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Jessica Ayala Barbosa Martes 30 de jun 2015, actualizada 11:59am ... Anterior El Siglo 1 de 1 Siguiente ... El Siglo

Tania Solomonoff

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Artista del cuerpo

Con bases en la danza, Tania solomonoff es una artista escénica y del cuerpo que indaga a través de diversas disciplinas en la complejidad humana, sin escatimar en recursos expresivos para establecer contacto con el espectador y explorando la dimensión terapeútica del arte.

Hace alrededor de 30 años, Argentina atravesaba una difícil situación política que obligó a la familia de Tania Solomonoff, de apenas dos años de edad, a abandonar su país. Lo que siguió fue un peregrinaje por tierras tan desconocidas como disímiles entre sí (Canadá y diversos países de África y Europa), que sumergió a la pequeña Tania en un mar de códigos interculturales en el que aprendería a nadar con ayuda del baile. Según ha explicado, la danza y la música fueron, en primera instancia, los lenguajes que le permitieron entender el mundo sin palabras y sin normas fijas, pero más adelante, el cuerpo y el movimiento se le revelaron como un campo de múltiples posibilidades estéticas y sensibles más conscientes y elaboradas.

Sin ser parte de una institución formal o una escuela de Bellas Artes, Solomonoff se formó profesionalmente de una manera que ella ha definido como “bastante nómada y nada ortodoxa”.

En cada sitio donde vivió aprendió danza; su incursión en la disciplina se dio a través del ballet clásico y la danza contemporánea, bajo las técnicas Cunningham y Limón, específicamente. Con el tiempo su ejercicio artístico se fue orientando hacia otras metodologías y prácticas corporales como el Butoh, técnicas somáticas como Feldenkrais, Continuum movement y Yoga, y corrientes posmodernas y psicoenergéticas.

“Accedí a la danza por tres vías: una fue la vida nómada que tuve viajando entre distintas latitudes y culturas, y que me dejaron la memoria del ritmo, el impulso y la conexión espontáneas; la otra fue la danza académica o semiacadémica, que me le dio rigor y atención al lenguaje, y que por momentos me hizo perder lo espontáneo; la última fue la terapéutica y somática que viene de la mano del entendimiento de los estados alterados y que me abrió la posibilidad de habitar dinámicas propias de los procesos vitales”, cuenta Tania Solomonoff en entrevista exclusiva para Siglo Nuevo.

Luego de vivir viajando de nación en nación se estableció finalmente en la Ciudad de México, donde radica desde hace 28 años, aunque continúa viajando periódicamente. Además de trabajar en el desarrollo de sus propias propuestas artísticas, en la capital del país imparte clases de técnicas psico-corporales en escuelas oficiales y espacios independientes, realiza curaduría para instituciones y colectivos de arte, además de colaborar con distintas compañías nacionales e internacionales.

LOS TERRENOS DE LA CREACIÓN

“Viniendo de la danza (y otros sistemas de trabajo corporal y psico-somático) más que establecer con qué disciplina quiero trabajar, lo que me provoca para crear es identificar el carácter liminal de un fenómeno o contexto específicos, allí donde no es del todo clara la identidad del mismo o donde existe una posibilidad de redefinirla, y lo que sucede si colocamos al cuerpo allí, bajo el rol que sea (mediando, transitando, articulando, ausentándose, visibilizando, etcétera). Por supuesto, mi formación es de bailarina, de artista escénica y los lenguajes aprendidos siempre están presentes en lo que hago, pero no forzosamente se ejercen como tal o son el producto final o el punto de partida”, explica acerca del territorio donde nace su quehacer creativo.

El trabajo de Tania Solomonoff indaga en la complejidad humana y sensorial sin escatimar uno solo de los recursos expresivos y reflexivos de los que la ha dotado la vida 'nómada'. Partiendo siempre del aquí y el ahora, y el estado psicosensible que ello implica, pero sin dejar de lado la noción de que lo que se es en un determinado momento es resultado de un cúmulo de experiencias y conocimientos previos, es decir, de la historia personal, Tania pisa el terreno de la muldisciplinariedad, deambula entre la danza, el perfomrmance, el videoarte y se deja influenciar por las artes visuales conceptuales.

“Las influencias han sido muchas, algunas pertenecen al campo de las técnicas corporales y kinestésicas que son parte esencial de cualquier artista escénico. Otras han sido más paradigmáticas y tienen que ver con formas de pensarse, de afectarse, de transmitir. Sin duda, el arte contemporáneo y el arte del cuerpo han sido influencias importantes”, explica.

Y es que para ella tanto la información que se recibe y los elementos que conforman al ser, tienen un carácter múltiple, y por lo tanto no pueden abordarse desde una sola disciplina.

“Imagino distintas situaciones: un ser de pie en la arena de una playa; sentado en la banca de un parque después de una larga noche deambulando por la ciudad; caminando en un pueblo adentrándose en un cultivo de hortalizas; mirando semiacostado el techo de un planetario; leyendo un libro de matemáticas. Ese 'ser', por más real o ficticio que sea, no puede concebirse únicamente a través de un solo canal de entendimiento, sin atender y sensibilizarse a su 'kinestesia', al clima o los sonidos cercanos, a los límites de su campo visual o a la referencia de su propia historia. La posibilidad de concebirse desde la complejidad de lo que somos es lo que me lleva a pensar que hagamos lo que hagamos, siempre estamos atravesados por un poderoso caudal de información, estímulos y vivencias que nos acompañan”.

Todas las vivencias, en ese sentido, son la materia prima que Tania emplea para producir arte, desde subir una montaña en Bogotá hasta hacer una entrevista a una bailarina ruandesa durante un viaje, “no importa, todo es material de trabajo”. Podría decirse, entonces, que el deber del artista es mantenerse alerta para decodificar las señales que percibe y convertirlas en algo nuevo.

“La síntesis creativa, a veces, es más un trabajo de atención y escucha que una convocatoria de recursos expresivos. Van de la mano, por supuesto, pero si no existe un estado de atención sensible por donde entre y salga la información no es posible crear”.

Sin embargo, la cantidad de estímulos que una persona puede recibir diariamente es tan grande que podría resultar abrumador tratar de sintetizarlos todos de un tirón, ¿cómo es posible, entonces, entretejerlos para Solomonoff?

“Llegó un punto en que decidí, más conscientemente, construir un ‘piso’ de experiencia y de registros que se han ido acumulando en cada obra y que reutilizo para construir la que sigue”, señala. Contar con ese ‘piso’, afirma, es lo que le ha permitido abrirse a lo que no conoce, pero sin perder ciertas estructuras de trabajo y colaboración.

“Un ejemplo es el formato de residencia. La residencia es una forma de ‘hacer viviendo’, y esa cualidad exploradora me gusta porque en parte permite que lo acumulado se reescriba y constele y que la trama de lo real provoque cualquier tipo de pregunta emergente. Es muy difícil mantener el tono creativo necesario para que las piezas se mantengan abiertas y permeables y al mismo tiempo no se cristalicen en un modelo establecido”.

LO INERTE Y LA INERCIA

Uno de los trabajos más conocidos de Tania Solomonoff es Madera (2011), una pieza coreográfica y de instalación en la que ella interacciona con 60 tablas de diversos tamaños evocando ideas como el derrumbe, el exilio y el cuerpo nómada.

Con ayuda de gente de cada ciudad donde se presenta con esta obra, Tania recoge tablas de diversos tamaños y formas, las lija y luego las hace parte de su performance; les pide a sus colaboradores que las acomoden en el escenario del modo que ellos quieran, de tal forma que cada presentación es única e irrepetible.

La sombra cubre casi la totalidad del escenario, tres lámparas y un conjunto de tablas apiladas casi al fondo conforman la escenografía en la que Tania aparece en primer plano en una de las esquinas, de espaldas al espectador. Dos personas anónimas entran y comienzan a acomodar las maderas, unas sobre otras, formando una estructura enclenque, una especie de segundo piso que no parece muy estable. Ella se sube y con su cuerpo hace tambalear la estructura. La vibración de las maderas y el sonido que estas producen al resbalar, determinan su propio movimiento. La performer trata desesperadamente de mantener el equilibrio, pero el piso debajo no deja de cambiar y ella tiene que adaptarse constantemente, parece como si se debatiera entre reconstruir el suelo que conoce o corregir su postura para no caer, ¿no son acaso estas las mismas disyuntivas de la existencia humana?

Las metáforas que surgen en la mente del espectador en esta parte inicial de la pieza pueden ser muchas pero, ¿cuál de todas es la que ella desea expresar realmente? ¿Sobre qué bases está construido el puente que comunica a la artista con su público?

“El espectador es per se un testigo. Y, finalmente, es también una colectividad. Mis propuestas intentan tejer un vínculo que no disminuya el poder de quien presencia y ve. Al contrario, el testigo es quien otorga poder al acto, y el puente, presiento que se da a partir de establecer una fuerte apertura entre ambos. Por muy introspectiva, diagramada o conceptualmente hermética que sea una propuesta necesita fisuras para que se transmita de ida y vuelta la información. Dar y recibir. Las ideas de fisura y apertura en la obra misma es algo que me seduce enormemente. ¿Cómo ocurren ambas? Es algo que quiero seguir investigando”.

EL MOVIMIENTO COMO TERAPIA

Para Solomonoff la danza tiene una dimensión terapéutica. Está convencida de que el espacio esencial donde ocurre la conexión entre lo psicoterapeútico y lo artístico es el cuerpo, al que describe como una dimensión encarnada (psicosomática) del 'ser'.

“El diálogo entre lo visible e invisible y la calidad resiliente de las acciones que llevo a cabo en mis piezas están sostenidas por una dimensión psicoterapéutica que, justamente, abarca al 'ser' y no sólo al cuerpo”, precisa.

Para ella, “la psicofisiología y la vida emocional, afectiva, relacional y energética del individuo están estrechamente vinculados con su quehacer creativo y artístico”.

En alguna ocasión reflexionó sobre los beneficios que la danza, la músico y otras manifestaciones artísticas pueden aportar a la salud, los cuales en muchas ocasiones no son reconocidos ni promovidos por la ciencia.

Química, neurológica, cognitiva y psicoemocionalmente el baile es poderosísimo. Sintetiza, afecta y media en el imaginario de una comunidad, de un pueblo entero al mismo tiempo que lo habita, declaró recientemente en una entrevista para el portal Queridomx.

La artista se preguntaba en ese mismo espacio, por qué si México es un país de baile, canto y ritos, existe un alto índice de obesidad, concluyendo que en algún lugar la expresión se está coartando.

La anarquía del baile es un espacio de resistencia, no podemos y no debemos impedirlo. Los códigos establecidos y no establecidos, es decir, el gesto espontáneo y aprendido de los cuerpos en movimiento son nuestro patrimonio, son espacios de diálogo, íntimo o público. Los beneficios son amplios, abarcan desde la mejoría de la salud física y psicológica, hasta la restauración del tejido social.

PÚBLICOS Y ESPACIO PÚBLICO

Las propuestas escénicas 'performáticas' todavía son incomprendidas por una gran parte del público. En el video titulado Retratos 5, disponible en el canal de Youtube de Tania Solomonoff, se le puede observar a ella sentada en el suelo en un pasillo, ataviada con una falda, una blusa formal y tacones negros, sujeta un bolso rojo entre sus piernas, tiene el cabello revuelto y su semblante es taciturno, al fondo algunos transeúntes se detienen para observarla, parecen un poco desconcertados, se alejan. Basados en este tipo de reacciones se podría concluir que el performance carece de público. Sin embargo, Tania opina lo contrario, las dificultades a resolver son otras.

“(El público) Existe pero, sinceramente, veo todavía desarticualda la relación entre propuestas y públicos”, dice. Para ella el problema está en la generalización en torno al concepto de 'público'.

“Público no quiere decir nada si no somos capaces de contextualizarlo y adentrarnos en realidades específicas”, subraya.

Es necesario, entonces, hablar de públicos y no de un solo público. “En la medida en que sigamos generalizando y obviando la complejidad en la que vivimos vamos a seguir sintiendo que 'no hay públicos' porque nos estamos dirigiendo hacia una 'nada'. El tema es ¿los artistas y las instituciones u organismos de cultural y arte queremos, realmente, comprender quién o quiénes son esos otros que pueden dialogar con lo que hacemos? ¿Nos importa? Y, ¿por qué es necesario esto? Porque si no, no vamos a encontrarnos nunca, no vamos a cruzarnos para intercambiar saberes, no vamos a mezclarnos ni siquiera entre nosotros o será cada vez más difícil coexistir para compartir algo si no miramos más allá”.

Considera que el problema de la ausencia de públicos radica en que hasta el momento los artistas se han dedicado a esperar, “y no lo digo peyorativamente, esperar está bien, pero ya no es suficiente. Tenemos que ir a los fenómenos, tocar la puerta y empaparnos y no me refiero a, forzosamente, hacer arte por todas partes o con todo el mundo. No, ser activo significa apertura, moverse de lugar, dejarse afectar, pensar en otro tipos de intercambios, hasta económicamente hablando, porque eso hará también que los modos de creación, producción y acceso se modifiquen. Tal vez, primero tenemos que hacer un poco de trabajo de campo, no sólo como observadores sino, también, como agentes implicados si es que nos interesa salir de ciertos espacios ya arrinconados del consumo del arte. Yo soy parte de esos espacios pero me interesan otros”.

Como muestra de ese interés se puede mencionar su más reciente proyecto, Coser, el cual desarrolló entre marzo y mayo de este año bajo el formato de residencia artística en Casa Vecina, en la Ciudad de México. Se trata de una investigación acerca del intercambio de saberes que se manifiestan en las prácticas corporales, a través de la observación de los pasos de baile empleados por alumnos de clases de salsa, zumba, danzón, etcétera que se imparten en salones y gimnasios del Centro Histórico. Para poder indagar en esto, Tania organizó algunos maratones de baile en áreas públicas obteniendo una gran respuesta.

Coser busca transcender la experiencia del individuo en soledad e intenta situarse en la frontera que vincula a la persona con una colectividad específica […] responde a la pregunta de qué existe entre los cuerpos mientras danzan, comentó para La Tempestad.

Además de los resultados inmediatos como “poner el cuerpo a sangolotear” y convivir con maestros y alumnos de baile, Tania obtuvo algunos otros no tan obvios, “todavía no los detecto de manera visible pero los siento y tienen que ver con aspectos como: investigar desde otras experiencias el imaginario corporal y el lenguaje coreográfico; comprender formas distintas de transmisión e intercambio de saberes; negociar con la institución un proyecto que implica trabajar con cuerpo y sociedad; observar diferencias, más o menos sutiles, entre el danzante popular y el contemporáneo”.

Para 2016 planea continuar trabajando con Coser. Entre tanto desea también “revisitar piezas que he dejado a un lado y presentarlas en distintos contextos y espacios. Hacer algunas residencias artísticas. Profundizar en ciertas metodologías de enseñanza que estoy indagando y seguir formándome a nivel teórico y práctico en el campo del cuerpo, el arte contemporáneo y otros paisajes”, finaliza.

Correo-e: [email protected]

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