta mirar la alfombra de nubes bajo el avión con una mezcla de deslumbramiento y vértigo. El viajero digitalizado de hoy no se interesa por ver el mundo real, prefiere alucinarse con la pantalla de su celular. Sin que niegue la enorme fortuna de dormir unas horas y despertar en otros mundos, es altísimo el precio que pagamos en especie los viajeros masivos de hoy: controles sádicos en los aeropuertos donde debo soportar en silencio la sonrisa perversa de los empleados de seguridad cuando arrojan a la basura mis pinzas para las cejas, el botellín de perfume, la pequeñísima navaja que cuelga de mi llavero y hasta el botellín de agua que llevo en la mano. ¡Malditos!

Ante el pandemónium en que se han convertido los aeropuertos del mundo, los tercos que insistimos en viajar debemos soportar ser tratados como ganado, los tenis en franca descomposición y los jeans rotos que visten los jóvenes, tropezar con gente trasegando maletas en el suelo: la ropa interior en la basura para evitar el altísimo costo de unos gramos más allá del peso permitido. Ante tanta ignominia es imposible no sentir nostalgia.

¿En qué momento nos acostumbramos a la sordidez como una forma de vida? “¡Basta, ya está bien!, deja de quejarte, esto es lo que hay”, me repito cada vez que siento la necesidad de arrojarme por la ventanilla de la aeronave.

En lugar de estarme preguntando qué diablos se me perdió en Nueva Zelanda, tendría que agradecer la oportunidad de estrenar caminos que seguramente no volveré a pisar nunca. Guardar en mi memoria los helechos gigantes o los kiwis (esos pájaros negros y horribles ni siquiera vuelan, pero, como los humanos, si se sienten amenazados pueden ser feroces). Y qué decir de los amistosos pingüinos o de las víboras más venenosas del mundo. En este extraño momento que la vida me ofrece, las inevitables caminatas estimulan mi imaginación. Sabemos que los griegos filosofaban caminando y aunque yo sólo camino, entre un paso y otro me voy preguntando quiénes serán más sabios, los que dejan todo para vagabundear por el mundo, o los esclavos de la eficiencia y la productividad. Los que hacen algo tan improductivo como escalar montañas, compartir una merienda campestre, peregrinar kilómetros sólo para saludar a la Guadalupana en su día; o quienes a sabiendas de que caminar no deja dinero, se pierden de mirar la luna cuando se pone grandotota, los celajes del Caribe, de perderse sin preocupación entre las calles de su ciudad o compartir el tesoro de gomitas con los nietos –como el doctor Fernando Lama. Este viaje me redescubre lo cansadas pero sanadoras que pueden ser las caminatas. Con el paso de los días voy recuperando la inocencia de la mirada y el espíritu de la joven vagabunda que alguna vez fui. “Unas vistas absolutamente nuevas, provocan gran felicidad”, dijo Thoreau y yo me lo repito todo el tiempo para mantener bajo control el vértigo que me provoca saber que me encuentro tan lejos de mi mundo, ese mundo corrupto y violento que es el que conozco y pues ni modo, lo amo como se ama los padres maltratadores.

Empiezo a padecer el síndrome de las pantuflas, ese agujero negro de todos mis viajes, el momento en que, al despertar, debo preguntarme ¿dónde estoy? ¿dónde queda el baño? Para quienes acompañamos nuestra educación sentimental con el romanticismo de Agustín Lara, de Manzanero, o la voz rasgada de José Alfredo Jimenez; para nosotros que nos cubríamos la cabeza con hermosas mantillas para entrar a la iglesia y vestíamos una moda exquisita; para nosotros que asistíamos al teatro con los mejores trapitos y usábamos guantes y sombrero para abordar un avión donde nos recibían azafatas sonrientes y serviciales, es inevitable pensar que todo tiempo pasado fue mejor.

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