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DOMINGO DERAS TORRES Domingo 15 de jul 2012, 10:54am ... Anterior 18 de 18 Siguiente ...

SIGLOS DE HISTORIA

Manuel José Othón, en una fotografía correspondiente a su título de abogado, en 1881.

Manuel José Othón en La Laguna (PRIMERA DE TRES PARTES)

El inmortal vate potosino, Manuel José Othón, realizó su magistral obra poética en varias poblaciones del norte y centro de la provincia mexicana. Selvas, desiertos, valles, lagunas, ríos y montañas fueron el numen de su rica inspiración. A la Comarca Lagunera, donde vivió los últimos años de su vida, arribó durante la última década del siglo XIX, en el cenit de la era porfiriana. Eligió a la arbolada y romántica población de Lerdo para fijar residencia, y fue uno de los promotores de su elevación de villa al rango de ciudad, en 1894; ahí escribió el más elegante y celebérrimo de sus poemas: "El Idilio Salvaje". Admirado y exaltado por excelsos literatos como Salvador Díaz Mirón, Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Pablo Neruda y Octavio Paz, su estancia en La Laguna contiene interesantes episodios que nos inducen a escudriñar atractivos aspectos de su vida, no ajenos a la aventura, a la disipación y al infortunio, giros que dotan a su biografía de amenos pasajes anecdóticos.

SUS ORÍGENES

Rafael Montejano y Aguiñaga, uno de sus biógrafos, afirma que la llegada del poeta al mundo fue en un alumbramiento sorpresivo -en pleno monte- cuando su madre se encontraba, de tránsito, entre la Hacienda de la Pila y Ojo Caliente, San Luis Potosí. Manuel José Basilio Othón Vargas (1858-1906), fue educado en el seno de una familia acomodada y estructurada en los cánones del catolicismo decimonónico; de ahí algunos sabores a misticismo en su poesía. Los Othón -de origen alemán-, fueron partidarios del Partido Conservador, apoyaron abiertamente la II Guerra de Intervención Francesa en México y al fallido Imperio de Maximiliano.

Hijo de José Guadalupe Othón de los Reyes y Prudenciana Vargas Santos Coy, por el lado de su abuela materna descendía de los Santos Coy, una de las familias más antiguas de Coahuila. Su progenitor, combatió en los frentes de batalla del lado invasor francés y participó en la Toma de Querétaro en 1867, donde fue vencido y fue fusilado el emperador Maximiliano, el 13 de junio de ese año.

Estudiante destacado de la carrera de derecho en el Instituto Científico y Literario (actualmente Universidad Autónoma de San Luis Potosí), se tituló como abogado en 1881, empezó a escribir sus primeras poesías durante su adolescencia; incursionaría también en la dramaturgia y el cuento, pero estos géneros de la literatura no le dieron los laureles de la victoria que alcanzó como bardo. Manuel José llevó una vida profesional itinerante, embarcado siempre en la ilusoria búsqueda de tener holgados ingresos económicos para luego dedicarse de lleno a la escritura, situación que para infortunio de él, y de su esposa Pepita Jiménez, nunca consiguió.

Desempeñó cargos oficiales como Jefe del Registro Público de la Propiedad y agente del ministerio público en la capital potosina, juez de primera instancia en Cerritos, Santa María del Río y Guadalcázar, comunidades de su estado natal.

Luego empezaría su vida errabunda por diversas poblaciones norteñas de México. Para el mes de agosto de 1897, por recomendación de su amigo el gobernador de Nuevo León, general Bernardo Reyes, obtuvo un empleo estatal en Saltillo; renunció a los pocos meses. De aquí se dirigió a la Comarca Lagunera. (Manuel José Othón. Obras Completas. Autor: Jesús Zavala. Editorial Nueva España, S. A. México. 1945)

EL MÉXICO DE SUS TIEMPOS

Manuel José Othón, el fértil poeta que vivió las postrimerías del Romanticismo y probó las mieles de la fama en el Modernismo, discurrió los años de su infancia entre las balaceras y cañonazos de la II Guerra de Intervención Francesa en su natal San Luis Potosí. Si bien el oropelesco y novelado imperio, fue liquidado por el ejército republicano en el Cerro de las Campanas, algunos estilos de vida de la sociedad civil quedaron marcados por la presencia de las invasoras fuerzas de Napoleón III.

De 1862 a 1867, los militares galos convivieron con los mexicanos del campo y la ciudad, algunos de ellos formaron descendencia con criollas y mestizas, encuentros de amor y sexo tejedores de añejos mitos y leyendas. "Ahí se perdió un batallón francés", esta antigua y trillada frase se ha escuchado con frecuencia en múltiples conversaciones generacionales, cuando se hace referencia a que en tal o cual región del país existen mexicanos de piel blanca, cabellera rubia y ojos verdes o azules.

Pero fue, en el Porfiriato, donde esta acusada tendencia francesita consolidó sus rasgos en la moda, la gastronomía y en las manifestaciones del arte; no se diga en la filosofía, al adoptar las tesis del Postivismo de Augusto Comte. La juventud de la segunda mitad del siglo XIX, a la que perteneció Othón, bailó los románticos valses mexicanos de salón de Felipe Villanueva, Macedonio Alcalá, Juventino Rosas y Rodolfo Campodónico; también, los elegantes valses vieneses de los Strauss que impactaron al orbe; y leyó la prosa y la poesía de Ignacio Manuel Altmirano, Ignacio Ramírez, Manuel M. Flores, Guillermo Prieto, Manuel Acuña, Manuel Payno y Juan de Dios Peza.

Fue la dictadura de Porfirio Díaz, tan denostada por sus críticos a un poco más de cien años de su finiquito, la que impuso una paz social después de la histórica noche de fatales guerras civiles y dos invasiones -la norteamericana y la francesa- que costaron la mutilación y el estancamiento del país. Esta tranquilidad, tan ansiada por aquella agobiada generación, propició el florecimiento de las artes donde las plumas de grandes literatos emergieron a la superficie marítima del Modernismo mexicano; ello hizo posible, a Othón el bardo peregrino, conocer la magnificencia de los espectaculares paisajes del altiplano nacional, bellezas naturales que pinceló en el papel y la tinta de sus bucólicos versos.

México empezaría a adquirir en el extranjero una imagen de nación que descollaba por su modernidad, el gobierno porfirista daba la impresión de promover la cultura entre sus habitantes, aunque estos beneficios eran solamente palpables en los segmentos sociales de la clase media y de la élite adinerada; la población, en su gran mayoría, vivía entre las tinieblas del analfabetismo.

SU LLEGADA A TORREÓN

Manuel José Othón, según su biógrafo Jesús Zavala, llegó a la entonces Villa de Torreón en enero de 1898, procedente de Saltillo. La población crecía rápidamente gracias a un progreso derivado de la bonanza algodonera. En su obra autobiográfica, "Ulises Criollo", José Vasconcelos nos narra algunas imágenes de la villa cuando vivió en Durango, donde recién recibido de abogado ejerció el cargo de agente del ministerio público en los últimos años del Porfiriato. He aquí algunos renglones interesantes de su narrativa:

"Los ricachos de Durango acostumbraban pasar el fin de mes en Torreón. Allí el auge algodonero fomentaba un derroche imbécil y fácil de explotar por el profesionalismo galante. En toda la República se hablaba de las 'bacanales laguneras'. Corría oro en los meses de la cosecha… Negocios de cuantía se arreglaron al atardecer en la cantina, entre botellas de champaña y desfile de meretrices, y cada noche se repetía el despilfarro estúpido de coñacs caros y champañas finos en fondas costosas y prostíbulos… A Durango nos llegaba a nosotros la fábula de los dispendios y las ocasiones de enriquecimiento de la feria lagunera."

(La Novela de la Revolución Mexicana. Selección de Antonio Castro Leal.

Seguramente, Othón fue seducido por la fama que tenía Torreón de ser una población donde con facilidad se forjaban grandes capitales, circunstancia que lo hizo tomar la decisión de instalar aquí su despacho de abogado en busca de fortuna. Abrió su bufete jurídico en una finca que al correr de los años fue derruida, para edificar en su lugar un edificio que en la actualidad se encuentra marcado con el número 239 sur, de la calle Juan Antonio de la Fuente. En su fachada se encuentra sobrepuesta una placa, la que dice: "En la casa que existía en este lugar estableció su notaría, en 1898, el poeta Manuel José Othón. R. Ayuntamiento 1967-1969"; en su planta baja existió el "Super Gimnasio Laguna, recinto deportivo que cerró sus puertas allá por la década de los ochenta del siglo pasado.

Pero la progresista Villa de Torreón, a medida que transcurrieron los días de su arribo, pareció no satisfacer las expectativas de su proyecto para fijar en ella su domicilio particular, sus frecuentes visitas a Lerdo terminarían por convencerlo de radicar en esa población duranguense. En una de sus epístolas a su esposa Pepita, quien vivía en San Luis Potosí, y esperaba reunirse pronto con él, le escribió en enero de 1898:

"Este es un pueblo horroroso, lleno de tierra: un montón de casas sin orden ni concierto en medio de una llanura inmensa color de adobe. Pero hay dinero y negocios que es una barbaridad. Mi vida es levantarme a las 8; desayunarme con don Pablo Schugt, mi cliente, leer periódicos, ir a la cantina con el mismo, jugar al dominó, beber, pero moderadamente; charlar, ir a Ciudad Lerdo que dista cuatro leguas de aquí. Voy con un alemán minero de apellido Dietmark, muy buena persona y muy ilustrado… No tengas cuidado por mí, pues estoy bien y no cometo ningún desarreglo, porque no me convendría. He caído muy bien aquí y todos me tienen un alto concepto de mi persona. No me junto más que con hombres serios y acaudalados, que aunque están casi todo el día en la cantina, no se exceden, pues aquí hay la costumbre de arreglar los negocios en las tabernas."

Othón quedaría seguramente deslumbrado por el sinfin de negocios que se realizaban en Torreón. En una población que por aquellos entonces era nueva, poblada de inmigrantes nacionales y extranjeros, donde no había instituciones de educación superior y en la que los profesionistas -como él- eran escasos, el futuro era muy prometedor; los habitantes que ostentaban título universitario, en su mayoría, procedían de otras ciudades de México y del extranjero. La boyante economía lagunera les demandaba su presencia y ganaron sustanciosos sueldos y honorarios.

La referencia que anotaron, tanto él como José Vasconcelos, de que muchos tratos comerciales se arreglaban en las cantinas frente a los espumosos tarros de cerveza y las copas de vino, persistió y no ha perdido vigencia hasta nuestros días; entre la algazara y el ajetreo de cantineros, meseros y parroquianos, se han pactado en ambiente tabernero pequeñas y grandes transacciones en la historia económica de La Laguna.

En otra de las cartas que envió a su esposa, donde el abogado-poeta "hacía castillos en el aire" en búsqueda de la tan codiciada solidez financiera, recalca el espléndido progreso de Torreón; incluso refiere que compró un solar adyacente a la plaza de armas. Seguramente, el documento de adquisición del inmueble se encuentra inscrito en alguno de los empolvados y viejos libros del Registro Público de la Propiedad, instrumento hasta la fecha desconocido y que sería bueno pesquisar. El texto, en algunas de sus interesantes partes, dice:

"La población está formándose; pero es riquísima. Aquí no hay más que ricos. Se hacen unos negocios tremendos… Acabo de comprar un solar, que es un cuarto de lote, en la plaza de armas. Me costó seiscientos pesos, a seis meses de plazo, y D. Pablo Shugt se empeñó en que lo comprara, pues es un gran negocio. También acabo de tomar veinte acciones en la Compañía Cooperativa de Nuevo León; di al entrar veintidós pesos y tengo que dar doce mensuales para construir una casa en el solar, con hipoteca de la misma. De manera que la finca me costara dos mil seiscientos pesos y dentro de tres años valdrá ocho o diez mil."

(Manuel José Othón y su Ambiente. Autor: Rafael Montejano y Aguiñaga. Edición patrocinada por la Universidad Autonóma de San Luis Potosí. México. 2001)

analcodomy@hotmail.com

SIGLOS DE HISTORIA

Manuel José Othón, en una fotografía correspondiente a su título de abogado, en 1881.

SIGLOS DE HISTORIA

Así conoció Manuel José Othón, cuando arribó a Torreón a finales del siglo XIX, el antiguo edificio aún en pie del “Hotel Francia” que aparece a la derecha de la fotografía. Estaba en una de las esquinas del crucero formado por la avenida Presidente Carranza (antes Iturbide) y calle Ramos Arizpe.


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