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Enrique Sada Sandoval Domingo 27 de ene 2013, actualizada 11:32am ... Anterior El Siglo 19 de 19 Siguiente ... El Siglo

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La célebre batalla de la Angostura (o Buenavista, para los angloamericanos) fue decisiva en su momento para definir la lucha entre ambos bandos, distinguiéndose en ella los hombres del Heroico Batallón de San Patricio.

Erin Go Bragh: fulgor y suerte del heroico batallón de San Patricio

Después de Monterrey, los ejércitos enemigos convergieron al sur de Saltillo, en el paso de La Angostura. Una vez que Santa Anna pasó revista el 22 de febrero, se asignó el mando de la batería de cañones a cargo de ochenta hombres de la compañía de San Patricio. La batería de San Patricio, situada en una loma desde donde dominaba toda la llanura, disparó botes de metralla que abrieron grandes huecos en las filas estadounidenses, al grado que Taylor y sus huestes estuvieron a punto de ser aniquilados.

Tras la victoria pírrica de La Angostura donde más de la tercera parte de los hombres de la compañía de San Patricio murió o fue herida, debido a la falta de provisiones y alimentos, Santa Anna ordenó la retirada a San Luis Potosí, con la idea de hacerse fuertes pero incurriendo en un descalabro estratégico que el tiempo hizo evidente. Después de desembarcar en Veracruz el 9 de marzo de 1847, los soldados del general Scott sitiaron el puerto y forzaron su capitulación tras bombardear a la indefensa población civil, luego de lo cual las fuerzas estadounidenses avanzaron tierra adentro, siendo enfrentadas con denuedo por el Batallón de San Patricio y las fuerzas mexicanas en Jalapa, aunque esta vez sin el mismo éxito que en los llanos de La Angostura. Como parte de la estrategia para sumar a más desertores a la causa nacional, Santa Anna emitió desde Orizaba un volante en inglés donde enlistaba concesiones para cualquier estadounidense que se pasara del lado mexicano, en tanto John Riley preparó una circular que debido al avance norteamericano no logró imprimirse, dirigida: "A mis amigos y compatriotas en el ejército de Estados Unidos: El presidente de esta República […] les ofrece una vez más su mano y los invita, en nombre de la religión que profesan […] a impedir que sus manos asesinen a una nación cuyos pensamientos y hechos nunca los dañaron a ustedes ni a los suyos".

La última gran batalla de este noble cuerpo de defensores se llevó a cabo en Churubusco. Cuando los valerosos combatientes se quedaron sin pedernal ni munición del calibre adecuado y los estadounidenses escalaron los muros, la batalla se convirtió en una terrible lucha cuerpo a cuerpo. El corresponsal del diario Picayune de Nueva Orleáns, que acompañaba al ejército invasor, ofreció testimonió de los hechos: "…la guarnición completa, con la excepción de los pocos que lograron escapar durante la parte inicial del conflicto, se rindió. Los que se negaron con más vigor fueron los desertores del batallón de San Patricio, quienes pelearon con desesperación hasta el final, arrancando con sus propias manos varias de las banderas blancas izadas por los mexicanos como prueba de rendición".

Muy a pesar de su valor, para estos extranjeros mexicanizados, la batalla de Churubusco marcaría algo terrible: el principio de su fin. Después de un armisticio de dos semanas durante el cual se emprendieron negociaciones de paz, se llevó a juicio a los san patricios capturados bajo los cargos sobreabultados de deserción y servir en las filas mexicanas: sesenta se declararon inocentes, once se declararon culpables y otro, Edward Ellis, se negó a hacer una declaración, alegando que nunca había hecho juramento como soldado del ejército de Estados Unidos.

Mientras esto sucedía, docenas de personas suplicaban a las autoridades estadounidenses que les perdonaran la vida a los san patricios. Además de oficiales mexicanos -tanto civiles como militares- los apelantes incluían al Arzobispo de México, algunas mujeres de la sociedad mexicana, el Ministro británico y demás individuos, incluyendo a veinte ciudadanos estadounidenses que eran extranjeros en la capital, según testimonia una carta que decía: "Humildemente rogamos que Su Excelencia el General en Jefe de las fuerzas estadounidenses tenga la gracia de complacerse en otorgar un perdón al capitán John O'Reilly de la Legión de San Patricio y, hablando en general, a todos los desertores del servicio estadounidense".

Scott solo redujo las sentencias de quince san patricios prisioneros. A Riley y cinco compañeros se les suspendió la pena de muerte porque habían desertado antes de que el

Congreso estadounidense declarara la guerra. En lugar de ser ahorcados, estos hombres recibirían cincuenta azotes en la espalda y serían marcados con un hierro candente con la letra "D" (de desertor) de cinco centímetros, permaneciendo prisioneros mientras el ejército invasor se mantuvo en el país.

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La célebre batalla de la Angostura (o Buenavista, para los angloamericanos) fue decisiva en su momento para definir la lucha entre ambos bandos, distinguiéndose en ella los hombres del Heroico Batallón de San Patricio.

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La Justicia y la Gratitud aún demandan lo mismo de la Nación Mexicana que de sus gobiernos la dignidad y la memoria que por naturaleza exige el recuerdo de aquellos héroes que, naciendo extranjeros, decidieron morir como mexicanos.

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Entre quienes se distinguieron por su bravura en el campo del honor, hombro a hombro con los valerosos san patricios, estuvo en La Angostura el joven Luis G. Osollo: futuro general y brazo fuerte del Partido Conservador como encarnizado enemigo de los norteamericanos, al igual que los futuros generales Mejía y Miramón, que combatieron al invasor en el Valle de México.

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La perfidia del general Scott a la hora de asesinar a los san patricios llegó al extremo de coordinar su ahorcamiento de modo que vieran la bandera mexicana bajar en el alcázar de Chapultepec y la de las barras y las estrellas subir en su lugar.


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