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Enrique Sada Sandoval Investigador Histórico Domingo 7 de feb 2016, actualizada 10:03am ... Anterior El Siglo 18 de 23 Siguiente ... El Siglo

Febrero rojo: La decena trágica

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Fingiéndole lealtad, Huerta asume la responsabilidad de atacar la Ciudadela por orden de Madero.

SIGLOS DE HISTORIA

No escapa a la memoria histórica el triunfo incuestionable del gran hombre que desde el semidesierto coahuilense encabezó con fervor y contra todos los augurios un movimiento reformador que haría exigible y válido el sufragio libre de todos los mexicanos por primera vez en nuestra historia como país independiente. Desde la Comarca Lagunera en 1908, Francisco Ignacio Madero había dado el paso definitivo a favor de los ideales democráticos al publicar su legendaria obra La Sucesión Presidencial en 1910 en San Pedro de las Colonias para lanzarse a una gira nacional que convocó en torno a su persona a aquellos hombres y mujeres que, apostando su presente por la posibilidad de entrever un mejor futuro, pugnaron por la posibilidad de hacer de México un país de libertades ciudadanas e instituciones legítimas y firmes.

Tras el estallido formal del movimiento armado, una vez sobrepasada la posibilidad en las urnas, y la honrosa aunque tardía abdicación del presidente Porfirio Díaz, la Revolución quedaría silenciada tras la firma del Tratado de Ciudad Juárez. Sólo entonces, Madero, como "Apóstol de la Democracia", hizo su entrada triunfal en la capital mexicana precedido por un temblor, el 7 de junio de 1911. Edith O'Shaughnessy como testigo presencial refirió sobre aquél momento: "Su partida de su casa en Parras, y su viaje hacia el Sur han sido uno de los acontecimientos personales más notables de toda la historia. Hubo días de continuadas ovaciones y adulaciones, tales como sólo las conocieron los Emperadores Romanos". Ante el panorama anterior, nadie imaginaba que a la vuelta de poco tiempo el sabor de estas escenas estaría tan lejano como poco imaginable una vez que éste último, tras elecciones democráticas favorables, asumiera el poder tras el interinato de Francisco León de la Barra.

Congruente con sus principios postulados en el Plan de San Luis, Madero asumió la presidencia el 6 de noviembre de 1911. Tenía nobles deseos para el país, como patentara José Vasconcelos a lo largo del Ulises Criollo, aún y cuando carecía de un programa de gobierno acorde con la situación imperante, creyó ingenuamente que la sola democracia sería la solución. A sus errores políticos, propios de una mezcla de inexperiencia y gestos de buena voluntad, se sumaron las acciones de diferentes grupos interesados en acabarlo: en menos de un año "el Apóstol" tuvo que enfrentar los ataques de una prensa encarnizada con su persona, huelgas, la obstrucción sistemática de dos congresos que como Poder Legislativo sólo fungieron como oposición desleal, rebeliones en el norte y sur, la renuncia de algunos de sus más allegados, su distancia respecto a quienes intentaron ayudarle y, de manera fatal y decisiva, la intromisión de los Estados Unidos de Norteamérica a través de su embajador, Henry Lane Wilson.

En este contexto, cuando el 9 de febrero de 1913 la Escuela Militar de Aspirantes de Tlalpan y la tropa del cuartel de Tacubaya se levantó en armas contra el gobierno, no se tomó la noticia con mucha sorpresa. Los rebeldes, al mando de los generales porfiristas Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz, liberaron de prisión a Félix Díaz y Bernardo Reyes intentando un infructuoso ataque a Palacio Nacional, defendido por el general Lauro Villar. En uno de los primeros combates murió Bernardo Reyes y Díaz y Mondragón se refugiaron en La Ciudadela. Mientras tanto, el presidente Madero cabalgó enarbolando la bandera nacional desde el Castillo de Chapultepec rumbo al Palacio Nacional, escoltado por cadetes del Colegio Militar y en compañía de algunos secretarios de estado y amigos (la famosa Marcha de la Lealtad). Durante una pausa en el trayecto, el presidente cometió el penúltimo de sus errores: nombró comandante militar de la plaza al general Victoriano Huerta, en sustitución del general Villar, que había sido herido durante el combate.

Al llegar a Palacio Nacional, Madero organizó la defensa mandando llamar a los cuerpos militares de Tlalpan, de San Juan Teotihuacan, Chalco y Toluca, proyectando movilizarse en dirección a Cuernavaca para traer al general Felipe Ángeles con su tropa organizada. Mientras tanto, Huerta entraba en nuevos tratos con los sublevados, sumándose a la conspiración golpista contra el presidente que tanto le había favorecido con su confianza.

Tras resistir el asedio, el 17 de febrero, de la manera más artera, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron hechos prisioneros por el general Aureliano Blanquet, personaje torvo y tristemente célebre por haber dado el tiro de gracia al Emperador Maximiliano I de México en 1867. Mientras tanto, el embajador Henry Lane Wilson intrigaba contra el gobierno insinuando que sólo se podría evitar la intervención armada de los Estados Unidos con la renuncia del presidente de México. El papel realizado por Wilson durante el golpe de estado fue ignominioso: hacía ostentación ante miembros del cuerpo diplomático de conocer los proyectos desleales de Huerta y notificaba falsamente al Departamento de Estado de Estados Unidos, (al igual que hiciera Poinsett en 1822) notificando que los sublevados habían aprehendido al presidente de México junto con el vicepresidente dos horas antes de que lo anterior sucediera.

Una vez que Madero y Pino Suárez fueron hechos prisioneros, Wilson ofreció a Huerta y a Díaz el edificio de la embajada norteamericana para que llegaran a formalizar su traición en lo que se conoció como el Pacto de la Embajada. En este pacto de bajezas se desconocía a Madero como presidente de la Nación y se impuso a Huerta como presidente provisional con un gabinete integrado por elementos reyistas y felicistas para que Félix Díaz contendiera en elecciones a llevarse a cabo teóricamente.

A la infamia del Pacto de la Embajada le siguió la vejación y el brutal asesinato de Gustavo A. Madero, hermano y consejero del presidente, desarmado a traición el mismo Huerta en el restaurante Gambrinus. Después se presentaron las renuncias del presidente y vicepresidente ante un Congreso que reunido en sesión extraordinaria nombró presidente a Pedro Lascuráin, ministro de Relaciones Exteriores, quien renunció en breve para nombrar presidente a Victoriano Huerta. Entre tanto, Madero, Pino Suárez y Felipe Ángeles permanecieron presos en el Palacio Nacional, esperando un tren que nunca llegaría para embarcarlos de Veracruz a Cuba o Europa. De nada sirvieron las gestiones de su esposa y amigos ni la de los ministros de Cuba, Chile y Japón ante Wilson para que hiciera valer su influencia sobre Huerta: el embajador alcoholizado se deslindó, en una mezcla de sorna e insolencia, arguyendo que no podía interferir en los asuntos internos de México, instruyendo después a Huerta a que "hiciera lo más recomendable para asegurar la paz en el país".

La noche del 22 de febrero el general Blanquet giró órdenes, ratificadas por Huerta, para que se trasladara a Madero y Pino Suárez a la Penitenciaría de Lecumberri, salvándose al general Ángeles de acompañar a ambos personajes en su destino final (pese a su reticencia de permanecer con ellos) por el prestigio con que contaba entre el Ejército. En el camino, se simuló un ataque y ambos prisioneros fueron asesinados vilmente. La ciudad amaneció con la noticia de la muerte de Madero en boca de todos, y aunque la primera reacción fue de indignación, la mayoría de los capitalinos terminaron por celebrar cese de hostilidades y en mancuerna con la prensa, alabaron a los vencedores, ensañándose con la desgracia de los vencidos.

Con la muerte de Madero se cerró acaso el único ensayo democrático llevado en el México del siglo XX, abriéndose las mismas viejas llagas de antaño, en tanto nuevos nubarrones de tormenta avizoraban el estallido de una guerra civil.

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Madero en la eternidad.

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El autor intelectual del golpe: Henry Lane Wilson.

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Autores materiales del golpe: Mondragón, Huerta, Díaz y Blanquet.

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Dos veces magnicida y liberticida: Aureliano Blanquet.


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