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DOMINGO DERAS TORRES Domingo 7 de ago 2011, actualizada 2:26pm ... Anterior El Siglo 22 de 24 Siguiente ... El Siglo

El Conde del Valle de Súchil

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(PRIMERA DE DOS PARTES)

Los vascos que emigraron de la península ibérica hacia la Nueva España, demostraron férreo espíritu de colonización en las que parecían indómitas regiones ubicadas al Norte de México y algunos territorios del Sur de los EstadosUnidos de América, cuando estos últimos pertenecieron a la corona hispánica. Joseph del Campo Soberón y Larrea, Conde del Valle de Súchil, emigró en los tiempos de la consolidación colonial a la provincia de la Nueva Vizcaya (Durango). Personaje cuya vida y trayectoria van de la ficción a lo verídico, de la historia a la leyenda, ha sido objeto del estudio de biógrafos e historiadores, situación que le da el perfil de una figura novelística para beneplácito de los lectores que degustamos los temas del pasado virreinal.

DE VIZCAYA A LA NUEVA ESPAÑA

Joseph Ignacio del Campo Soberón y Larrea, nació en el Consejo de San Pedro Galdames, en el Señorío de Vizcaya, España, el 30 de julio de 1726. Según algunos de sus biógrafos, no son abundantes los datos sobre sus primeros años en su natal país vasco, aunque se señala que durante su infancia hizo amistad con su coetáneo Pedro de la Torre y Barco.

Este par de inquietos críos vizcaínos, imbricaban entre sus impúberes juegos y charlas, el sueño de viajar al Nuevo Continente para hacer fortuna y lograr las oportunidades y metas que su tierra parecía no ofrecerles. Escuchaban con interés las pláticas de sus mayores, quienes mencionaban que algunos habitantes del pueblo habían emigrado, años atrás, a esos dominios de la corona y lograron retornar como indianos adinerados; tales relatos les parecían fantásticos, acicateaban sus pueriles ilusiones e intensificaron sus planes de embarcarse a la aventura. Estaban dispuestos a vencer el desafío de “hacer la América”, no quedaba otra alternativa, o se resignarían a esperar un grisáceo futuro como dos anquilosados aldeanos más de San Pedro Galdames.

Siendo adolescentes viajaron de Vizcaya al puerto de Cádiz, en 1738, donde un paisano les dio empleo y así juntarían dinero para algún día zarpar a las lejanas y promisorias tierras de la Nueva España; Pedro de la Torre y Barco se hizo a la mar en 1742, y Joseph Ignacio del Campo Soberón y Larrea, en 1745. Los sueños y proyectos que se tejen en la infancia, son semilla que florece en la edad adulta, mas aún en los hombres que poseen la enriquecedora cultura del esfuerzo y vencen la adversidad; el que con el transcurso de los años llegaría a ser Conde del Valle de Súchil, demostró perspicaces dotes de visión e hidalguía.

DE SU LLEGADA A MAPIMÍ Y SU MATRIMONIO

Desde su natal Vizcaya, Larrea había escuchado la proverbial fama que tenían las ricas minas mexicanas en el árido norte de la Nueva España, hasta allá habían ido a parar expedicionarios aventureros como el vasco-guipuzcoano Francisco de Urdiñola y Larrumbide, quien fue rico propietario de un inmenso latifundio de casi 6 millones de hectáreas –la mayor ubicado en Coahuila- y cuyos descendientes obtuvieron el título nobiliario del Marquesado de Aguayo y Santa Olalla. Suponen varios de sus biógrafos que Joseph Ignacio viajó al Real de Minas de Santiago de Mapimí, en la provincia norteña de la Nueva Vizcaya, bajo el apoyo de algunos familiares que ahí vivían; esta población tuvo el carácter de presidio militar. Participó, durante su estancia en ese lugar, en los sangrientos combates contra los indios cocoyomes, quienes atacaban frecuentemente con feroz barbarie a los mapimitenses, enfrentamientos que cobraban infinidad de vidas entre peninsulares, criollos y mestizos; tales acciones de armas le serían reconocidas, años después, en el real documento que le confirió el título de Conde del Valle de Súchil. (Hombres y Mujeres de Durango.

Autor:Manuel Lozoya Cigarroa. Impresiones Gráficas México, S.A. 1985). Entre los españoles que habitaban el actual Estado de Durango, en aquella época, predominaban los vascos de opulento capital. Larrea conoció a la acaudalada joven criolla Isabel Erauzo y Ruiz, hija de su paisano el minero Esteban de Erauzo y Leogarda Ruiz de Somocurso, quienes además de Isabel, engendraron un hijo varón, Pedro, quien se ordenó sacerdote y dedicó toda su vida a la iglesia; vivió alejado de los negocios de su padre. Joseph Ignacio e Isabel formalizaron su noviazgo que culminó en boda el 15 de agosto de 1752. Este enlace religioso se celebró en la capilla de San José de Avino, aún existente en la comunidad de ese nombre localizada en el Municipio de Pánuco de Coronado, al norte del poblado de Francisco I. Madero, Durango, ubicado al pie de la carretera libre DurangoGómez Palacio.

Por el año de 1759, ocurrió el óbito de Erauzo, quien heredó su fortuna a su hija Isabel y a su yerno Joseph Ignacio del Campo Soberón y Larrea; éste manejó, entre los caudales hereditarios de su suegro, los minerales de San José de Avino y el de Nuestra Señora de Aránzazu de Gamón.

SU PALACETE DE DURANGO

Para darle lustre a su imagen de rico hombre de negocios, Larrea proyectó construir una señorial mansión en la ciudad de Durango, donde viviría junto con su familia.

Contrató los servicios del creativo alarife Pedro de Huertas, quien intervino en la construcción de la catedral duranguense; concluyó las portadas laterales de este grandioso templo, donde sus artísticas manos hicieron derroche de los deliquios del barroco estípite que podemos apreciar por sus accesos que dan a las calles de Juárez y Constitución.

De Huertas diseñó la esquina de esta mansión con un trazo ochavado, similar al de la finca novohispana que ocupó la Escuela de Medicina frente a la Plaza de Santo Domingo y que albergó al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, en la Ciudad de México; Larrea erogó fuertes sumas de dinero en su construcción, no escatimó en gastos para darle suntuosidad y elegancia a la que sería su finca particular en la capital de la Nueva Vizcaya. El edificio se yergue en la esquina suroeste de las actuales calles de Francisco I. Madero y 5 de Febrero, conocidas, en el Durango colonial, como calles Real y de San Francisco.

Esta joya arquitectónica esplende innumerables detalles escultóricos en su exterior e interior, sus labradas canteras parece que fueron creadas por un orífice fantástico, un esteta de rica imaginación y creatividad. Para la experta en arte virreinal Clara Bargellini, “es, sin lugar a dudas, el edificio civil colonial más hermoso de la ciudad y de todo el Norte de México”.

Sobre el frontispicio de su fachada principal destaca la hornacina central donde se colocó una estatuilla del Señor San José con el Niño en sus brazos, santo de la devoción del propietario de la casona, también entronizado en el retablo del altar mayor de la capilla del que fuera el Real de Minas de San José de Avino; los dos hermosos retablos barrocos de este recinto religioso los mandó tallar, en bruñido laminado de oro, el munificente Larrea. (Retablos y Talla de Madera en Durango de los Siglos XVI al XVIII. Autor Miguel Vallebueno Garcinava. Edición del Instituto de Investigaciones Históricas de la UJED. Durango 2010).

El que años después sería distinguido por la corona española con el áulico título de Conde del Valle de Súchil, le tomó cariño a su tierra adoptiva: la Nueva Vizcaya. No se tiene hasta la fecha noticia que haya realizado, viaje de retorno alguno, a su natal país vasco desde que arribó al Nuevo Continente. A diferencia de otros ricos españoles que vivían en las provincias de la Nueva España, y mandaron edificar casonas suntuosas en la Ciudad de México, Larrea se avecindó definitivamente en Durango, de ahí que mandara levantar su palacete con los mejores conceptos de elegancia y comodidad de la época.

Se calcula que ordenó erigir esta finca en 1759, años antes que adquiriera su vasto latifundio al sur de Durango, y le fuera otorgada su nombradía nobiliaria. Al entrar a la casona, llama la atención el arco con clave colgante también llamado pinjante que se observa al trasponer la puerta principal, luego se llega al espacioso primer patio; aquí se aprecia la sincronizada fila de columnas estriadas con líneas zigzagueantes que abarcan los cuatro zaguanes de la planta baja, mismas que soportan gran parte del segundo piso.

Las magníficas arcadas de cantera estéticamente tallada, de los dos pisos, alardean su gallarda belleza con finos cincelados; éstos también destacan en los marcos y pilastras de las puertas interiores consistentes en cariátides, medallones, canastas, máscaras y detalles naturales como hojas, flores y frutas; al fondo se ubica la escalera que da al segundo piso, donde al inicio de la misma se aprecia otro pinjante más. El segundo patio, o de servicio, también cuenta con arquerías de cantera aunque de trazos más austeros; todos los barandales de los balcones que dan a al exterior de la finca son de hierro forjado. Las puertas de estos últimos y demás de la mansión, y sobre todo las dos principales de la fachada –la de acceso y la del balcón central-, son creación de anónimos ebanistas que nos legaron las excelencias de su arte en la talla de la madera.

La última propietaria de esta mansión novohispana descendiente del Conde de Súchil, fue su nieta Guadalupe Yandiola del Campo, quien la vendió años antes de su fallecimiento; la finca tuvo sucesivos propietarios al correr los años. Durante la segunda mitad del Siglo XIX y principios del XX, fue propiedad del inmigrante alemán Maximiliano Damm, y después de sus herederos.

Luego la adquirió la firma mercantil “Calixto Bourillón e Hijos”, importadores y almacenistas de telas; posteriormente fue enajenada por los años treinta del siglo pasado al comerciante Anacleto García, quien ahí estableció su negociación “Al Gran Número Once”. Su penúltimo dueño fue el neolonés radicado en Durango, Jesús H. Elizondo, progenitor de Rodolfo Elizondo Torres, exsecretario de Turismo en los sexenios presidenciales de Vicente Fox y Felipe Calderón Hinojosa. Finalmente, el inmueble fue vendido en 1985 al Banco Nacional de México, cuando dicha institución financiera pertenecía al exbanquero Roberto Hernández Ramírez. Esta espléndida finca de factura barroca que data del Siglo XVIII, en la actualidad, funciona como una sucursal más de Banamex. (Casas Señoriales del Banco Nacional de México. Edición de Fomento Cultural Banamex, A.C. México, 1999).

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