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IVÁN HERNÁNDEZ Viernes 22 de sep 2017, 4:39pm ... Anterior 1 de 1 Siguiente ...

Historias picantes de una mujer honrada

Foto: Archivo Siglo Nuevo

En el Caribe se escribe como se vive.

El dominio y la influencia de los llegados de ultramar es un tema frecuente de la prosa de Robert Antoni y de las letras antillanas en general; otro común denominador es recrear en párrafos la vida insular y diversos aspectos de la historia caribeña.

La propiedad conmutativa de algunas operaciones matemáticas permite que al cambiar el orden de los factores no se altere el producto. En Literatura, la cuestión es muy distinta. Decir que en “el Caribe se vive como se escribe” conduce, gracias a la voz del cantautor español, Luis Eduardo Aute, a la figura del autor norteamericano Ernest Hemingway. Si decimos que “en el Caribe se escribe como se vive”, nos trasladamos, gracias a la lectura y a los estudios que la complementan, al destino antillano en el que aguarda por nosotros el escritor estadounidense Robert Antoni.

Nacido en 1958, Antoni estudió en la Universidad de Duke. Luego hizo posgrados en escritura creativa en la Universidad Johns Hopkins y en el Taller de Escritores de la Universidad de Iowa. Hoy día es uno de los puntales de la 'literatura caribeña' y da clases en la Universidad de Brooklyn.

Con Divina Trace, una obra que lleva consigo el adjetivo de 'experimental' y que fue publicada en 1991, ganó el Premio de Escritura del Commonwealth de primera novela.

Otra distinción recibida por este hijo de trinitarios que creció en las Bahamas es el premio de ficción Aga Khan entregado por la revista literaria The Paris Review.

En la prosa de este escritor de isleños orígenes, señalan varios críticos, es fácil encontrar las influencias de Gabriel García Márquez y William Faulkner. En entrevistas al respecto, Antoni ha reconocido que el realismo mágico está muy presente en sus obras. No obstante, indica que leer al Gabo fue, en primer lugar, reconocer la tradición oral que le fue transmitida en su infancia. En cuanto a Faulkner, explica que comparten la creación de un territorio literario.

El lugar ficticio de Antoni es la isla de Corpus Christi (basada en Trinidad). Allí transcurren tanto Divina Trace como la colección de relatos Los cuentos eróticos de mi abuela (2002).

HISTORIA

Los inicios de la literatura caribeña suelen situarse alrededor de los años cuarenta del siglo pasado, a pesar de que en esa región ya se habían producido escritos variados en centurias posteriores a la colonización de América.

El dominio y la influencia de los llegados de ultramar es un tema frecuente de la prosa de Robert Antoni y de las letras antillanas en general; otro común denominador es recrear en párrafos la vida insular y diversos aspectos de la historia caribeña.

No son pocas las menciones explícitas del exterminio de nativos, tampoco son escasas las situaciones surgidas a partir de la mezcla de culturas. Recuperar y mantener tradiciones y mitos, mediante su registro literario, es una función más de las letras nacidas en la región de las Antillas.

Para contar sus relatos, el profesor de la Universidad de Brooklyn se vale de un lenguaje coloquial, ligero, de fácil lectura en el que el inglés y el dialecto caribeño están a la par, decisión que dificulta la traducción al español.

Ese estilo es también una postura: desmarcarse de autores que, enfocados en dotar a las islas de una tradición literaria 'seria', dan prioridad al idioma de Shakespeare y hacen la correspondiente separación de los términos de uso común en el Caribe. La razón se encuentra en la ascendencia de su autor, en la abuela que hablaba mezclando el inglés con el español y las variantes propias de las Antillas menores.

Antoni va más allá, introduce cambios en las maneras formales de la lengua inglesa para fijar su postura, una que es tanto estética como política.

Germano Almeida, autor de Mercado de historias: relatos y poemas de África y el Caribe, percibe que autores como este norteamericano se preocupan “por hablar del mundo y contar su mundo”. Para ello se valen de una literatura de mestizaje cultural que se niega a circunscribirse en una 'literatura étnica'.

En Los cuentos eróticos... el autor da la razón a Almeida al trasladar a su territorio ficcional, la isla de Corpus Christi, hechos como la Segunda Guerra Mundial o fenómenos como el imperialismo gastronómico de los estadounidenses.

No obstante, los relatos de la abuela no dejan de ser una obra surgida de la infancia de Antoni. Él mismo ha comentado que en sus vacaciones en Trinidad, ella le contaba historias de la isla. El libro del nieto nació con la intención de preservar no sólo los relatos, también las palabras y la música de una experta cuentacuentos.

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Soldados americanos, Segunda Guerra Mundial (1944). Foto: History Channel

RECUERDOS

El autor afirma que su abuela “era como aparece en el libro”, es decir, una viuda joven nacida en Venezuela, con la responsabilidad de mantener a una familia numerosa. El hilo conductor de la obra, ha revelado el escritor, es también un hecho real. Su ascendiente era dueña de una plantación de cacao y en tiempos del segundo conflicto bélico más importante de la humanidad, los americanos confiscaron la propiedad para instalar una base. La presencia de los militares armados con dólares significó el arribo de un numeroso contingente de prestadores de servicios sexuales dispuestos a vaciar en prestos combates las billeteras de los jóvenes soldados.

Varios de los combatientes norteamericanos se hospedaron con aquella viuda bella y honrada que también se encargaba de alimentarlos. Ella, preocupada por el bienestar de esos hijos adoptivos puestos bajo su cuidado, no quería que después de la cena se fueran a los prostíbulos; los retenía con algún picante relato.

Según Antoni, en algunas ocasiones le han reprochado que escriba de Trinidad sin ser negro. A esos críticos les responde que una rama de su familia es de raza negra.

En cuanto a los motivos que lo llevaron a escribir Los cuentos eróticos... en una entrevista con María José Furió, de la revista cultural Lateral, declaró que son un divertimento y, a la vez, un esfuerzo por reivindicar la tradición oral de la literatura caribeña.

Todas las historias que aparecen en el volumen tienen como destinatario al pequeño nieto de la narradora protagonista.

Ella sabe que, como a todos los hombres, a su nieto le gusta escuchar las historias de la abuela porque están llenas de situaciones carnales que enristran la imaginación.

EN EL CARIBE

La obra publicada no incluye solamente relatos en cuyo desarrollo influyen hechos verificables como la Segunda Guerra, también se viaja hacia mitos cuya certeza nadie pone en duda, a pesar de la abundancia de elementos fantásticos, pues ocurrieron en algún lugar cercano, donde la gente habla y recuerda como uno.

En las páginas de esta colección de relatos hay un tesoro enterrado, una pistola de cachas de nácar, un tigre al que le gusta el queso, un indiscreto que pierde la cabeza por unos mangos.

También ponen de su parte embusteros dignos de peor suerte como el rey de Chacachacari o el coronel Sanders (el del pollo frito) siempre acompañado por el Diablo de Tanzania.

Esos personajes presentan a Skip (así llaman los soldados a la hospedera) sendas oportunidades de negocios que se convierten en relatos. Sin embargo, ninguno de los negocios resulta como lo pintan.

La puesta en marcha de una pizzeria, por ejemplo, termina en una orgía donde la presencia de mujeres es nula dado que Gregoria, hija adoptiva de la joven viuda, se reserva para departir en exclusiva con el Diablo de Tanzania, mientras que la anfitriona se queda dormida en la cama del inofensivo coronel.

La instalación de una cabina de radio casera, a instancias del coronel y del rey, convierte a Skip en la primera mujer intérprete de calipso (composición musical típica del Caribe). Esa aventura termina por obsequiar al lector una sorpresa de alcances internacionales.

Los cuentos de la abuela son relatos dentro de relatos dentro de relatos que van conformando una experiencia ligera y atractiva. En el volumen queda clara la intención del narrador por consignar el dialecto caribeño.

Más allá del orden de los factores que Antoni dispuso para narrar los hechos y dichos de la joven viuda, queda claro que imprimió a su obra el tono de narración oral aprendido de la abuela, algo que también hizo García Márquez con resultados de sobra conocidos.

Historias picantes de una mujer honrada

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Historias picantes de una mujer honrada

Robert Antoni. Foto: Bocas Lit Fest

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Coronel Harland Sanders.Foto: AP


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