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Siglo Nuevo

Patricia Aridjis

Retratar las horas negras

Patricia Aridjis
sábado 27 de septiembre 2014, actualizada 12:16 pm

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La fotógrafa mexicana Patricia Aridjis extrae con su lente las más íntimas historias de las mujeres de los reclusorios. Sus miedos, su tristeza y los pequeños destellos de alegría que aún se cuelan por los escasos resquicios de una prisión quedan plasmados en “Las horas negras”, una serie fotográfica de la que Siglo Nuevo presenta una pequeña selección.

Patricia Aridjis (Contepec, Michoacán) es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, pero desde 1992 se dedica profesionalmente a la fotografía.

Ejerce su profesión con una clara conciencia social y de género. Desde hace varios años trabaja de manera independiente y desarrolla proyectos de documentación con los que les da visibilidad y voz a quienes no la tienen.

A lo largo de su carrera ha contado las historias de otros, de otras (encuentra una especie de fascinación en escudriñar la vida de sus semejantes). Historias que le mueven interiormente y que tiene la enorme necesidad de plasmar en imágenes. Para ella la fotografía es la botella que se arroja al mar. Alguien la encontrará y extraerá del interior su contenido y riqueza. Es un juego de miradas donde el acercamiento con la obra es el acercamiento con el otro.

Las horas negras (2000-2007), es un ensayo sobre mujeres en reclusión, cuyo desarrollo le tomó siete años de su vida, marcó un parteaguas en su carrera profesional y de manera personal.

Lo concretó en un libro homónimo, gracias al apoyo de la beca de Fomento y Coinversiones del FONCA.

Su trayectoria ha estado acompañada de numerosos reconocimientos. Ha participado en 26 exposiciones individuales y en más de 63 de manera colectiva en espacios nacionales e internacionales. Su obra pertenece a The Margolis Foundation, en EU y en el Guangdong Museum of Art en China, donde participó en una exposición colectiva sobre fotografía mexicana.

Además ha sido publicada y exhibida en Bélgica, España, Portugal, Estados Unidos, Canadá, Perú, Bolivia, Argentina, Colombia, Chile, Paraguay, Polonia, Bangladesh y Turquía.

LA OSCURIDAD AL FINAL DEL TÚNEL

La cárcel de mujeres es algo más que el lugar donde la sociedad esconde sus errores y repara sus culpas. La prisión encierra cientos de historias de abandono, maltrato, amores incondicionales; historias contadas repetidamente como una letanía dolorosa que no se puede olvidar.

Para entrar hay que recorrer un largo túnel que conduce a un mundo femenino, sin colores vivos, sólo el beige y el azul marino de los uniformes. Un sello invisible sobre el antebrazo hace la diferencia entre los que van de visita por un rato y quienes se quedan a cumplir largas sentencias o simplemente nunca salen. “Llevo siete años, cuatro meses y dos semanas”. Cuentas exactas, interminables. Tiempo que transcurre lento. Horas negras.

Al cruzar la reja, los objetos adquieren otro valor; ya sea porque no están permitidos, como es el caso de tijeras y perfumes, o porque sin dinero resulta muy difícil adquirir productos básicos como jabón, desodorante o un rollo de papel de baño. Tampoco pueden introducir retratos ni cámaras fotográficas. Las únicas referencias de las transformaciones que la cárcel ha marcado en sus rostros son la memoria y los espejos.

Una tarjeta telefónica es oro molido, pues el teléfono se convierte en uno de los contados recursos para mantener contacto con el exterior. La visita familiar representa un hecho especial. Es aire fresco, libertad que viene de afuera: un abrazo envuelto para regalo. Aunque, como sentencia moral a sus actos, es común que las reclusos sean olvidadas por su pareja y a veces por los familiares más cercanos.

Con frecuencia, el amor se toma de la persona más próxima, de quien las entiende y está en la misma situación. Silvia y Claudia se conocieron y enamoraron en el reclusorio. Se han amado día y noche, de acuerdo con las circunstancias, pues la intimidad en el encierro es algo muy público. Silvia cumplió su sentencia al poco tiempo de establecer esta relación. No soportó estar sin la que ella considera el amor de su vida. Fue entonces cuando planeó simular un robo. Le pidió a un amigo que la acusara para reingresar a la cárcel y estar otra vez con su pareja.

Hay niños que nacieron ahí, y sus ojos nunca han visto otra luz más que aquella que pasa a través de las rejas.

La maternidad hace, sin duda, una diferencia sustancial con respecto a la reclusión masculina. El papel que juega la mujer en la familia como elemento de cohesión se rompe, a veces de manera definitiva, al estar en el encierro. Las que tienen hijos pequeños se encuentran en la disyuntiva de que ellos permanezcan a su lado -aunque el ambiente carcelario no sea el más adecuado para que un niño crezca— o dejarlos en manos de familiares, fundaciones o conocidos; esto, tarde o temprano, lo tendrán que hacer cuando los pequeños cumplan el límite de edad permitido para vivir con ellas. A veces los pierden, si no física, sí afectivamente, ya que al salir, para recuperarlos, tienen que imponerse a la influencia de familiares o extraños.

La desgracia de muchas internas comienza desde antes de la cárcel. Basta escuchar cuando hablan de sus relaciones familiares, sus vidas en la calle, sus historias en espiral. Las prisiones en México están llenas de gente pobre. Lupita Ramírez estuvo presa ocho meses por haber robado cuatro desodorantes, tres corta-vidrios y tres paquetes de plumones.

Sin recursos monetarios no hay salida fácil. Pertenecer a un estrato socioeconómico bajo y ser mujer representa una doble agravante, pues los jueces en México son con frecuencia más duros al castigar a las mujeres. Amén del severo juicio que nuestra sociedad pronuncia contra ellas.

El deseo de salir es latente. “Si tengo buen comportamiento, trabajo en la lavandería y hago la faena, me reducen la condena hasta casi la mitad’. La frase como súplica recurrente: “Ya me quiero ir de aquí”. Sin embargo, hay un alto índice de reincidencia.

Para algunas mujeres la prisión es un gran útero donde reciben cobijo, alimento y afecto. Allí tienen identidad y una metáfora de familia. Y aunque no es la matriz de la mejor madre, representa un espacio seguro donde vivir. Una muestra es el arraigo que van teniendo de su celda, que reconocen como “su casa”. La decoran, la feminizan, se apropian de ella.

Afuera se sienten perdidas. El medio las estigmatiza y con dificultad encuentran empleo. Entonces vuelven a buscar formas “viables” de conseguir dinero. Regresan al mismo ámbito social. Son presa fácil de su adicción. Reinciden una y otra vez por delitos cada vez más graves, con sentencias más largas hasta que ya no es posible que salgan del único lugar donde se encuentran a salvo de la sociedad y de sí mismas.

Este ensayo contiene historias reveladas por la convivencia y el paso del tiempo. Los testimonios nos acercan a las etapas que las internas enfrentan desde su ingreso, donde el proceso de asimilación es muy intenso: viven la separación de la familia, hay sentimientos de impotencia y frustración por intentar resolver su caso desde adentro, cambian el color de su vestido por el uniforme y comienzan a coexistir, estrecha y diariamente, con mujeres que tienen diferentes formas de pensar y actuar.

Se dieron momentos importantísimos en el trato con las internas, en los que dejé la cámara a un lado para escuchar lo que desean y las conturba; de su soledad que en ocasiones las orilla a perder las ganas de vivir. Las heridas en sus muñecas son bocas que ellas mismas han abierto para clamar por afecto. Las drogas, para evadirse; la religión, su forma de encontrar respuesta al encierro. Es, a fin de cuentas, mirar a quienes pocos miran, dar voz a quienes no la tienen. En los reclusorios las emociones están abiertas en canal y ahondan enfáticamente en el corazón. La intención es compartirlas por medio de la fotografía.

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