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DR. SERGIO ANTONIO CORONA PÁEZ Cronista Oficial de Torreón, Director delArchivo Histórico Juan Agust Domingo 17 de abr 2011, 10:39am ... Anterior 23 de 23 Siguiente ...

SIGLOS DE HISTORIA

Aprobación de la Compañía Paulo III.

El surgimiento de la provincia de La Laguna

Desde 1594, los jesuitas comenzaron a explorar y a trabajar en lo que habrían de ser sus misiones de la Nueva Vizcaya: Sinaloa, Topia, Tepehuanes y La Laguna. Tanto el General de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva (1581-1615) como el Virrey de Nueva España, se encontraban profundamente interesados en la aculturación de los indios de esas regiones. En la Comarca Lagunera, Santa María de las Parras, la primera reducción jesuita surgió en 1598, once años antes que la primera misión de Paraguay.

Posteriormente, en 1608, la Corona apoyó la

creación de una escuela que con el tiempo

fue llamada “Colegio de San Ignacio” o “Colegio

de la Compañía” en Parras, que vino a

ser la primera que existió en La Laguna. No

es nada raro, ya que prácticamente desde

que comenzó a existir, la Compañía de Jesús

consideró la educación como un terreno privilegiado

para el cumplimiento de su misión.

La vocación magisterial de los jesuitas

abarcaba no solamente la educación formal

o institucional, sino que comprendía la activa

enseñanza de la manera de ser y de pensarse

como occidental (cultura, mentalidad).

Y aunque los indios aborígenes de la comarca

(genéricamente conocidos como “indios

laguneros”) eran el objeto primordial de sus

esfuerzos misioneros, la presencia jesuita

también impactó a la población no aborigen,

como fueron los españoles e indios mesoamericanos

de Parras y La Laguna, particularmente

a los tlaxcaltecas.

A finales del Siglo XVI, apenas terminada

la cruenta Guerra Chichimeca, la Corona,

el obispado de Guadalajara (en la Nueva

Galicia) y los jesuitas novohispanos

ponían su mirada en el norte, y

particularmente en el relativamente

recién configurado

Reino de la

Nueva Vizcaya. Lo

que este reino, gobernación

o provincia

abarcaría

en la actualidad

serían los estados

de Durango,

Sur de Coahuila,

Chihuahua,

Sonora y

Sinaloa. La Nueva

Vizcaya era la

“puerta” del virreinato,

justo al

norte de las riquísimas

minas de Zacatecas

y Mazapil. Este reino

estaba habitado por innumerables

indígenas nómadas

o seminómadas que

requerían de la obra civilizadora

de los misioneros. El

virrey Luis de Velasco II —tomado el consejo

del obispo de Guadalajara, Fr. Domingo de

Alzola— había ideado una estrategia para

aculturar poco a poco a los indios belicosos

del septentrión. Se trataba de transformarlos

por medio de la agricultura, de indios nómadas

en indios sedentarios. Las misiones,

con sus labores de reducción y enseñanza religiosa

y secular, los incorporaría poco a poco

a la cultura occidental. Esta estrategia incluía

la presencia de indios tlaxcaltecas como

agentes de cambio.

A finales del Siglo XVI, los provinciales

jesuitas de la Nueva España hacían eco del

interés de las autoridades virreinales, episcopales

y de su General, Claudio Acquaviva,

por establecer misiones permanentes. En

1593, los jesuitas, que ya tenían una residencia

en Guadiana (capital del Reino de la Nueva

Vizcaya, actualmente ciudad de Durango)

solicitaron formal permiso a Felipe II para

que los autorizara a establecer una obra misionera

permanente en la NuevaVizcaya. En

1594, Felipe II les permitió establecer misiones

en dicho reino, en los términos siguientes:

“Mis Presidentes y Jueces oficiales de la

casa de la contratación de Sevilla: por ésta

mi cédula, he dado licencia a Pedro de Morales,

de la Compañía de Jesús, para pasar a las

Provincias de Topia, Sinaloa y La Laguna,

que son en la Nueva España, y llevar diez y

ocho religiosos de la dicha Compañía”.

Finalmente, en el año de 1598, la Compañía

de Jesús dio formal principio a la tarea

de occidentalizar a los indígenas de la región,

al comenzar los trabajos de reducción

de los indios que habitaban la “Provincia de

La Laguna” o Comarca Lagunera. Uno de

los objetivos de la llamada “reducción” sería

que los indios fueran “reducidos” a pueblos

y no vivieran divididos y separados por

sierras y montes. El término era usado pues,

con el sentido de contractio, es decir, contracción

de los espacios demográficos, la

concentración de la población de una comarca

o región en pequeños espacios urbanos,

pueblos, con el objeto de que no viviera dispersa.

Una vez concentrados en espacios urbanos

nuevos, los indios podrían ser instruidos

en la fe católica y olvidarían sus viejas

creencias y ritos (conversio) a la vez que

aprendían a vivir en concierto y policía, es

decir, en comunidad y en armonía, ocupados

de los asuntos de la “polis”.

Tanto de la versión documental del padre

Arista como de la de la Real Junta se

desprende que el fundador de Parras —lo

cual es bien sabido— fue el criollo

misionero jesuita Juan Agustín

de Espinoza, sj.; que la

fundación se llevó a cabo

durante los últimos

meses del reinado

de Felipe II,

el 18 de febrero

de 1598, en concurso

con las

autoridades civiles.

El padre

Espinoza fue

pues el promotor

y superior

inicial de la

primera reducción

jesuita de la

Provincia de La

Laguna. Como es

natural, la certificación

del padre Arista

atribuye la iniciativa y

crédito al padre Espinoza,

mientras que la versión civil

acredita la iniciativa y

el mérito al alcalde o justicia

mayor. Como vimos desde el principio,

se trataba en realidad de una acción conjunta

entre las autoridades civiles y eclesiásticas

de la Nueva España.

El padre Juan Agustín de Espinoza sj,

era criollo, natural de Zacatecas, y es considerado

el fundador de Parras y de su jurisdicción,

la cual abarcaba la Comarca Lagunera

de Coahuila y Durango. Todavía a

mediados del Siglo XIX este ámbito comprendía

las tierras que ocuparía Torreón.

Al padre Espinoza se le considera el introductor

del cristianismo y del culto católico,

el fundador espiritual de la Comarca Lagunera

(entonces descrita como la Alcaldía

Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas,

es decir, de los municipios de Parras,

San Pedro de La Laguna y San Juan de Casta,

en cuya jurisdicción estaba Mapimí)

fundador del primer colegio lagunero (San

Ignacio), primer superior de la Casa de los

jesuitas en Parras. Misionero incansable.

Mártir (testigo) de Cristo hasta el desprecio

de su propia vida por el servicio del

Evangelio. Efectivamente, murió joven (34

años) en el cumplimiento de su ministerio.

Su tumba se encuentra bajo el altar mayor

del Colegio de los jesuitas en Parras. Sin

duda practicó las virtudes cristianas en

grado heroico, hasta sellar su testimonio

con la muerte. Seguramente sería un excelente

candidato a la beatificación.

SIGLOS DE HISTORIA

Aprobación de la Compañía Paulo III.

SIGLOS DE HISTORIA

Armas del solar de Loyola.

SIGLOS DE HISTORIA

Piedra armera de Loyola.

SIGLOS DE HISTORIA

Jesuita Siglo XVII.

SIGLOS DE HISTORIA

La Laguna en mapa de Lafora 1771.

SIGLOS DE HISTORIA

Emblema de la Compañía.


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