A la carta con Nuño

Espectáculos JOSUÉ NUÑO

Lo que van a leer de ahora en adelante son comentarios sobre comida. Pero aclaro, no soy crítico, chef o algo parecido. Me gusta comer, empacarle pues. Y lo sé por que, si me rellenaran de helio, flotaría como la casa del abuelito de UP. Así de ese calibre estoy preparado. Como donde me deje mi cartera. Hay que tener educación financiera hasta para glotonear, ustedes comprenderán. Soy un gordito impenitente aficionado a las buenas y malas experiencias al pedir de pie, en la calle; o en una mesa, con clima en 21 grados y todas esas monerías.

Uno no puede negar que nuestras manías son cómplices de nuestros gustos, y como últimamente estoy en las redes por el trabajo y el estudio, leí comentarios sobre el Negro Aceituna. ¿Será tan bueno como aparece en las fotos de Facebook?

Hay un manual del crítico gastronómico y es en serio. Uno de sus pasos es describir el lugar. Aquí es agradable. Negro, con una barra de bebidas que me hizo pensar en la película Del crepúsculo al amanecer. Solo faltan Tarantino y Hayek.

La entrada de tortillas de diferente maíz y salsas es una versión aumentada de las que te encuentras en cualquier taquería. Eso sí, los frijoles guisados que te ponen combinan muy bien con el comino y particularmente con una salsa de habanero, Maggi y aceite, como una michelada. El sabor se balancea muy bien en la boca.

Ordené 5 platos. Procuro no pedir cortes de carne, uno tiene su asador celoso en el corazón y mi parrilla tal vez no sea la más buena, pero no se me queman las cosas. El Louisiana Steak queme saboree, no había. No era mi destino. Primero llegó la alcachofa y bueno, es como un gusto adquirido. Yo le tenía mucha fe a este platillo y sí, hay que rezarle. A algunos les puede parecer ácido, y más con la salsa blanca que la acompaña. Eso sí, el remate con el aceite con chile piquín hace valga la pena la duda. Después sirvieron el taco de porkbelly. Es una de esas comidas poco habituales que uno se tiene que detener a pensar a qué sabe. El cerdo es un pedazo glaseado con miel thai, poco perceptible, un rápido aroma. El chicharrón de cerdo en cubos pequeños como salseándose a sí mismo, es el crunch ideal.

Además, viene con una mayonesa sriracha y una tempura de tamarindo. Creo que al que cocina le fascinan los sabores ácidos y el contraste, de repente amino, pero la combinación es interesante. Luego vino el pulpo a las brasas. Se que es moda y muchos restaurantes lo sirven. El pulpo estaba en su punto, por que quemarlo amarga. Pero creo que la salsa y el limón le gana protagonismo. Aun así, estaba muy bueno, igual pediría dos y sería feliz.

Llegó la hamburguesa de picaña ahumada. Aquí fue al revés, no hay contrastes. Si bien todos los productos son excelentes(los probé por separado), juntos tienen un sabor uniforme. El tocino (que ellos hacen, según tengo entendido) no tiene el sabor a humo blanco que invade y arruina platillos. La picaña, bueno, estaba para pedir más. Falta el toque ácido, el contraste para que sea algo bomba. Es como no ponerle sal a algo, de repente no resalta. La acompañan con papas muy buenas, eso sí. Para el final pedí el Tagliatelle en salsa huancaina. La simplicidad de los ingredientes y cómo es combinan en las pastas, es su éxito. El pimiento rojo rostizado y queso fresco están bien cremados. El queso parmesano le da el toque ácido a la parte dulce del resto del platillo. Los tomates cherry asados, combinados con un bocado de la pasta, tiene un sabor redondo, como dirían en el mundillo de críticos gastronómicos. Me sacó una sonrisa probarla, lo reconozco.

La experiencia en el Negro Aceituna no fue oscura. Son como un Darth Vader, complejos, llenos de contrastes y buenos ingredientes. Su cocina es una propuesta interesante donde se nota que cuidan la preparación. Saludos al servicio y a Roberto, siempre muy atentos e informados de los platos que sirven.

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