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DOMINGO DERAS TORRES Domingo 13 de may 2012, actualizada 10:57am ... Anterior El Siglo 17 de 17 Siguiente ... El Siglo

SIGLOS DE HISTORIA

El SigloEn esta imagen aparece elegantemente ataviada María Ignacia De Azlor y Echeverz (1715-1767), hija del II Marqués de Aguayo y Santa Olaya, originaria de la Hacienda San Francisco de Patos, hoy General Cepeda, Coahuila. Óleo anónimo del virreinato perteneciente a la Colección del Museo Soumaya, Ciudad de México.

La monja que dio su fortuna (PRIMERA DE DOS PARTES)

Sor Juana Inés de la Cruz fue la monja más famosa de la Nueva España, su deslumbrante sapiencia y sus eruditas obras en los géneros de la poesía y la dramaturgia, la elevaron a los altares del Siglo de Oro Español. Pero existió otra religiosa que aunque no alcanzó las alturas de la celebridad de la Décima Musa, su brillante trayectoria en el oficio de la enseñanza la perfiló como precursora de la educación femenina en nuestro país, al fundar un convento-colegio dedicado a la educación de mujeres; tal proyecto venció las adversidades de una sociedad gazmoña, misógina, y prejuiciosa. De origen coahuilense y coheredera del Marquesado de San Miguel de Aguayo y Santa Olaya -una de las fortunas familiares más cuantiosas del virreinato-, la criolla María Ignacia De Azlor y Echeverz renunció al mundo de las riquezas y de la nobleza, al ordenarse monja en España. Estableció con éxito, en la ciudad de México, el Convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza y Escuela de María.

DE SU FAMILIA YSUS PRIMEROS AÑOS

María Ignacia De Azlor y Echeverz, vio la luz del primer día de su vida el 9 de octubre de 1615, en el pintoresco villorrio de la Hacienda de San Francisco de Patos, población conocida en la actualidad como General Cepeda, Coahuila, cabecera del municipio que lleva este mismo nombre. Seguramente, su nacimiento, tuvo lugar en alguna de las habitaciones del antiguo edificio que hoy alberga las oficinas de la presidencia municipal, inmueble inventariado en el Catálogo de Edificios y Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, bajo la clave número 050110010007. Benito Juárez, en 1865, decretó la confiscación del casco de la hacienda y sus accesorios que entonces eran propiedad de la familia Sánchez Navarro, debido a su adhesión y apoyo al Partido Conservador y al Imperio de Maximiliano; lo destinó para usos de la comunidad, sustituyó el nombre que llevaba el caserío por el de Villa de Patos.

José Ramón De Azlor y Virto de Vera (1672-1734), su progenitor, era originario de Huesca, España. Viajó lleno de ambiciones a los dominios de ultramar en la Nueva España, donde realizó la proeza militar de jefaturar una expedición que expulsó a los invasores franceses que tenían propósitos expansionistas en el actual territorio del Estado de Texas, hecho que le granjeó las confianzas de las autoridades del virreinato y de la corte madrileña.

Ignacia Javiera De Echeverz y de Valdés (1679-1733), su madre, fue la unigénita hija de Agustín De Echeverz y Subiza y Francisca De Valdés Alceaga Rejano y Urdiñola; recibió, por vía materna, una cuantiosa herencia. Al faltar sus padres se convirtió en la Segunda Marquesa de Aguayo y al desposarse con José Ramón De Azlor y Virto de Vera, a manera de choteo, el vulgo decía: "Ella es el marqués y su esposo es la marquesa". El rey de España, Carlos II, El Hechizado, fue quien le confirió a su abuelo el vasco-navarro Agustín de Echeverz y Subiza, el 28 de enero de 1682, el altísono y pomposo título nobiliario de Marqués San Miguel de Aguayo y Santa Olaya.

María Ignacia tuvo como única hermana a María Josefa Micaela (1707-1778), mayor que ella, nacida en Pamplona, España. Ésta, al correr los años, se convirtió en la Tercera Marquesa de Aguayo y contrajo nupcias con José Francisco De Valdivieso Mier y Barrera, relevante y muy rico personaje de la nobleza que ostentaba el título de Conde San Pedro del Álamo. De Valdivieso era propietario de la Hacienda Santa Catalina del Álamo, en la Nueva Vizcaya, latifundio compuesto por 422,000 hectáreas que comprendía parte de los actuales municipios duranguenses de Guadalupe Victoria, Cuencamé, Nazas y Peñón Blanco; era amigo personal del rey de España, Felipe V, a quien le llegó a otorgar préstamos para acceder al trono y consolidarse en el mismo. El rumboso enlace matrimonial entre José Francisco y María Josefa Micaela, celebrado en la Hacienda San Francisco de Patos, fue calificado por la sociedad novohispana como una boda financiera ante la espectacular fusión de dos grandes fortunas.

Ignacia Javiera educó a María Josefa Micaela y María Ignacia con sencillez. Vivió alejada del fasto de los lujos de la corte virreinal y de las diversiones mundanas, a los que eran tan afectos los empingorotados petimetres y currutacas, miembros de la nobleza y de la alta sociedad colonial; ella era muy feliz en el ambiente de su hogar, disfrutaba intensamente de la compañía de su familia. Durante los diversos períodos que vivió en la Hacienda de San Francisco de Patos, así como en el palacete del Marquesado de Aguayo de la Ciudad de México -aún en pie- ubicado en la calle Talavera # 20 esquina con República del Salvador del Centro Histórico, dedicaba horas del día a leer en voz alta libros de tema religioso a sus dos hijas.

La pequeña María Ignacia la escuchaba con ávido interés y delectación, le provocaba fascinación enterarse de la vida de los santos del catolicismo, hombres y mujeres de férrea espiritualidad mística dispuestos al sacrificio y que ofrendaban su vida al servicio de Dios, de la iglesia y del prójimo; la familia De Echeverz contaba con una surtida y variada biblioteca, la que con el tiempo heredó la que se convertiría en monja, en ella adquirió gran parte de su extensa cultura resultante de horas y horas de embebida lectura. (Relación Histórica de la Fundación de este Convento de Nuestra Señora del Pilar, Compañía de María. Y Compendio de la Vida y Virtudes de N.M.R.M. María Ignacia de Azlor y Echeverz, su Fundadora y Patrona. Publicación patrocinada por: Pedro Ignacio De Echeverz Azlor Espinal y Valdivieso. Edición de don Felipe de Zúñiga y Ontiveros. México, 1793).

DE LA GRAN RIQUEZA DE SU FAMILIA

El caudal financiero e inmobiliario del Marquesado de San Miguel de Aguayo y Santa Olaya, tuvo su arranque con Francisco De Urdiñola y Larrrumbide (1552-1618), osado inmigrante vasco-guipuzcoano que fue uno de los conquistadores del norte de México y colonizador de Coahuila. Ostentó el cargo de gobernador de la Nueva Vizcaya y estaba dotado de aguda visión para los negocios; practicó la minería, la ganadería y la vitivinicultura, fundó la primera bodega comercial de vino del Continente Americano en Parras. Después de su óbito acaecido en 1918, su fortuna prácticamente pasó sin quiebras ni manirroturas por varias generaciones en las que no hubo herederos varones, fueron sus descendientes femeninas las que formaron afortunados matrimonios con hombres que acrecentaron la riqueza a base de astucia y trabajo; De Urdiñola era tatarabuelo de Ignacia Javiera, la madre de María Ignacia. (Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva España. Autor: Vito Alessio Robles. Impenta Mundial. México, 1931).

José Ramón De Azlor y Virto de Vera, el padre de María Ignacia, incrementó el patrimonio con inteligencia. Además de haber logrado resonantes hazañas en su carrera militar, también incursionó con notoriedad en la función pública, ocupó el cargo de gobernador de Coahuila y Texas de 1719 a 1722; supo alternar su actividad gubernamental con la administración de los negocios de su esposa Ignacia Javiera. Acrecentó con agudeza especulativa el acaparamiento de predios rústicos, la época de mayor esplendor del Marquesado de Aguayo fue para 1760, cuando la superficie del latifundio alcanzó la impresionante cifra de 6 millones y medio de hectáreas; tal extensión de tierra equivalía a las dos terceras partes de Portugal. Abarcaba la mayor parte de Coahuila y áreas de los actuales estados de Zacatecas y Durango. Llegó a poseer entre 200,000 y 300,000 cabezas de ganado.

La actividad ganadera fue otro de los soportes de la vasta fortuna, principalmente la cría de borregas, oficio característico de los vascos desde tiempos inmemoriales en su tierra de origen. En los pastizales de los de Aguayo pacieron, en su mejor época, miles y miles de cabezas de estos ejemplares que surtían de lana a la fábrica de hilados y tejidos propiedad del marquesado que existió en la Hacienda San Francisco de Patos, donde se producían sarapes, paños, sombreros de fieltro, ropa y otros accesorios manufacturados con dicho material; estos artículos se vendían en las principales poblaciones de la Nueva España. (El Imperio de la Familia Sánchez Navarro. Autor: Charles H. Harris III. Segunda edición. Sociedad Monclovense de Historia, A.C. 2002).

Entre los numerosos bienes inmuebles que poseía el Marquesado de Aguayo y Santa Olaya, se encontraba un elegante palacete de estilo barroco en Pamplona, finca que ocuparon las sucesivas familias herederas durante sus estancias en España. Lo había mandado edificar el Primer Marqués de Aguayo, Agustín De Echeverz y Subiza, quien fuera gobernador del Reino de Nuevo León en la Nueva España. De Azlor y Virto de Vera, en 1719, lo remodeló con ostentación para darle mayor alcurnia y bruñido lustre al título nobiliario de su familia; en la actualidad, este magnífico edificio es sede del Conservatorio de Música de Pamplona. (Pamplona, Calles y Barrios. Autor: José Joaquín Arazuri Diez. Editorial Castuera. Pamplona, España. 1980).

DE SU VOCACIÓN RELIGIOSA

Desde pequeña, María Ignacia De Azlor y Echeverz se sintió atraída por la vida religiosa, el acendrado catolicismo de su madre la Segunda Marquesa de Aguayo, fue factor decisivo para que en ella apareciera su vocación monástica. La autora de sus días, a ella y a su hermana María Josefa Micaela, les citaba con emotiva recurrencia en sus pláticas a la Virgen María, figura divina que la matriarca admiraba con venerable sentimiento y cuya devoción heredó la hija menor.

María Ignacia externó, a su familia, su deseo de ingresar a un convento y ordenarse monja. Sus seres queridos reaccionaron de manera negativa y trataron de disuadirla, le prometieron placenteros viajes, una vida social de elegantes fiestas y distracciones, la colmarían de riquezas para que viviera el resto de su vida rodeada de lujo y comodidades. Además, le presentaron apuestos y adinerados jóvenes, pertenecientes a las más aristocráticas familias de la Nueva España con el propósito de que uno de esos alcurniados y codiciados mancebos, la motivara al noviazgo y la llevase al matrimonio para que formara una familia; éstas, y otras maniobras de su parentela, fueron al fracaso. Su pétrea voluntad fue firme, perseverante, indubitable, ella quería dedicar su vida a Dios y a la enseñanza.

DE SUs VIAJES A MÉXICO Y ESPAÑA

Sus padres, los Segundos Marqueses de Aguayo y Santa Olaya, fallecieron en fechas muy cercanas: La marquesa en octubre de 1733, y el marqués en marzo de 1734, ella quedó huérfana a los 18 años de edad; ambos fueron sepultados en la Capilla de San Francisco Javier de la Iglesia del Colegio de Jesuitas, en Parras. Hasta entonces, los días de María Ignacia habían transcurrido entre la Hacienda San Francisco de Patos en Coahuila y en la ciudad de México, era ya tiempo que tomara la decisión más importante de su vida. Y la llevó a cabo: ingresar a la orden religiosa de un convento.

De Azlor y Echeverz viajó a la ciudad de México y se entrevistó con el que fuera el poderoso e influyente arzobispo-virrey de la Nueva España, Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, a quien le comunicó su intención. El supremo árbitro de los asuntos políticos y religiosos del virreinato la apoyó en su propósito. María Ignacia eligió el Convento de la Purísima Concepción para iniciarse en la vida del monacato femenino, y a él ingresó, pero su idea de ir a España y tramitar ante el rey el permiso para fundar un convento-colegio en la capital mexicana adquirió fuerza. Vizarrón y Eguiarreta, al percatarse del proyecto, le insistió que permaneciera en México y ahí se ordenara monja, temor tenía que la rica heredera se fuera con su fortuna a la península ibérica y allá se quedara; ella lo desoyó.

Le sucedió una situación análoga a la acontecida a su compatriota Sor Juana Inés de la Cruz, la insigne escritora entró primero a la Orden de las Carmelitas de la que salió al parecerle sus reglas demasiado rígidas, luego ingresó al Convento de San Jerónimo, donde aquilató una disciplina menos rigurosa que le permitió el estudio; en esta institución tomó el hábito y vivió hasta su fallecimiento. De Azlor y Echeverz abandonó con muestras de agradecimiento el Claustro de la Purísima Concepción, para luego viajar a la península ibérica a fin de lograr su objetivo. Se estableció en Tudela, Navarra, dándose de alta en el Convento de la Orden de la Enseñanza; ahí profesaría.

La mística y tenaz María Ignacia De Azlor y Echeverz, salió con su mente cargada de ilusiones de la capital novohispana al puerto de Veracruz, para embarcarse a España. Se hizo a la mar el 8 de mayo de 1737, en el navío llamado Nuestra Señora de los Remedios con escala en La Habana, Cuba. A la rica criolla mexicana le esperaban en territorio hispano años de estoicos y desgastantes esfuerzos, tuvo que tocar las puertas de importantes personajes para consumar su deseo, su broncínea voluntad vencería obstáculos que tuvo que afrontar. (Continuará)

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En esta imagen aparece elegantemente ataviada María Ignacia De Azlor y Echeverz (1715-1767), hija del II Marqués de Aguayo y Santa Olaya, originaria de la Hacienda San Francisco de Patos, hoy General Cepeda, Coahuila. Óleo anónimo del virreinato perteneciente a la Colección del Museo Soumaya, Ciudad de México.


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