EL SÍNDROME DE ESQUILO

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¿Es una virtud la claridad? Se pregunta Alejandra Pizarnik desde la página 193 de La muerte me da (Tusquets, 2007), novela que este octubre cumple diez años. De su primera edición hasta hoy, la novela de Cristina Rivera Garza ha agotado varias ediciones y ha ganado muchísimos lectores.

El misterio criminal que da cuerpo a la novela es, como diría Edgar Allan Poe, simple y raro al mismo tiempo: un día, una mujer descubre el cadáver castrado de un joven en un callejón. Junto al cuerpo son hallados unos versos de la poeta argentina Alejandra Pizarnik. Poco después otro castrado aparece junto a más versos de la argentina. Y más tarde son encontrados otros dos. ¿Qué significan estos versos? ¿Son pistas, mensajes en clave, confesiones, advertencias? Al cuadro se suma una nutrida lista de sospechosos que incluye a la escritora que encuentra a la primera víctima, a la Detective encargada de resolver los asesinatos, a su ayudante, a una Periodista de Nota Roja y a un hombre que se dedica a limpiar ventanas.

Como las mejores novelas del género, La muerte me da contiene más preguntas que respuestas. Pero lo que distingue a esta ficción de otros thrillers es que aquí no hay sólo un enigma criminal, también hay un apasionante enigma literario. Se trata de una novela policial consciente de que lo es, y eso la convierte, al mismo tiempo, en otra cosa: una reflexión sobre la literatura y sus misterios. Ya en el arranque del segundo capítulo hay una advertencia a los lectores, hecha por la escritora cuyo nombre coincide con el de la autora del libro, Cristina Rivera Garza: "Es difícil explicar lo que uno hace (…) Detallar, en toda su lenta dispersión, la rutina diaria para alguien a quien le interesa otra cosa, alguien a quien le interesa resolver un crimen".

Consta así, desde el inicio, que en esta novela no es la mera solución de los crímenes lo que importa. Vamos, ni siquiera los crímenes son el eje. El corazón de esta novela estriba en la reconstrucción de la realidad que, pese a sus limitaciones, intenta la literatura. Acostumbrada a reflexionar en torno al lenguaje y sus trampas, Rivera Garza nos hace notar que por más que un texto intente ser fiel a los hechos, al trasvasar la realidad a las palabras siempre se pierden algunas cosas y se ganan otras. Porque un texto es siempre la interpretación de quien lo escribe, no la realidad. En esa transmutación hay un sesgo inevitable. Así ocurre cuando la escritora que encuentra el primer cadáver observa que "la víctima siempre es femenino. En el recuento de los hechos, en los artículos del periódico, en los ensayos que alguna vez se escriban sobre estos eventos, esta palabra los castrará una y otra vez".

Esta lucha contra el empobrecimiento se refleja de muchas formas. En las páginas observamos a una poeta, Alejandra Pizarnik, obsesionada con lograr una prosa perfecta. La prosa, nos aclara, no es sólo la anécdota ni el contenido del relato, sino "algo más, algo que, de manera breve y sublime, ella se cree incapacitada para escribir". Pero también vemos a su antípoda: una novelista, Cristina Rivera Garza, que confiesa que siempre ha creído que, más que en la narrativa, su campo de acción está en la poesía. Partiendo de puntos distintos, las escritoras se encuentran en un punto: ambas ponen en tela de juicio las capacidades comunicativas de la lengua. Y al hacerlo la llevan más allá.

No es extraño que las búsquedas de La muerte me da lleven a los lectores a otros títulos en la obra de Cristina Rivera Garza. Pienso, por ejemplo, en el estupendo volumen de ensayos Los muertos indóciles (Tusquets, 2013), donde la autora explora los retos de la escritura en el entorno de abrumadora violencia que nos rodea. Destaca en ese libro lo que ella ha llamado "desapropiaciones", que consiste en estrategias para asumir la literatura como una práctica plural, incluyente, que consiste lo mismo en escuchar que en decir al margen del mercado.

Pero tampoco es extraño que La muerte me da nos empuje a buscar, antes incluso de terminar la novela, la obra de Alejandra Pizarnik. Porque no es la de Rivera Garza una obra cerrada, terminada, sino una invitación al diálogo, de allí que sus libros establezcan puentes hacia la creación de muchos otros artistas e intelectuales: de Juan Rulfo a David Bowie, de Jacques Lacan a Mark Seltzer.

Imposible dejar pasar que en esta historia la aparición de hombres muertos y castrados es un hecho cotidiano. Imposible hacerlo en un país en donde el secuestro y asesinato de mujeres se ha convertido en una dolorosa constante. No es el centro sino lo periférico, lo marginal, lo que más parece interesarle a esta autora. Porque lo que para una persona es la orilla siempre será el centro para otra. Así, la literatura se convierte en la mejor herramienta para posicionarnos, así sea por unos instantes, en un lugar ajeno. Twitter: @vicente_alfonso

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