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WENDY ARELLANO Domingo 17 de dic 2017, 5:09pm ... Anterior 1 de 1 Siguiente ...

Hombría más allá del varón

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Ideas alternas al flujo convencional

Las masculinidades femeninas se consideran las sobras despreciables del paradigma dominante con el fin de que las propiedades de los hombres asociadas a la virilidad puedan aparecer como lo único verdadero.

Se considera a la masculinidad un producto congénito del varón, sin embargo, existen características de la virilidad que han sido desarrolladas por mujeres; aquellas que presentan indicios de este tipo, regularmente son juzgadas por su androginia.

En su libro Masculinidades femeninas (1998), Judith Halberstam, hoy día prefiere el nombre de Jack, profesora de Estudios de Género de la Universidad del Sur de California, sugiere que el concepto no debe y no puede ser reducido al cuerpo del hombre y sus efectos, ya que existen diferentes tipos de masculinidad que han sido adoptadas por las mujeres. Sin embargo, ésta hombría se vuelve un signo patológico cuando abandona el cuerpo del varón, siendo dicho malestar un producto del binarismo de género, sistema encargado de producir cuerpos anatómicamente diferenciados.

Michael Foucault llamó 'biopolítica' a dicho mecanismo encargado de administrar el control de los cuerpos que da como resultado una sexualidad genitalmente organizada.

La teórica queer, Judith Butler, considera que esta clasificación sexual no sólo los crea o bien masculinos o bien femeninos sino, y quizá esto sea lo más grave según la también filósofa, heterosexuales.

Según Judith Halberstam, las masculinidades femeninas se consideran las sobras despreciables del paradigma dominante con el fin de que las propiedades de los hombres asociadas a la virilidad puedan aparecer como lo único verdadero. Sin embargo, expone, la construcción de lo masculino se da también a través de las mujeres, y no sólo de personas nacidas como 'varones'.

Este tipo de manifestación alterna prueba que es posible una hombría sin hombres aunque sigue habiendo un fuerte rechazo a aceptarla.

En un estudio publicado por Paul Smith, titulado Boys: Masculinities in Contemporary Culture (1996), se sugiere que la masculinidad debe ser entendida en plural, ya que existen múltiples maneras de expresarla que han sido opacadas, o en su defecto, han quedado reducidas por el estilo blanco y dominante, aplicado a sojuzgar a las minorías y a ser el arquetipo de los estilos negro, latino, asiático y femenino.

CONSTRUCCIÓN

En El segundo sexo (1949), Simone de Beauvoir cuestiona la categoría femenina; lanza duras críticas hacia la volatilidad de las féminas hasta llegar a su frase más celebre: “Una no nace mujer, sino que llega a serlo”. Entonces, para la escritora francesa, la categoría es un logro cultural y nadie viene al mundo con un género, éste siempre es adquirido, social y culturalmente.

Judith Butler, en su libro The Gender Troboule (1990), también refuta la idea de que el género es natural y de carácter inapelable, retoma el discurso de Beauvior para hablar de un producto cultural que se origina en la sociedad

Además, Butler hace una crítica al Estado, la medicina, la psiquiatría, la religión, a las instituciones reguladoras que amparan el carácter inmutable de los constructos hombre y mujer castigando a quienes se salen de los parámetros establecidos para medir la normalidad; la ley castiga y encierra, la medicina y la psiquiatría 'patologizan' y la religión exculpa a los pecadores.

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Erika Linder. Foto: Imgur

CUERPO

¿Por qué deberían nuestros cuerpos terminar en la piel o incluir, en el mejor de los casos, otros seres encapsulados por la piel?, tal es la pregunta que se hace la bióloga, filósofa y zoóloga, Donna Haraway, en el Manifiesto Cyborg. 


El cuerpo se vuelve un mero instrumento, un medio pasivo en el cual se deposita una serie de significados sociales a los cuales se les ha atribuido un conjunto inapelable de especificaciones. Por ejemplo, se consigue sexualizar las zonas erógenas a través de la naturalización de lo que ciertas instituciones, la ciencia médica por mencionar una, han concebido como áreas de placer. Pensar en algunas partes del cuerpo como susceptibles al goce sexual o componentes capaces de producirlo es el resultado de lo que, social y científicamente, se ha establecido, pero tales descripciones pertenecen a un cuerpo que ya ha sido construido o naturalizado como concerniente a un género específico.

Lo que Haraway concluye, y en esto coinciden varios autores, es que se genera una condición estática del cuerpo; una forma, como el lenguaje, para entenderse a partir de un discurso legítimo o válido y en suma aceptado como lo es el científico, de modo que se hagan realidad los efectos que nombra.

EL PENE

Para Beauvoir, la diferencia entre machos y hembras de la humanidad es la protuberancia adherida no sólo entre las piernas del varón sino en nuestro imaginario social, símbolo de que 'él' es el único que puede proveer ese elemento diferenciador y que reafirma por completo la masculinidad. Bajo esa óptica, 'ella' es el castrado femenino.

La ausencia fálica condiciona la correspondencia del biológico cuerpo mujeril con características corpóreas de hombre, es decir, aunque se reuniera un gran número de los atributos varoniles es el pene lo que reafirmaría por completo su virilidad. Es en el pene donde se encuentra la verdadera masculinidad. Beauvoir nos recuerda lo que decían dos pensadores sobre este punto: “La mujer es en virtud cierta falta de cualidad” y “debemos considerar el carácter de las mujeres como adoleciente de la imperfección natural”, son palabras de Aristóteles mientras que para santo Tomás de Aquino la mujer es un “hombre fallido”, cuanto no un ser ocasional surgido de una débil semilla.

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Cris Cyborg. Foto: Esther Lin

Los anatomistas del siglo XVIII suponían que la naturaleza tendía a la perfección y percibieron la forma de la hembra como una versión imperfecta del macho. El pensamiento sobre el cuerpo, según las indagaciones del historiador Thomas Laqueur, estaba dominado por el modelo de “un solo sexo” y la mujer era entendida como un hombre invertido; en otras palabras los genitales masculinos y femeninos se consideraban análogos, pero en 'ellas' los genitales están dentro, la vagina como un pene plegado en el interior, y en 'ellos' fuera.

La filósofa Butler considera que es necesario replantear la idea del deseo femenino que se halla reprimido por la economía fálica. El castrado femenino referido por Beauvoir supone una pérdida que da paso a la melancolía, regla psicoanalítica para las mujeres, basada en un supuesto anhelo por tener falo. En El género en disputa (1990), Butler retoma a Freud y el complejo de Edipo, así expone que “El niño normalmente escoge la heterosexualidad, lo cual sería la consecuencia no de que tenga miedo de ser castrado por el padre, sino del miedo a la castración, o sea, el miedo a la 'feminización' que en las culturas herterosexuales se relaciona con la homosexualidad masculina”.

MUJERES AMBIGUAS

En las esferas de la moda y el deporte se han detectado manifestaciones contrarias a la feminidad convencional. En un principio se suponía que las pasarelas celebraban la feminidad exacerbada, sin embargo, con el paso de los años, la propia naturaleza, así como las exigencias, de la industria llevó a los diseñadores a indagar en un terreno poco convencional: la androginia. Pese a que esto no es algo nuevo aún continúa percibiéndose como algo atípico en “el mundo real”.

Erika Linder es una modelo australiana conocida por su transgresora aparición en campañas masculinas. En 2011, Linder posó para la cámara de Candy, revista que se asume como la primera de corte transversal, haciendo de Leonardo DiCaprio. En la sesión de fotos jugó con la volatilidad de la concepción del género, el objetivo era demostrar que no es tan estable como se piensa. Para reforzar el mensaje Linder publicó en su cuenta de Twitter: “Tengo demasiada imaginación, como para pertenecer a un solo género”.

El cíborg predicho por Donna Haraway existe y es una peleadora de la UFC (Ultimate Fighting Championship), la empresa de artes marciales mixtas más importante a nivel mundial.

Cris Cyborg no sólo es el nombre de una de las peleadoras más letales que han existido hasta ahora y su apellido no es una coincidencia en relación con el manifiesto de Haraway. Cyborg, la peleadora, bien podría ser una representación no sólo simbólica sino metonímica de la ciencia ficción a la que la bio-filósofa hace alusión en su texto.

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Foto: Odyssey

Antes de proseguir conviene aclarar que la bióloga y filósofa definió al cíborg cómo un híbrido entre organismo biológico, tecnología, teoría evolucionista y, sobretodo, la vehemente y atípica necesidad de generar dispositivos de destrucción, armas al servicio del Estado Mayor y el Ejército, instrumentos para ejecutar una 'ciencia política' similar a lo que vemos en cintas como The Terminator (1984), dónde podemos apreciar a una máquina con tejido orgánico creada por el hombre para matar. Otro ejemplo, en Resident Evil (2002), Milla Jovovich en su papel de Alice, un clon cuasi humano, a lo largo de la saga y pese al apocalipsis zombi, es puesta a prueba por científicos psicópatas en busca del arma más poderosa de mundo.

Volviendo a Cris, de un tiempo acá, en los pósteres para promocionar sus peleas como campeona de la UFC en la categoría de las 145 libras o 65 kilogramos se destaca un detalle: casi la mitad de la cara de la brasileña ha sido suplantada por la faz metálica del androide T-800, personaje encarnado por Arnold Schwarzenegger. Esto se debe a que la peleadora ha resultado ser muy letal en la arena de combate, ha acabado ferozmente con todas sus oponentes en 18 contiendas. Su única derrota la sufrió al inicio de su carrera. La contundencia de la peleadora ha sido tal que su género ha sido cuestionado y se da por sentado que ninguna de sus rivales sería capaz de vencerla. La fuerza se asocia directamente con la anatomía, en consecuencia, las chicas que practican deportes de contacto son relacionadas directamente con una masculinidad violenta en el imaginario social, lo que ha llevado a los espectadores a calificar y asignar puntos arbitrariamente a partir de su aspecto.

Pese a que no hay duda de que Cris es una mujer biológica, la presencia de testosterona en su cuerpo es más que evidente. Si bien dio positivo a esa hormona en una prueba de dopaje, lo que le valió una suspensión hace un par de años, no es necesario remitirse a los resultados de un análisis químico para arrojar una conclusión en ese sentido. Beatriz Preciado, hoy día se llama Paul, filósofa feminista y teórica queer, diría que la testosterona no tiene nada que ver con la condición 'biológica' de ser hombre. Dicha sustancia, expondría, es una construcción biopolítica de la masculinidad, es decir, de la forma en que se producen los cuerpos culturalmente bajo una morfología binaria, la cual determina ciertos procesos como exclusivos de un género. Así se reserva esta hormona para los dominios del macho. Y como representa poder, señala Preciado, tiene un precio elevado y no es fácil obtenerla.

La corporalidad de Cris Cyborg rechaza totalmente la feminidad convencional y, aunque conserva parte de ella, la brasileña es lo suficientemente musculosa para mantener un aura de ambigüedad imbatible. La también campeona mundial de muay thai (boxeo tailandés) representa perfectamente al 'exterminador', a la máquina letal de otro mundo que acaba con todo lo que hay a su paso, de ahí la asociación con el personaje interpretado por Schwarzenegger.

Las formas varoniles adoptadas por la mujer producen un cambio de estatus. Mientras más músculo, se piensa, mayor será la fuerza.

La virilidad está relacionada con formas de dominación. Según Halberstam, es importante que reflexionemos sobre variaciones de género y no crear otro binarismo donde lo relativo al hombre siempre signifique poder. No obstante, la autora acaba aceptando que la masculinidad supone superioridad incluso cuando se encuentra en las mujeres.

Lo que Haraway intenta poner en claro es que el Estado y todas aquellas instituciones creadas por el hombre no sólo son capaces de crear máquinas, también producen cuerpos heterosexuales. Esto demuestra, afirma la bióloga y filósofa, que tanto el sexo cómo el género son una ficción.

Pese a los esfuerzos de teóricos, académicos y promotores del debate, la masculinidad lejos del cuerpo del varón continúa siendo poco digerible. No encuentran mucho eco el llamado a distinguir que la diferencia entre un hombre y una mujer biológicos no se encuentra en sexo, género o cuerpo alguno sino en el imaginario social, construido culturalmente y avalado por instituciones cuyo poder radica en una invención compleja, lo que llaman el “monopolio de la verdad”, al que perciben como un objeto siempre listo para la represión.

CONTACTO: @WenArellano

Hombría más allá del varón

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Hombría más allá del varón

Resident Evil, 2002. Foto: Screen Gems

Hombría más allá del varón

Paul B. Preciado. Foto: Beatriz Preciado


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