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Gildardo Contreras Palacios, miembro del Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas Domingo 13 de mar 2016, actualizada 8:59am ... Anterior El Siglo 8 de 14 Siguiente ... El Siglo

Aquel trágico Miércoles de Ceniza en Parras

El Siglo
Casa Residencia de los Jesuitas de Parras, desde tiempo inmemorial.

SIGLOS DE HISTORIA

"El día 13 de febrero (1929), era Miércoles de Ceniza. No sé porque causa la tarde me pareció muy triste, soplando un vientecillo algo frío, que levantaba el polvo de las calles que para entonces, todavía no estaban pavimentadas. Estaba seminublado y apenas se dejaba ver una luz muy débil del sol…". Las anteriores palabras son el testimonio personal de mi padre, don Juan Contreras Cárdenas, sobre el aspecto que se observaba en Parras, en aquel día de los trágicos acontecimientos que vamos a relatar.

Debemos decir que el 31 de julio de 1926, entro en vigor en nuestra Patria, la llamada Ley Calles, la cual en sus dos primeros apartados mencionaba: Artículo 1º. "Todos los ministros de la religión han de ser mexicanos por nacimiento.- La pena de los violadores será de $500.00 de multa o quince días de cárcel.- El Jefe del Ejecutivo tiene facultad de expulsar al trasgresor, sin más requisitos." Artículo 2º. "Cualquiera que celebre actos de culto, es decir que administre los sacramentos, o predique sermones doctrinales podrá ser castigado con la pena anteriormente mencionada."… Los siguientes artículos hasta completar 38, contienen disposiciones similares, que sería un poco largo enumerar, sin embargo, y en respuesta a ellas, los altos prelados de la jerarquía eclesiástica, tomaron la decisión de ejercer una resistencia pasiva, ante la que consideraron una injusticia mayúscula, y declararon la suspensión de cultos en todas las iglesias del País para evitar caer en la observancia que la Ley Calles les imponía; con lo que prácticamente estaban cerrando los templos al fervor religioso de los mexicanos a través de una Carta Pastoral, consultada con la Santa Sede.

Como resultado de la citada Ley, y sin otros medios para defender sus creencias religiosas, los ciudadanos mexicanos ofendidos, tuvieron que hacer uso de uno de los dos caminos que Calles les dio a escoger, y ese fue el de las armas, manera por la cual surgió en nuestra Patria el Movimiento Cristero; en Parras, el citado movimiento se hizo presente y en enero de 1927, se dio el fusilamiento de algunos jóvenes obreros parrenses, que defendieron sus ideas religiosas, los cuales fueron pasados por las armas en una de las bardas circundantes del panteón de San José, hacia el lado norte de la entrada principal del mismo camposanto.

En la época de referencia, estaba encargado de la Residencia Jesuita en Parras, el padre David Maduro, S.J., cuyo domicilio se situaba en la llamada Casa de los Padres; el citado sacerdote, se las ingeniaba para ejercer su ministerio entre los fieles de la población, realizando sus actividades propias con el mayor cuidado y secrecía, en algunos domicilios particulares que se prestaban para ello. Allí oficiaba misa, realizaba bautizos y casamientos, impartía el Sagrado Viático y auxiliaba a los enfermos en peligro de muerte con la extrema unción. El sacerdote por lo general de vestía de obrero o campesino para despistar a las autoridades, las cuales estaban perfectamente enteradas de las actividades que realizaba dicho sacerdote, quienes no desaprovechaban la actividad clandestina del sacerdote, inclusive el comandante de policía, don Pedro Hernández, le llevó a uno de sus hijos para que lo bautizara y lo mismo hizo el jefe de la partida militar, el coronel Fernando Villarreal con otro de sus hijos.

Bajo aquella amistad encubierta del sacerdote con algunas autoridades, algunos citadinos se enteraron de que aquel día miércoles 13 de febrero de 1829, el padre iba a "dar ceniza", en el interior de la residencia de los jesuitas, y específicamente en el área comprendida por el llamado Salón de Actos, recinto que había sido habilitado como iglesia por estar aún destruido en parte el templo de San Ignacio, por aquella bomba que los revolucionarios maderistas le colocaron en su área del campanario el 16 de abril de 1911. Muchas de las personas devotas, que ocurrirían y ocurrieron a recibir la ceniza, en forma irresponsable hicieron ostentación ante sus conocidos y vecinos del acto en que iban a participar y muy pronto la noticia llegó a oídos del señor Alonso Mendoza, comerciante de la localidad y propietario en ese tiempo de una tienda situada en la esquina noroeste de las calles de Ramos Arizpe y Treviño. El señor Mendoza, era el titular de la logia masónica El Nigromante Núm. 4, y era del conocimiento de los habitantes de Parras, de que estaba sumamente resentido con un amplio sector de la población, por el hecho de que cuando era presidente municipal, le tocó sortear el levantamiento armado de los católicos parrenses el 3 de enero de 1927 y por sus inclinaciones, fue buscado por los cristeros para encarcelarlo, junto con sus colaboradores que figuraban en su tiempo en diversos puestos públicos.

Uno de los compañeros de ideología, se encargó de llevar la noticia a don Alonso del acto que se llevaba a cabo en la Casa de los Padres, quién con toda celeridad mandó llamar a R. Hernández, otro miembro de su organización para que fuese al domicilio del coronel Villarreal, situado al final del bulevar de la hacienda del Rosario por el oriente, y lo pusiera al tanto de los acontecimientos que se estaban dando en el llamado Salón de Actos del Colegio. Hernández allá se dirigió, y dio al coronel del mensaje encomendado, quien inmediatamente después de recibir la noticia, abordó su automóvil, un modelo descapotable y sin más acompañamiento se dirigió a la casa de los padres, con la intención de conminar al sacerdote de no llevar a cabo aquel acto, que reñía con disposiciones legales vigentes, o bien que lo hiciera en una forma más discreta.

Una vez que llegó el coronel Villarreal a la casa de los padres, frente al lado oriente de la plaza de Armas, en la entrada se le unieron el citado R. Hernández y un subteniente del ejército, de nombre José Arce Domínguez, quien había salido de una cantina que se localizaba en la esquina de la casa de los padres, hacia el sur, en el cruce de las calles Treviño y Martín Torres; en dicho antro, Arce había estado tomando allí desde el mediodía y al escuchar el ruido del motor del automóvil de Villarreal salió presuroso y se dispuso a acompañarlo en la diligencia que iba a realizar. Los tres individuos entraron en la residencia y caminaron por el estrecho cañón que comunica la entrada principal de la casa con el patio central de la misma. Delante del grupo iba Villareal, y ya en el interior, se dirigieron hacia su izquierda por donde se comunicaba con las habitaciones del norte y oriente. Según el testimonio de uno de los presentes, declaró que al pasar por la primera puerta de la habitación conocida como "la ropería", a unos cuantos pasos de la entrada principal hacia el norte, salió una mano empuñando una pistola y a muy corta distancia disparó en la nuca del coronel Villarreal, quien al momento del sonido del disparo, cayó de bruces, por una muerte instantánea, el proyectil le salió por la frente y se incrustó en uno de los pilares que circundan por el norte el patio de la residencia. El reloj marcaba las cinco y cincuenta de la tarde. Es claro suponer que el ataque fue y era directamente contra la persona de Villarreal, hubo un solo disparo, a pesar de que Arce como militar, iba armado y bien pudo haber repelido la agresión en dado caso.

Con el sonido provocado por el disparo, alguna gente que se encontraba "tomando ceniza", descansando en las plazas de Armas y del Beso y otra que se localizaban en la cercanía del lugar, acudieron presurosos hacia la Casa de los Padres para cerciorarse de lo que había ocurrido; algunos que pudieron llegar al escenario, vieron con gran estupor e incredulidad, el cadáver del coronel, tirado boca abajo en medio de un charco de sangre. Sin embargo al poco rato llegó al lugar un piquete de soldados que rápidamente acordonaron el lugar e impidieron el acceso a los curiosos. El cuerpo inerme del coronel, fue levantado del lugar y después del reconocimiento cadavérico por el médico legista, fue llevado a su domicilio en donde esa noche sería velado por sus familiares. El certificado del doctor A. Calderón, médico legista que revisó el cuerpo, certificó que la muerte del coronel, había sido por "causa de herida de cráneo por proyectil de arma de fuego…"

La muerte del coronel Villarreal, fue muy sentida entre la población parrense, porque era una persona muy estimada en los diversos círculos de la sociedad, principalmente entre los deportistas, ya que, fue él quien creó el Campo Deportivo Ignacio Zaragoza, en un terreno donado por los señores Madero, frente a lo que fue la estación de ferrocarril; en donde por muchos años se jugó el mejor beisbol de Parras.

Fue el coronel Fernando M. Villarreal de la Fuente, originario de Monterrey, N.L., contaba con 34 años de edad y era esposo de la señora Isabel Hurtado de 30 años. Dejó en la orfandad a cinco hijos: Claudio, Sergio, Yolanda, Isabel y Silvia. Otro día, se trasladó el cadáver a la "ciudad de Torreón" para ser sepultado acá. Seguimos…

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En este domicilio estaba la cantina de donde salió el Teniente Arce Domínguez.


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