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Enrique Sada Sandoval, investigador histórico Domingo 25 de may 2014, 9:37am ... Anterior 8 de 15 Siguiente ...

Los jefes de la División del Norte (1911-1914)

A diferencia de su trágico predecesor, Huerta envió una partida bajo el mando del general Trucy Aubert para encontrarse con los orozquistas en el campo de batalla de Rellano.

SIGLOS DE HISTORIA

(Séptima parte)

Es de resaltar una vez llegados a este apartado la presencia del otrora Doroteo Arango ahora sí como elemento fiel al gobierno emanado de la Revolución triunfante-gracias a la labor de convencimiento de Abraham González-tanto como a la persona de Madero, quien al arroparlo en su momento como miembro del movimiento durante los días en que se encaminaba para la toma de Ciudad Juárez, llegó a extenderle un salvoconducto de amnistía por todos sus crímenes cometidos durante sus años de correrías como salteador y asesino.

Aún y cuando en algún momento determinado pareció tomar partido junto con Orozco durante los días de las negociaciones y firma de los Tratados de Paz, tratando de insubordinarse o hasta de atentar incluso contra la vida de Madero, una vez reprendido virilmente por este llegó a demostrar gran sentimiento de culpa, pidiéndole al caudillo incluso el ser pasado por las armas. Sin embargo, recordemos también que habiendo sido despreciado por Orozco mismo, cuando públicamente trató de adherírsele, tampoco le quedaba otra opción más que el sumarse al gobierno maderista.

Todo parece indicar que Huerta estaba al tanto de este antecedente, y cuando Villa se le presentó con toda la formalidad para ponerse directamente bajo sus órdenes, ya abrigaba cierto prejuicio o demasiado conocimiento de fondo respecto a su persona-como elemento de carácter sumamente volátil- aunado a un desprecio instintivo en cuanto a todos los revolucionarios leales ( fueran activos o licenciados), a los que consideraba poco menos que indignos siquiera de ostentar determinado rango militar, como todo un purista ensoberbecido que trataba de compensar sus propios vicios de carácter y su apocamiento tras la fachada legalista de una supuesta institucionalidad, como elemento emanado del Heroico Colegio Militar.

La salida desde la estación de Torreón rumbo al norte era esperada por todos con ansiedad, independientemente del bando político en que se militaba o se inclinaban las simpatías políticas. Así lo entendía Huerta, quien de algún modo llegó a arengar a sus soldados a la hora de partir con destino a Chihuahua capital. Aunque no era de esperarse que Orozco reincidiera en el mismo punto de combate en que derrotó al general Salas, la astucia o la malicia natural de este tercer jefe de la División del Norte le hacía desconfiar y anticipar todas las posibilidades que pudieran presentarse en el tablero. El tablero sería el campo de batalla en donde los "colorados" saldrían a su encuentro o el sitio en donde él mismo dispusiera como un cazador que sigue las huellas de su presa. Ya sea provocando el combate en el sitio que a su juicio le pareciera el mejor, ya fuera provocando a su víctima a caer en una trampa-como intentó y casi logra hacerlo en el Estado de Morelos con Zapata-o improvisando un ataque furtivo y nocturno en donde, como relámpago, podría caer sorpresivamente sobre el campamento de los alzados, sin darles tregua o posibilidad alguna siquiera de levantarse o defenderse ante la confusión desatada.

La experiencia y el instinto parecían predominar sobre este hombre mucho más que el dominio de la técnica que aprendiera tras largos años de estudio en la Academia Militar. Y en esto se parecía también a quien en ese instante se le presentaba como su opuesto sobre el horizonte: Orozco.

La diferencia acaso radica en el hecho de que el otrora agente de ventas, revolucionario posteriormente y ahora guerrillero radicaba en que lo que en el jalisciense era producto de años de experiencia aunado a la herramienta del pensamiento teórico que abrevó sobre una serie de libros y tratados de artillería, en el chihuahuense venía a definirse simplemente como instinto nato entremezclado con una sed de supervivencia, y sobre todo, un rencor vivo hacia la persona de quien resentía deslealtad o abandono ya encumbrado como presidente. Sin embargo, otro elemento en común que parecían compartir ambos personajes lo era también la ambición desmedida, alentada ya por motivos personales tanto como por determinados intereses de grupo en donde cada cual, en su terreno, se vislumbraba a sí mismo como la cabeza que se hallaba destinada a mandar y prevalecer en el nombre de muchos, o más aún: por encima del parecer o la voluntad de muchos.

De alguna manera u otra, ambos caudillos maduraban estos pensamientos mientras avanzaban hacia su destino, cada quien desde su extremo, rumbo al campo de batalla que no sería otro más que Bachimba y Rellano; esto es, el mismo sitio en donde Orozco anotó su escandaloso triunfo ahora se presentaba ante sus ojos como la oportunidad de cosechar un triunfo que bien podría franquearle el camino o la definitiva avanzada desde Torreón, como punto neurálgico, hasta la capital. Sin embargo, no contaba el jefe guerrillero con que Huerta había enviado de manera sorpresiva y previsora nada menos que una fuerte avanzada en su contra, bajo el mando directo del General Trucy Aubert, enfrentándose encarnizadamente sobre Rellano el 22 de mayo, bajo el sol incandescente de las tres de la tarde, definiéndose el triunfo en favor de la División del Norte gracias a la oportuna intervención de la artillería federal, acción combinada que junto con el despliegue de infantería federal sembró el desconcierto entre las filas orozquistas, a quienes no les quedó ninguna otra opción más que el tratar de romper el cerco en que de pronto se hallaron sin sospecharlo, gracias a la estrategia envolvente que vino a precipitar la situación de modo que cualquier posibilidad de emprender un contraataque se vería destinada al más rotundo de los fracasos, gracias a la muy atinada intervención de Francisco Villa, encabezando un ataque bien sincronizado sobre el flanco derecho desde el lado de los alzados, permitiendo que la caballería del General O'Haran para emprender un ataque sobre la retaguardia de los "colorados".

La lucha fue tan encarnizada entre ambos bandos, agrado tal que llegó a prolongarse por casí dos días-hasta las 2 de la tarde del día 24-donde,tras tantas horas de batalla consecutiva, finalmente cayó el último reducto de los alzados. Con la hiel de la derrota, Orozco tuvo que emprender en esta ocasión la retirada en el mismo lugar donde esperaba recolectar su segundo laurel de triunfo, con un saldo desfavorable de 850 guerrilleros menos, numerosos pertrechos y toda su caballería al igual que varias piezas de artillería, no quedándole más alternativa a los "colorados" que el volar todos los puentes que había a su paso para intentar hacerse fuertes en el Cañón de Bachimba.

A estas alturas la situación se presentaba desesperada para los orozquistas quienes pasaban de vencedores de la División del Norte a vencidos definitivamente por la misma, sellando su suerte cuando Huerta dispuso que la Brigada de Caballería irregular de Villa junto con la de Rábago tomaran la plaza de Parral el 30 de mayo de 1912.

Con este hecho de armas se cerraba en apariencia la amenaza de escisión que parecía representar la insurrección fallida del otrora revolucionario maderista ante las fuerzas federales, representantes hasta el momento de la legalidad y las instituciones.

enrique.sada@hotmail.com

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Los jefes de la División del Norte (1911-1914)

A diferencia de su trágico predecesor, Huerta envió una partida bajo el mando del general Trucy Aubert para encontrarse con los orozquistas en el campo de batalla de Rellano.

Los jefes de la División del Norte (1911-1914)

La disciplina que le era propia y el despliegue de un gran contingente, producto de las levas que implementó desde San Luís Potosí, muy pronto inclinaron la fortuna en favor de Huerta como Jefe de la División del Norte.

Los jefes de la División del Norte (1911-1914)

Una vez obligado a retirarse hacia el Cañón de Bachimba, tras la columna enviada por Huerta para ocupar Parral, al mando de Pancho Villa, un desesperado Orozco terminó por ver como lo que imaginaba como su segundo triunfo terminó por sepultarle bajo el peso de la derrota.


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