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EDITORIAL

López Obrador y la justicia

Plaza pública

MIGUEL ÁNGEL GRANADOS CHAPA
martes 27 de julio 2010, actualizada 9:38 am


Dos años antes de la elección de 2012 Andrés Manuel López Obrador enseñó la fuerza con la que pretende ser, primero, candidato de la izquierda y luego Presidente de la república. La multitud reunida en torno suyo anteayer es una muestra del universo, compuesto por millones de personas, que serviría de base a su segundo intento de alcanzar el Poder Ejecutivo.

Ningún dirigente político es capaz, hoy, de lograr una concentración tan numerosa. López Obrador se propone convertirla, mediante el proselitismo directo, a ras de tierra, y la organización, en el ingrediente eficaz de la transformación pública, suficiente para vencer el poderío de los intereses creados, a los que esquemáticamente reduce a 30 potentados que ya hicieron cuanto estuvo a su alcance para impedir que este elemento anómalo de la política formal aproveche sus cauces para mellar su poder o capacidades de influencia.

Más que nunca ahora, López Obrador irrita a muchos, que le temen porque no es como quisieran que fuese. No es "el político de izquierda moderna" que México necesita, según razonan quienes paternalmente diseñan el modelo de esa opción sin pertenecer a ella y por lo tanto sin interesarse verdaderamente en su modo de ser. El estilo de López Obrador ofende porque no es dócil, porque no se resignó a padecer el fraude que está seguro lo privó de la victoria hace cuatro años. Y porque se propone impedir que en su nueva postulación se pueda asestarle el mismo daño. El antídoto contra ese veneno, según ha practicado y enunció el domingo en el Zócalo, es la organización, política en general y electoral en particular. Anunció la creación de comités seccionales, para la promoción y la defensa del voto. Se requerirá para ello una multitud de ciudadanos: en 2006 se abrieron alrededor de 130 mil casillas, y el número será mayor en 2012. El ejército ciudadano para ese propósito está ya integrado, y deberá ser capaz de practicar un proselitismo eficiente del modo en que lo ha hecho el propio López Obrador, en contacto directo con la gente.

El del domingo fue un acto de preprecampaña, así, como el prefijo doble. Esa porción del activismo no está regulada, a pesar de lo cual se intenta ya frenarla, porque se sabe que en esa etapa López Obrador tiene ventaja. Otros aspirantes están ya en ello, especialmente a través de los medios, como Enrique Peña Nieto y Marcelo Ebrard, y también participando en las campañas de candidatos afines en las elecciones de este año. Precisamente la exposición del jefe de Gobierno capitalino, a partir de sus visitas de solidaridad a candidatos de la alianza PAN-PRD, que le significaba ventaja en su posicionamiento público, ha conducido a López Obrador a abrir sin ambages sus aspiraciones. No es que se haya destapado en la segunda semana de julio, después de las elecciones en que la opción apoyada por su amigo y contendiente, sino que habló en voz alta de sus aspiraciones para no ser tapado por las ajenas.

La presencia de Luis Walton y de Alberto Anaya, los dirigentes de Convergencia y del PT respectivamente, en el estrado desde el que habló López Obrador, y la ausencia de Jesús Ortega, líder del PRD, son señales en el camino de quien aceptó ser llamado "presidente legítimo de México". El lanzamiento de su preprecandidatura no altera la agenda prevista por esos partidos, agrupados en el Diálogo por la reconstrucción de México. Está pactado que el DIA presentará como candidato al aspirante mejor posicionado. Cada uno a su modo, Ebrard y López Obrador trabajan para lograr esa ubicación. No hay ahora asomo de ruptura. Ciertamente en el círculo más cercano a cada uno de ellos hay la tendencia a propiciar distancia y aun fractura. Pero en este momento, por convicción y por conveniencia, ninguno de los dos está en situación de romper con el otro. Si esa hora llega, no está próxima. Y no es inexorable.

No hay duda de la simbiosis de Convergencia y el PT con López Obrador. Si esos partidos subsisten y tienen financiamiento y representación parlamentaria es gracias a su asociación con el ex jefe de Gobierno capitalino. Lo presentarán sin duda como su abanderado en la contienda interna del DIA, llegado el momento. Y pesarán a la hora de definir el método de elección del candidato o de definir en qué consiste "estar mejor posicionado", pues la expresión es interpretable, ya que habrá que combinar valores encontrados, el peso de las preferencias y los rechazos.

El problema en la definición de la candidatura estriba en el PRD. Es conocida, e insalvable, la distancia entre Nueva Izquierda y López Obrador. En 2006 estuvieron todavía en condición y necesidad de aceptarse; de mal modo, pero lo hicieron. Ahora las cosas han cambiado, y al parecer el nuevo equilibrio de fuerzas favorece a López Obrador, o si se quiere menor énfasis, es menos ventajoso para Nueva Izquierda que hace cuatro años. Esa corriente, conocida comúnmente como Los Chuchos, por el nombre de pila de sus dirigentes -Ortega y Zambrano, a los que no es lícito meter en el mismo costal, porque sus orígenes y trayectos son diferentes-se ha dividido y perdido peso dentro del PRD, al punto de que Ortega podría dejar la presidencia del partido de un momento a otro, sin esperar a diciembre, como se pactó internamente en algún momento. De modo que acaso se mitiguen o eliminen las causas de la desavenencia entre la dirección del PRD y López Obrador.

No destapado, pero tapado tampoco, AMLO despliega una estrategia que no anuncia ruptura de su parte.

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