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Siglo Nuevo

Imanol Caneyada

Entrevista

YOHAN URIBE JIMÉNEZ
jueves 31 de agosto 2017, actualizada 2:02 pm

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Imanol, de origen vasco, es un narrador y periodista sonorense por decisión. Nació en San Sebastián, España, en 1968, radica desde hace 28 años en México, país del que ha adoptado la nacionalidad y en el que ha desarrollado su trabajo tanto en la prensa como en la literatura.

Ha publicado los libros de cuentos La nariz roja de Stalin (ganador del Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández 2011), La ciudad antes del alba (con el que obtuvo el Premio Regional de Cuento Ciudad La Paz 2009), Historias de la gaya. Ciencia ficción y Los confines de la arena.

En la relación de novelas tiene los siguientes títulos: Un camello en el ojo de la aguja, Tardarás un rato en morir, Espectáculo para avestruces, Las paredes desnudas y Hotel de arraigo, merecedora del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares en 2015.

En su más reciente obra, La fiesta de los niños desnudos, publicada bajo el sello editorial de Tusquets, cuenta la historia de Gregorio, quien odia a su padre, ese viejo músico pedante y engreído. Lo odia y desea su muerte, pero también odia su propia mediocridad. Cuando el anciano finalmente fallece -casualidad o milagro- el hijo abandona la vida de apariencias y se autoexilia en el inframundo de los menesterosos y los vagabundos, los invisibles, los que nadie nota porque no son nada. Liberado de toda aspiración, Goyo se redescubre en ese mundo paralelo donde imperan otra ley y otra moral, más humanas, más salvajes y perversas. Aquí el amor se conoce entre la mugre, bajo un techo de cartones que no cuesta una vida de trabajo en cómodos abonos. Vocablos como 'éxito' o 'fracaso' carecen de significado para los miembros de esa sociedad de ángeles caídos.

¿Fue intencional el homenaje a la música en tu novela?

Sí, totalmente. Era inconcebible escribirla sin la música porque el origen de la historia está en una anécdota que me sucede a mí en Hermosillo, donde actualmente vivo. En un hospital muy parecido al que aparece en la novela donde tienen un piano en la recepción, en el lobby. Conocí esta anécdota, que me parece increíble, y es precisamente con la que abre el relato. Lo que me pareció fantástico de la situación es como la música transformó el modo en que la gente veía a este personaje en condición de indigencia. Cuando llega lo perciben con recelo, temor, repulsión, y de pronto estos sentimientos se van transformando en asombro y después en admiración y en aplausos una vez que toca el piano, le piden que toque más y más.

Por está anécdota la música se convierte en la posibilidad de una novela en mi cabeza, tenía que estar ahí. Además, me transportó al pasado, a mi niñez, porque mi familia fue muy musical, mi padre cantaba y tocaba instrumentos al igual que mis hermanas, ninguno profesionalmente; la música era un elemento que siempre estaba presente y en algún momento de mi vida yo mismo quise ser músico. Ahí me conecto con una serie de frustraciones y fantasmas que me ayudaron a hilar la novela, desde la música.

¿Hay un afán de borrar los estereotipos sociales musicalmente?

Claro. Eso fue lo que me despertó un montón de preguntas. Este individuo, personaje, que lo percibimos y lo encasillamos y que tiene un determinado estatus en la escala social, nos lleva a preguntarnos ¿de dónde viene?, ¿qué educación tiene?, ¿cómo es capaz de ejecutar al piano y de manera muy solvente una obra de este tipo? Eso fue lo que me llevó a acercarme al mundo de la mendicidad y la indigencia del vagamundo, no desde la perspectiva de que están condenados a cumplir con determinado rol sino desde la óptica de que ese mundo puede ser un puerta, una fuga de los estereotipos sociales y de una estructura social que nos asfixia, nos ahoga y nos obliga a comportarnos de una manera determinada.

No trato la indigencia como un problema económico, que sí lo es, por lo menos en nuestros países latinoamericanos es un tema principal; la indigencia existe en todo el mundo, es un fenómeno presente incluso en los países más desarrollados como una posibilidad de fuga para construir una sociedad alterna a la que vivimos y que parece ser la única que puede otorgarnos un significado en el mundo.

/media/top5/SNentreImanol1.jpg Foto: Alejo Gastélum/Secretaría de Cultura
¿Dionisio, tu personaje, vive la indigencia como un acto de rebeldía?

Sí, los personajes principales están en ese mundo no desde la pobreza y la miseria. Sí hay quienes no tienen de otra, porque obviamente esa imposibilidad de vivir de modo distinto, ese mundo paralelo de la marginación que se convierte además en una especie de cárcel, es una realidad para muchas personas. Ahora, en el caso de los personajes que sostienen la novela, todos lo ven como una especie de fuga, una puerta para construir un lugar alterno en donde su existencia tenga un significado diferente, desde el iluminismo y el mesianismo, en el caso de Dionisio, y desde la necesidad de ser reconocido y de encontrar algún tipo de vocación, en el caso de Gregorio, o desde la búsqueda de una alternativa, en el caso de Brisa.

Tu historia es un retrato familiar de gran carga intima...

Totalmente. Una situación que estamos viviendo en el México actual es que se está viniendo abajo buena parte de los mitos sobre los que estaba construida la mexicanidad, y uno de esos mitos, que además se extiende a toda Latinoamérica e incluso a España, es el de la familia, la familia como una célula social que sostiene la armonía y la estructura de la sociedad, que es perfecta e infalible en sí misma. En México hemos descubierto de manera dolorosa, en los últimos años, que no es así.

Hemos visto que la familia no deja de ser un microcosmos de lo que somos como sociedad, ahí están muchos de los vicios que vemos en el ejercicio del poder público, que vemos presentes en el poder privado, en las relaciones que se establecen entre hombres y mujeres, padres e hijos. La figura de la autoridad, que en la novela se da primero con el padre de Gregorio y posteriormente con el líder mesiánico, Dionisio, es una figura que se esta resquebrajando en México.

Una pregunta que está ahí en la novela es ¿cómo vamos a construir la figura de autoridad que no venga desde el ejercicio caciquil, impositivo, tiránico, despótico? Los vacíos no los podemos llenar reproduciendo otra vez esos esquemas de poder vertical; creo que debemos darnos la oportunidad tanto en núcleos pequeños, las familias, como en núcleos más grandes, las comunidades, para construir otro concepto de poder.

Desde la marginación muestras una estética y un código de valores.

Creo que es así. No fue muy pensado al momento de que me senté a escribir la novela, al principio no lo tenía tan claro, pero fue surgiendo a medida que iba construyendo ésta ficción y que daba forma a este mundo marginal ficticio. Hay que subrayar que no es un libro documental ni tengo la intención de documentar la indigencia como tal, es un ejercicio de ficción y de literatura y a medida que lo realizaba fui descubriendo que los personajes que habitan la obra iban construyendo códigos estéticos y éticos que los significan, lo cual me pareció una vía muy interesante para empezar a explorar dentro de las tantas posibilidades.

¿Apuestas por una dialéctica de las posibilidades?

Ahí sí existe una declaración de intenciones, desde el principio, sobre todo en el personaje de Gregorio Cárdenas que se siente totalmente prisionero en está estructura social que llamamos normal. Eso me llevó a plantearme si realmente somos capaces de ejercer el libre albedrío como se supone que lo ejercemos cotidianamente. Se supone que somos seres libres, decidimos y que esas decisiones nos llevan a construir nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestro entorno, pero ¿realmente es así? Las condiciones en las que vivimos, lo que comemos, consumimos, vestimos e incluso hasta lo que pensamos, ¿realmente son producto de elecciones libres o hay un determinismo al que no abandonamos porque es mucho más cómodo?

A partir de ahí, sí construyo de manera intencional la tensión dialéctica entre la posibilidad del mundo que tú consideras normal, ideal o deseable, tal vez no hay sino un gran engaño.

/media/top5/SNentreImanol.jpg Foto: Libera Radio ACMAC
Entre líneas existe una historia de amor.

Hay una historia de amor, pero sobre todo una revisión del concepto de amor, como un ejercicio de poder. Por ejemplo, con el personaje de Gregorio, que es incapaz de entender a Brisa, entender sobre todo la libertad que ella ejerce a la hora de decidir si amar o no amar, o como vive su libertad sexual, con quién ejercerla, cuándo y cómo. Gregorio, de alguna manera, pertenece a una generación y a un mundo machista que no le permite comprender esto, a pesar de que la ama nunca puede entenderla y entonces recurre a la violencia y a la represión para tratar de controlarla lo que provoca que se le vaya entre las manos, que se le escape más y termine dándole la espalda.

Tiene que ver también con el momento que estamos viviendo, con la incapacidad que tenemos los hombres para entender ésta nueva forma de ser mujer, porque la mujer a su vez está explorando, con dificultades y con tropiezos y contradicciones. Ante está dificultad, la falta de comprensión acerca de esa nueva forma de ser mujer en el siglo XXI, los hombres en lugar de abrirnos, tratar de dialogar y llegar a un entendimiento, estamos recurriendo a la violencia, a imponer el poder histórico y patriarcal.

En la historia, ¿qué pesa más?, ¿el lenguaje o los silencios?

Creo que ambos. Intento que haya una variedad de registros lingüísticos, porque construir un universo ficcional obviamente es alzar una obra sustentada por el lenguaje, por estos registros, me parece a mí. A medida que construí la novela tenía la sensación, no sé si la compartes, de que nunca terminas de transmitir todo lo que pretendes comunicar, más allá del registro lingüístico, más allá de si nos vamos al nivel del habla, a la oralidad, o si nos vamos al nivel de un lenguaje filosófico, metafísico. Independientemente de eso está el desaliento entre los individuos que no terminamos de expresar plenamente lo que queremos y entonces, al final, los silencios. Creo que La fiesta de los niños desnudos es una novela donde los silencios pesan más que el propio lenguaje.

Más allá de los estereotipos, ¿es una apuesta por el humanismo?

Sí. Creo que es urgente que la literatura le apueste al humanismo, que le apueste no a encontrar respuestas porque considero que no es tal la función de la literatura, pero sí a que su centro sea el ser humano, su dimensión espiritual, filosófica; que le apueste a plantear las preguntas que necesitamos resolver para evitar errores que hemos cometido una y otra vez. Creo que ese planteamiento está ahí, latente en la novela, no renunciar a construir algún tipo de utopía; toda utopía tiene en su origen y en su centro, no en su final, este humanismo. Cuestiones como la solidaridad, la hermandad, el concepto de comunidad por encima de un individualismo recalcitrante. Es necesario que no perdamos de vista que dichos conceptos siguen ahí y que alguna vez movieron al mundo. Nos hemos olvidado de ellos, por eso creo que la literatura tiene cierta obligación de plantear este tipo de situaciones.

Las utopías han surgido de las grandes crisis y yo no pierdo la esperanza aunque abunden las sensaciones de que estamos viviendo casi un apocalipsis o de que somos incapaces de conectarnos con el otro para construir comunidad y aunque sepa que la enorme crisis que estamos atravesando en este sistema capitalista y neoliberal no cambiará de la noche a la mañana. Si bien está crisis es muy dolorosa, creo que nos llevará a apostar de nueva cuenta por el humanismo para salvarnos.

Twitter: @uyohan

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