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Por Enrique Sada Sandoval, investigador histórico Domingo 20 de abr 2014, actualizada 8:43am ... Anterior El Siglo 7 de 10 Siguiente ... El Siglo

Los jefes de la División del Norte (1911-1914)

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SIGLOS DE HISTORIA

(Segunda parte)

Cabe señalar que Madero no poseía ni por influencia familiar siquiera experiencia militar alguna. Su labor como hombre de ingenio empresarial tanto como filántropo o activista político, y su visión de mundo, fraguada principalmente en Europa, en ningún momento implicaban ningún punto de contacto con la carrera de las armas.

Sin embargo, el arrojo natural demostrado por el llamado Apóstol ya había quedado patente como para encabezar un grupo armado y combatir al fragor con las fuerzas federales desde que fue herido en la batalla de Casas Grandes, siendo éste su bautizo de fuego formalmente, y este episodio dará pie a otros muchos ejemplos de bravura en donde su carácter como jefe se impuso indudablemente ante todos aquellos hombres que le seguían, como sucedió cuando en el antiguo mineral de Guadalupe se le incorporó el jefe magonista Prisciliano Silva, quien al poco tiempo intentó de insurreccionarse cuando Madero le giró una serie de instrucciones precautorias, desconociéndolo como jefe ante todos -arguyendo que él sólo admitía como autoridad a los anarquistas Flores Magón y a la Junta del Partido Liberal Mexicano- a lo que Madero, sin dejarse sorprender ni arredrar por la deslealtad del cabecilla, reaccionó con entereza de carácter haciéndole, frente ante la vista de todos, ordenando su inmediato desarme y logrando por convencimiento de palabra en un airado discurso, preguntándoles si en verdad eran hombres y patriotas o sólo eran "de los que buscan comer sin trabajar (aludiendo directamente a los Flores Magón) la inmediata incorporación de sus fuerzas por entero hacia las filas del grupo revolucionario.

Una vez que se suscitó este incidente, al caudillo parrense se le sumó también Doroteo Arango -a la postre conocido como Francisco Villa a secas- junto con un nuevo contingente de hombres provenientes del vecino poblado de San Andrés, reconocidos tradicionalmente como rifleros expertos en la región. Así pues, vemos cómo el otrora pacifista Apóstol terminó convertido en un auténtico guerrero y más aún, revestido por su propia cuenta como cabeza militar, dejando atrás la seguridad que le brindaban los muros familiares del "Cuartel General de la Revolución" (como definiera el caudillo demócrata a la Hacienda de Bustillos, Chihuahua) con miras de llegar al puesto más importante en el extremo norte del país: nada menos que Ciudad Juárez, cuya ocupación consideraba, a su juicio, de vital interés para la causa.

La ocupación de este punto fronterizo le brindaba al caudillo una serie de ventajas logísticas, geográficas y políticas sin duda alguna: en primer caso, Paso del Norte proporcionaba un ambiente regularmente protegido además de la posibilidad de establecer en este punto, tan lejano del centro del país, una serie de pautas de tiempo que le permitieran lo mismo entablar contacto directo con varios extranjeros así como la posibilidad de reagrupar a sus simpatizantes dispersos tanto como el de incrementar el número de voluntarios para su causa, en comparación con el tiempo que tardaban las fuerzas del ejército en dirigirse a tan apartado sitio (con lo cual quedaba establecida la ventaja geográfica como un punto a su favor). Y por último, como ventaja política quedaba más que evidente el hecho de apostarse prácticamente junto a las márgenes del Río Bravo por lo que la cercanía con los Estados Unidos de Norteamérica representaba de manera dual tanto como apoyo moral que como proveedor tentativo, lo mismo de bastimento que de armas o de municiones, así como en última instancia, la posibilidad de contar con la ventaja de emprender la retirada hacia el vecino país del norte para guarecerse en caso que dicho movimiento fracasara. Es por eso mismo que a este punto finalmente se incorporaran elementos tan polémicos a la División del Norte, en esta primera fase e improvisada jefatura, tales como un veleidoso político porfirista como Carranza, un agente de ventas convertido en combatiente nato como Pascual Orozco y un azaroso bandolero aparentemente arrepentido de todas sus fechorías, como Francisco Villa.

Es innegable que el combate entre revolucionarios y federales se desató en varios puntos del país en donde la preponderancia de unos sobre otros solía mantenerse ciertamente fluctuante en algunos casos, en tanto en otros terminaba definiéndose como constante según el sitio y la pericia de los jefes militares involucrados.

Sin embargo, no será sino hasta el mes de mayo de 1911 cuando la suerte terminará por inclinarse hacia el lado revolucionario debido a una serie de incidentes ajenos al fragor del combate; esto es, por razones de estado o de corte político cuando tras la toma de Torreón por parte de los maderistas llegó a desatarse un escándalo en proporciones mayores y de trascendencia trágica tanto como internacional cuando los contingentes dirigidos por Benjamín Argumedo, Che Ché Campos y Jesús Agustín Castro emprendieron una serie de arbitrariedades xenófobas que culminó con el despojo y la tristemente célebre matanza de ciudadanos chinos.

Este panorama desolador, aunado a los informes del Ministro José Yves Limantour a Porfirio Díaz sobre el apoyo que tácito que Madero estaba recibiendo por parte del gobierno norteamericano en Paso del Norte, más el apostamiento de 12 mil tropas por parte del Ejército Norteamericano en este punto, listos para ingresar al país terminó por escandalizar al presidente Díaz, quien con el recuerdo de la invasión estadounidense de 1847 determinó no prestarse a ser la causa o el pretexto que diera pie a una nueva desmembración del territorio nacional, razón por la cual terminó presentando su renuncia a la primera magistratura el 15 de mayo de 1911 tras enviar a una comisión de delegados para formalizar esta decisión suya con la firma de los Tratados de Ciudad Juárez.

De aquí que pueda decirse que el primer triunfo de la llamada División del Norte quedó consagrado por la senda de la paz más que por la fuerza de las armas; esto es, gracias a un logro diplomático en el que influyeron una serie de factores externos y a la iniciativa del propio Díaz (hecho que hay que reconocer a todas luces) quien ratificó su voluntad conciliadora autoexiliándose rumbo a Europa y franqueando el camino -aún y cuando contaba con el consenso y los elementos suficientes para imponerse- para no obstaculizar el reestablecimiento de la paz, contribuyendo así a lo que a la postre llevaría a la consolidación de un gobierno provisional conformado por elementos de ambos bandos, con el ex ministro de relaciones exteriores Francisco León de la Barra como presidente interino en lo que se convocaba a un nuevo proceso electoral que, muy lejos de cualquier sombra de duda, restableciera el orden en el país.

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