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ADELA CELORIO Lunes 7 de ago 2017, 7:08pm ... Anterior 1 de 1 Siguiente ...

Los cien hijos del doctor Karbaat


Opinión - Miscelánea

Lo imagino diciendo a sus pacientes: “Usted no se preocupe, en unos minutos regreso con semen fresquecito”.

“Cosas veredes amigo Sancho que faran hablar las piedras”

He querido usar en el epígrafe la frase atribuida a El Quijote porque, si bien no aparece en el libro, expresa muy bien mi perplejidad ante este mundo que todos los días me sorprende con sucesos que, para la niña tan antigua que soy, superan con mucho a la literatura de ciencia ficción.

En la pacífica Holanda (como en casi todo el mundo civilizado) cada día son más las mujeres que recurren a los bancos de esperma para embarazarse. La ciencia ficción comienza cuando me entero de que en dichos bancos el donador, quien hasta hace muy poco debía ser anónimo (imagino una especie de sementales), era clasificado y etiquetado por características como: estatura, raza, color y nivel de estudios. Así, las clientas podían seleccionar la mercancía de acuerdo a sus expectativas: el esperma de los registrados como sanos, inteligentes, rubios, de ojos claros y con estudios superiores es el más solicitado; mucho más caro, imagino, que el de un hombre feo y sin preparación.

Resulta que mientras los donadores fueron anónimos no hubo ningún problema. En 2004, las leyes en la nación de los tulipanes cambiaron. Todas las personas nacidas por reproducción asistida pudieron reclamar a la clínica que atendió a sus madres lo que han llamado “pasaporte del donante”, un documento que contiene nombre e identidad del que finalmente resulta ser el padre.

A pesar de ser un proceso sofisticado, costoso y sin garantía de éxito, la reproducción asistida tiene un amplio nicho de mercado entre parejas que, en aras de alcanzar un nivel académico que les asegure mejores posiciones laborales, retrasan voluntariamente el embarazo durante sus años más fértiles. Cuando por fin la pareja decide embarazarse, el reloj biológico amenaza, las mujeres comienzan a generar ansiedad y, en un momento por demás vulnerable de sus vidas, acuden al mercado de esperma. Imagino anaqueles con pequeños envases y una etiqueta que contiene la descripción detallada del donador. Raza blanca, alta, con estudios superiores, la más cara conforme a la demanda, no se oferta. El sano, cacarizo, de baja estatura y escolaridad elemental, es una ganga. En fin, las clientas tienen una amplia gama de opciones para hacer una selección acorde a sus gustos y sus bolsillos.

Resulta que el Doctor Jan Karbaat, propietario de la clínica que lleva su nombre, con objeto de mantener el prestigio de su probeta utilizó su propio semen para embarazar a más de cien mujeres. Las clientas, convencidas de que el donante era anónimo, confiaron en las practicas del reputado doctor.

Sano, inteligente y bien parecido, Karbaat producía un semen de calidad, del cotizado. Lo imagino diciendo a sus pacientes: “Usted no se preocupe, en unos minutos regreso con semen fresquecito”. “Nunca tuvo en cuenta la trascendencia de sus actos ni creo que le importara. Estaba seguro de las bondades de lo que hacía: conseguía embarazos sin pensar en las consecuencias”, dice Moniek, apenas una integrante del nutrido grupo de hijos biológicos del doctor.

Si las mujeres ya habían decidido embarazarse con la semilla de un donador anónimo y si lo mismo daba uno que otro mientras tuviera las características deseadas, no acabo de entender en qué consiste el fraude del que acusan a Karbaat (quien murió recientemente) por utilizar su propia materia prima y ser padre de toda una generación de holandeses sanos y hermosos, niños de autor. Ahora, pacientísimo lector, ya se habrá dado cuenta del porqué, cuando me entero de todo esto, pienso en ciencia ficción. Después, lo único que se me ocurre es preguntarme si toda esa gente acabará por olvidar el disfrute de embarazarse a la antigüita.


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