Siglo Nuevo
PAOLA ASTORGA Viernes 19 de may 2017, 5:57pm ... Anterior 1 de 1 Siguiente ...

La oscura pólvora de México

Foto: Alfredo García/El Informador

Un retrato de la violencia con bajo presupuesto

Casquillos Negros confirma la veta literaria, periodística y policiaca a la vez, de Petersen que tiene como eslabón inicial a Los que habitan el abismo (Planeta 2014), un escrito cubierto de ese polvo de realidad que pisan los periodistas a diario.

“Cuarta ley de Newton: la mierda siempre flota”, con esa frase el autor de Casquillos Negros, Diego Petersen Farah, presenta una anatomía de México a través de las huellas de Alberto Zaragoza, un periodista de nota roja y uno de los dos fotógrafos que fijó para la posteridad el cuerpo acribillado del cardenal Posadas. El cronista gráfico nos va develando con su cámara las imágenes del cadáver desmembrado y en descomposición de un país que diariamente derrama inmundicia sobre un pueblo mal informado.

La narración nos lleva a Guadalajara Jalisco, a veinte años de distancia del caso Posadas. Beto Zaragoza huele a muerte, lleva consigo el olor a formol de tanto entrar y salir de la morgue o de la Cruz Roja. Otros paraderos rutinarios son la escena del crimen y su publicación escarlata.

El descubrimiento de una mojigata suicida es el estímulo para que el cadáver del obispo toque a su puerta con la forma de Eduardo Fernández, la Tripa, expolicía y mafioso, también apodado Maestro Limpio, sobrenombre que le venía bien dada la prolijidad con que manipulaba las zonas de actividad forense para que los altos rangos no se vieran justamente incluidos en las pesquisas.

La Tripa no se guarda las certezas alcanzadas, por eso afirma que “el narcotráfico era más un asunto de políticos, policías y militares, que de malandros retratados en narcocorridos”.

El historial de Fernández incluye un asesinato y varios encubrimientos, pero, es libre de apersonarse en el Semanario Sangre y aventar ante la mirada insólita de Beto las únicas fotos panorámicas de ese día en el aeropuerto, antes y después del hecho.

La intuición de Zaragoza tiene encendida la alerta. No baja la guardia ante el ex policía, sesentón, alcohólico y dueño de un religioso credo prostibulario, pero la sangre le hierve ante la caja de Pandora cuyo interior guarda a personajes que son participes voluntarios e involuntarios de la muerte del cardenal.

BELLEZA PARANOICA

En la trama armada hace veinte años figura Lizette, la amante preferida del general Ramírez Abarca, jefe de todos los jefes, dueño del aire que respiraban sus subalternos, disciplinados peones que no movían un músculo sin orden del alto mando. El general optó por la jubilación y el destierro voluntario. Abandonó a Lizzette que se recluye y se dedica a consumir todo el crack que le es posible. La paranoia habita su mente, pasa los días vigilando, teme que la vayan a asesinar. La Tripa había tocado a su puerta con una solicitud, y ella puso una condición: encontrar a Jazmín, una prostituta del Guadalajara de Día, burdel famoso en los noventas.

El periodista de nota roja, el ex policía y la ex amante adicta al crack se entregan a la búsqueda de una verdad que los involucra en una de las heridas punzantes de la historia patria, en un acto simbólico para inaugurar el mejor circo de México, en una interactiva, plomiza y letal fornicación entre la política, los militares, la iglesia y el narco.

Casquillos Negros confirma la veta literaria, periodística y policíaca de Petersen que tiene como eslabón inicial a Los que habitan el abismo (Planeta 2014), un escrito cubierto de ese polvo de realidad que pisan los periodistas a diario. La primera novela de este autor mexicano sigue la estela de Manuel Reza, subdirector del Matutino de Guadalajara; el escritor echa un vistazo a seis días de esa caótica vida que sólo alguien familiarizado con las entrañas de la prensa puede describir. En el relato, Reza recibe ayuda de Beto Zaragoza, un periodista que hereda el oficio de su padre. Retomar el personaje, sin embargo, no quiere decir que las cosas vayan a adoptar las seriales formas de una saga.

Diego Petersen nació en Guadalajara el 8 de diciembre de 1964. Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha dedicado su vida al periodismo como reportero, columnista y directivo de medios.

El título nos golpea con un dato, tal vez el más esclarecedor, “los casquillos negros son la huella digital del gobierno. Estarás de acuerdo en que ningún narco usa balas de segunda mano, ellos no tienen problemas de presupuesto, pero el ejército, los judiciales y los policías tienen que hacerlo. El casquillo se flamea con la pólvora y va agarrando el color pardo, entre más usado, más negro”.

SOLITARIOS

Los personajes de la más reciente obra de Petersen van apareciendo como si los fuera definiendo el líquido revelador. Adalberto Zaragoza es desgarbado y descuidado pero su pasión informadora resulta impecable. Tratamos con un hombre abandonado por el amor, su esposa le dejó de recuerdo a su hija Juana.

Beto se endurece ante la parca, pero tiembla de inseguridad frente a la adolescencia recién descubierta de Juanita. Viaja entre dos corrientes procelosas: la culpa por forzar a su hija a crecer en un semanario de nota roja y el remordimiento de ser un padre ausente que dedica al trabajo las 24 horas del día.

Su calidad de periodista nato fue bien conocida por el Comandante Peláez, un supervisor de investigaciones que pedía a Beto opiniar sobre cada escena y cada cuerpo asesinado, decapitado, ahorcado o desmembrado.

A la Tripa “le impresionaba la intuición de ese reportero de nota roja, seguramente después de tantos años de contacto directo con la muerte había desarrollado una capacidad para oler a la parca antes que llegara, pero algo más, un extraño sentido común que poco veía entre reporteros o policías, más acostumbrados a obedecer que a pensar”.

El amor dirigía sus flechas hacia Zaragoza, pero su estilo de vida no le permitía consolidarse como un buen partido. De vez en vez clava sus esperanzas, cuando se permite tenerlas, en Moña la diseñadora. Sin embargo, su involucramiento con la Tripa, Lizette y Jazmín le corta cualquier síntoma de tranquilidad, no habrá paz hasta que desaten el nudo que los une y se descubra el origen de las amenazas que pesan sobre ellos.

Eduardo Fernández es un ser adolorido desde la infancia. El pequeño Lalo fue la ilusión y la más grande decepción de su voluntarioso padre. Lleva su primer trauma en el apodo, sobrenombre extraído del porte de su parte viril. Allí empieza a formarse su religión, su credo prostibulario, uno de sus mandamientos es no amanecer con una mujer en la cama. Y es que “no hay peor desnudez que la del despertar en la madrugada, los gatos dejan de ser pardos y los seres humanos se vuelven vulnerables. Todos los defectos, los humores, las actividades fisiológicas, mocos, pedos, se concentran en ese espacio de tiempo que va entre abrir los ojos, bañarse y desayunar”.

La Tripa, además de vísceras, ofrece la estampa de alguien triste y puro a la vez, un sexagenario que vivió con una charola de la Dirección Federal de Seguridad desde muy joven, que se arrastraba entre la careta de policía y la máscara de mafioso. Siempre solitario por elección, desertó de las filas de los asesinos para volverse la chacha de estos. Una sola vez su pistola escupió una bala y ese recuerdo se asentó en su tibio corazón.

Lizette es un personaje abierto, heterosexual por trabajo y lesbiana de nacimiento. Brinca al poder gracias a su relación 'mamatoria' con Ramírez Abarca. Fue la favorita del general, la elegida, la protegida y, al final, cuando el cuerpo dejó de entregar jugo fresco, la abandonada.

La ausencia del protector detona todos los demonios de la soledad. Lizette se refugia en la piedra de los olvidos, el crack. Dos décadas después la Tripa encuentra la sombra de la prostituta, la belleza y la juventud, además de una inteligencia muy distinta. Liz se siente más despierta que nunca, percibe más allá de sus sentidos, y estos le dicen que no confíe en nadie, ni siquiera en Eduardo. Conserva un solo deseo, ver de nuevo a Jazmín, una de tantas amantes con las que compartió al General; ella hizo que latiera su corazón, y tal vez, Liz quiere que palpite de nuevo, antes de ser consumida por el lince que la habita.

Jazmín pasa por el pensamiento como un fresco deleite. Es el único personaje que no está atormentado por su pasado. Toma sus decisiones y no se amedrenta ante las consecuencias. Madre de una niña, dejó las esquinas oscuras para contonearse en un trabajo honrado. Alegre natural, despoja al lector del cristal que no permite sentir al personaje. Se vuelve la amante ideal y al lector le da por confiar en que los párrafos la conducirán a un final feliz.

Leer a Petersen es alentar la introspección que hace posible un buen libro. La calidad alcanza notas altas en los diálogos de Beto con el Comandante Peláez y la Tripa. Las pláticas presentan el carácter de los interlocutores mejor que cualquier descripción.

El escritor jalisciense deja en los ojos la sensación de que la palabra corrupción es a México como el verbo a la construcción de un enunciado. Casquillos negros no ofrece sino una historia que palpita y transpira uno de los tantos asuntos turbios de la historia del país. Y aunque se entrecomille “todos los personajes de esta narración son ficticios”, lo ficticio es la madera con la que se construye buena parte de la auténtica desinformación que se suministra a la sociedad.

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Foto: Alfredo García/El Informador

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