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SAÚL ROSALES Jueves 3 de ago 2017, 7:04pm ... Anterior 1 de 2 Siguiente ...

Verde esperanza de las mandarinas verdes


Nuestro mundo

Grandes hombres como el dramaturgo mexicano Juan Ruiz de Alarcón me han dejado un legado de pensamientos sobre La Esperanza. Para él, la esperanza es fecunda en fraudes o por lo menos en espejismos.

Es difícil imaginar de qué ingenio popular o de qué sabias cavilaciones hayan salido las explicaciones o justificaciones para darle a la esperanza el color verde (¡La Esperanza!), pero es así aceptado hasta por grandes como Julio Cortázar, quien en algún lado le dice, a la esperanza, putilla verde.

Yo me proporcione una teoría sobre el porqué de la aplicación de tal color. Me instalé como habitante de un tiempo remoto que en el campo de su labor ve los primeros brotes que gracias al agua y al sol rompen la tierra que canta la fecundación de la semilla.

Esa irrupción verde es el despertar de la espera, es el despertar de la esperanza de obtener el fruto del trabajo. En los brotecillos reluce un ofrecimiento, la esperanza de que algún día el verde ya no será promesa sino óptima cosecha.

Me llevó a reflexionar sobre eso el recio verdor de unas bolitas del tamaño de una canica, de una uva “globo rojo” o de una ciruela, cuando las vi en mi mandarino en mediada primavera.

Es un escuálido arbolito al que mi descuido y la incultura del perro no dejan en paz. Allí están las mandarinas, a veces solas pero también en ramilletes de dos o de tres, verdes y promisorias, de un verde como decisión de vida, de persistencia que da sufrimiento y fortaleza, flexibilidad y resistencia a las ramas que las soportan, o más bien las cargan.

Y claro, eso me lleva a mi formación libresca, tal vez deba decir, a mis libros –no al recurso fácil y de relumbrón de la computadora–, para reencontrarme con ideas, conceptos, emociones convertidas en palabras sobre la esperanza, La Esperanza, no su imaginario color.

Ya antes he compartido hallazgos sobre la esperanza (La Esperanza) en un poema que boga en el mar de internet con el título de “Fatalidad de la esperanza”. Es parte de un libro, Dialéctica de la pasión, que también boga en esos andurriales virtuales.

Total que en el arcón de mis fichas de investigación literaria consulto algunas en las que grandes hombres como el dramaturgo mexicano Juan Ruiz de Alarcón me han dejado un legado de pensamientos sobre La Esperanza. Para él, la esperanza es fecunda en fraudes o por lo menos en espejismos.

Dice Ruiz de Alarcón en su comedia Las paredes oyen, revelando la dolida frustración de un enamorado: “La verdad huyo, a la esperanza pido / engaños que alimenten mi deseo”. ¿La esperanza es un autoengaño? La esperanza es un grande y frustrante invento de la necesidad humana.

El autoengaño que es la esperanza, con humanista intención y hermosos versos lo expresa Cervantes en el Quijote: “Dulce esperanza mía / que rompiendo imposibles y malezas / sigues firme la vía / que tú misma te finges y aderezas / no te desmaye el verte / a cada paso junto al de la muerte.”

Creo que entregamos el ánimo a la esperanza con cierto candor y cierto abandono; cierta actitud de entrega magnetizada por La Posibilidad, imantación que se energiza en el anhelo más que en la certidumbre de que llegará el bien cifrado en la esperanza.

La esperanza, pues, es caricia y fuetazo, ilusión y desencanto, anhelo y frustración, y entre esos extremos, como dice Celestina en el libro de Fernando de Rojas, “la esperanza luenga aflige el corazón”. Y como el mismo grandioso autor afirma en otra parte de su obra: “... no hay cosa peor que ir tras el deseo sin esperanza de buen fin”.

La realidad son mis mandarinas en promesa verde de tamaño canica, uva “globo rojo” o ciruela roja; la esperanza, La Esperanza, no es sino autoengaño impuesto por la lamentable, triste condición humana que requiere ese paupérrimo salvavidas para navegar en el mar de sus pesares. La humanidad no puede aceptar la verdad de que es un autoengaño y una inminente frustración.


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