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El Siglo de Torreón Martes 5 de dic 2017, 10:34pm ... Anterior 1 de 1 Siguiente ...

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Lo que esconden las palabras

Nada es tan extraordinario como el don de la palabra, o mejor dicho, del pensamiento, del raciocinio; esa facultad que nos permite nombrar cosas, expresar verbalmente nuestras emociones, sentimientos y puntos de vista en relación a nuestros diferentes entornos. Esa unidad léxica, a veces gráfica, o con sonidos articulados es un significante que tiene varios y diferentes significados, según la región geográfica o incluso en un mismo lugar, contexto y circunstancias especiales.

La palabra sirve esencialmente para comunicar, pero lo mismo sirve para elogiar, vivificar, reconocer, glorificar que para todo lo contrario. Sirva este preámbulo para hablar de la manera de usar el lenguaje; pues el léxico puede ser tan culto que sería incomprensible para el común de la gente; no así el lenguaje llano, directo, popular.

El léxico empleado en las relaciones sociales, sirve de alguna manera como indicador del nivel cultural del hablante; pero también es un reflejo de la personalidad. Cabe aclarar que el lenguaje pintoresco, grosero, obsceno y vulgar, no es exclusivo de las personas incultas; también los profesionistas, moralistas y puristas del lenguaje cometen de vez en cuando sus dislates; a veces por ignorancia, otras por distracción, como pasó por ej. con el ex presidente Luis Echeverría Álvarez: “Ni nos perjudica, ni nos beneficia, sino todo lo contrario”, o un dislate más reciente del ahora aspirante a presidente y Secretario de Educación, al decir “ler” en lugar de “leer”; pero hay ocasiones en que nuestros flamantes diputados, estando en el fragor de la batalla legislativa, o bajo los efectos de bebidas embriagantes, exhiben lo peor de su personalidad mediante un vocabulario que va dirigido expresamente a uno o a varios de sus adversarios políticos; no importa si fue “Eeeeeh P…” Pluto o bruto; no es el significado en sí lo que importa, sino la intención. Y en este caso concreto fue insultar, denostar, ‘bulear’, molestar, injuriar, minimizar, destruir, aniquilar, derrotar, humillar, sobajar, callar al otro, al que también tiene derecho de expresar su opinión. Quién interrumpe una elocución con bulla, escarnio, chiflidos, y todo tipo de interjecciones está mostrando intolerancia, una cualidad indispensable en la democracia, pues la libertad de expresión es sagrada; y en una cámara de legisladores donde se supone apertura plena al debate ideológico, a una discusión organizada en la que las tesis sean defendidas con argumentos sólidos que la sustenten, es reprobable; y lo que se oculta detrás del insulto está la impotencia, la incompetencia, la ineptitud y la intolerancia.

Por otra parte, el lenguaje político, muchas veces retórico, redundante o controversial, es utilizado para sobornar, persuadir o simplemente confundir, ya al interlocutor, ya a la opinión pública, aunque casi siempre queda en evidencia el político abusador, tal como ocurre con la “negociación” que dice hacer la parte que representa al Ayuntamiento al presionar a algunos policías para no liquidarlos conforme a la ley. Hay coacción en el hecho de: “Aceptas lo que te doy como liquidación o te subo a la Plataforma México, para que no te vuelvan a contratar”; palabras más palabras menos, pero con esa idea exacta es como se dirime un conflicto entre un grupo de policías y el Ayuntamiento del que todavía está a cargo Jorge Luis Morán Delgado. Tal situación, tratada en esos términos pone de manifiesto el abuso de autoridad y la posibilidad de corrupción por omisión de actuar conforme a la ley.

En el ámbito de la política, el léxico empleado debe ser cuidadosamente seleccionado a fin de lograr una comunicación efectiva, un diálogo fructífero que sólo será posible si hay decodificación común de significados y comprensión del mensaje entre los interlocutores. Pero en la base de la comunicación oral está el pensamiento, la intención; y detrás de éstos, los principios, los valores las leyes y reglamentos, la ética y la moral.

Héctor García Pérez

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