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Por Enrique Sada Sandoval, investigador histórico Domingo 13 de abr 2014, 10:00am ... Anterior 2 de 6 Siguiente ...

Los jefes de la División del Norte (1911-1914)

Sin más entrenamiento que el espíritu de lucha, el otrora 'Apóstol de la Democracia' se descubrió así mismo jefe de armas.

SIGLOS DE HISTORIA

(Primera parte)

En vísperas del primer Centenario de la Toma de Torreón desde Gómez Palacio, o mejor aún, de la heroica toma de la Comarca Lagunera por parte de la División del Norte como el brazo fuerte de la llamada Revolución Constitucionalista, surge una nueva visión integral que viene a despejar el panorama de dichas celebraciones por su carácter amplio y su propósito incluyente, más allá de los lugares comunes, de los errores perpetuados desde el dogmatismo ideológico y desde la patrología mítica y maniquea por parte de quienes, a la sombra del Viejo Régimen, desde la entraña misma de la Historia Oficial, siguen vendiendo la idea de resumir los acontecimientos ocurridos en aquella época convulsa tan sólo en un breve listado de nombres, mismos nombres sobre los cuales el Estado ha venido a constituir un aparatoso andamiaje que a primera vista puede intimidar por su estructura, aparentemente uniforme y monolítica, pero que una vez observada de cerca, llega a evidenciar una serie de debilidades estructurales, de carencias elementales y hasta de enormes vacíos u omisiones que por su propia disparidad anuncia su propio desmoronamiento.

En este caso, la fragilidad queda evidenciada en las coyunturas por las cuales se pretendiera unir dicho andamiaje a partir de elementos tan disímbolos como contradictorios, tan ajenos a la realidad como inorgánicos y poco sólidos, por su propia naturaleza. Desde esta perspectiva entonces surge la necesidad de cuestionarse el porqué la historia que se vende hasta la fecha en torno a la Revolución Mexicana como contienda encarnizada entre facciones terminó degenerando en una guerra civil bastante distanciada de los principios que en su inicio pretendía vender como necesarios, al igual que los frutos que por espacio de diez años deberían de haberse traducido en una auténtica democracia dotada de justicia social y un espíritu auténtico de mancomunidad nacional que sólo en apariencia logró imponerse -sin duda alguna, por la fuerza de las bayonetas- mas nunca asimilarse por completo como algo remotamente propositivo o que sentara al menos las bases para el ejercicio ciudadano y el goce de las libertades cívicas, bajo el imperio de una misma ley para todos, amparada en instituciones tanto orgánicas como legítimas.

Desafortunadamente, este panorama que era el esperado por la inmensa mayoría de los mexicanos que padecieron en carne viva -y a costa incluso, la gran mayoría de las veces, tanto de su propia seguridad como de la vida misma- los estertores y las convulsiones desatadas, nunca llegó a manifestarse. Y pese a los mejores augurios posibles para este movimiento social a los sucesivos presidentes no les alternó la Ley (como lo proponía Francisco Bulnes) y a la sombra de cada caudillo o del hombre fuerte por excelencia -ahora bajo ropaje revolucionario- no lo relevaron del mando supremo la presencia de instituciones sólidas y respetables.

Otra tendencia propia de este amalgamiento de intereses mezquinos y de vertientes ideológicas siguió siendo la construcción de un mosaico bizantino en donde a cada problemática o situación histórica en concreto se le pretendía resumir siempre en la figura de un solo hombre, es decir, la misma tendencia que encontramos desde el México de Santa Anna.

Como ejemplo concreto de este vicio histórico, al que identificamos en pleno como personalismo, nos encontramos con una de las figuras más controversiales como lo es Francisco Villa y todo cuanto puede relacionarse con él. Y uno de los errores más repetidos es el hecho de atribuirle en exclusiva la jefatura, el triunfo y hasta el nacimiento y denominación de uno de los cuerpos armados más famosos en el campo de la historia militar: la División del Norte.

Ni Pancho Villa fue el primer jefe, ni el único -aunque sí el último- en dirigir una fuerza armada bajo este mismo nombre, puesto que hasta en tiempos de la invasión norteamericana nos encontramos al general Mariano Arista desde 1846, siendo vencido en las batallas de Resaca de la Palma y Palo Alto por los estadounidenses y removido vergonzosamente como jefe de la División del Norte el mismo año, y en 1847 nos encontramos nada menos que al general Gabriel Valencia al mando de este contingente (en la célebre Batalla de Padierna) ya en la capital mexicana, pero siendo el propósito presente el celebrar los primeros cien años de la heroica toma de La Laguna en 1914; es decir, en el contexto correspondiente al de la Revolución y los movimientos levantiscos susbsecuentes al aparente triunfo de la misma, es necesario remitirnos en exclusiva a la primera década del Siglo XX.

La Revolución Mexicana como tal inicia un 20 de noviembre de 1910, fecha programada por Francisco I. Madero según la letra del Plan de San Luis, proclamado desde los Estados Unidos (en la ciudad de San Antonio, Texas) donde aseguraba haber sido defraudado en las elecciones del mismo año contra el régimen de Porfirio Díaz.

El plan fue proclamado con suma anticipación, hecho que de manera sumamente ingenua puso sobre aviso a las autoridades correspondientes, así como puso también en la mira de las mismas a todos aquellos simpatizantes del maderismo que se encontraban diseminados en los estados, generando las más de las veces una serie de enfrentamientos, aprehensiones y hasta finales sumamente trágicos, tal y como sucediera con el activista Aquiles Serdán y su familia, quienes murieron acribillados al oponer resistencia desde el interior de su propia casa en la ciudad de Puebla de los Ángeles.

Este clima de ebullición degeneró prontamente en un ambiente persecutorio que hizo disuadirse a muchos simpatizantes del "Apóstol de la Democracia", tal como sucediera con el astuto excandidato a la gubernatura de Coahuila, Venustiano Carranza, quien con excusas fútiles -"por cuestiones de alta política", según sus propias palabras- retrasó su incorporación abierta al movimiento hasta que supo que Madero se encontraba apoltronado y triunfante en Ciudad Juárez, Chihuahua, ya en el año de 1911.

Será tras la toma de esta plaza cuando el propio Madero en persona logrará arremolinar en torno a este acontecimiento un contingente hasta cierto punto de consideración, además de la incorporación en persona nada menos que de José Garibaldi como guerrillero, nieto del legendario unificador italiano, además del apoyo tácito por parte del gobierno norteamericano.

Una vez llegado a este punto, el autor de La Sucesión Presidencial en 1910 asumió por cuenta propia la jefatura militar de su movimiento armado autoproclamándose o abrogándose nada menos que el título de "Jefe de la Primera División del Norte del Ejército Libertador Revolucionario" en su cuartel de la Hacienda de Bustillos, tal como lo refieren Reidezel Mendoza en Bandoleros y rebeldes y José C. Valadés en Imaginación y realidad en Francisco I. Madero, siendo ésta la primera vez que se escuchará el nombre de este contingente de combate -en pleno Siglo XX- y consagrándose Madero nada menos que como el primer jefe de lo que a la postre habría de convertirse nada menos que en uno de los ejércitos más famosos en toda la historia militar.

enrique.sada@hotmail.com

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Tras su bautizo de fuego en la batalla de Casas Grandes, Chihuahua, Madero empezó a perfilarse como cabeza militar de su propio movimiento, en marzo de 1911.


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