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EDITORIAL

Hijos de Maciel

Plaza pública

MIGUEL ÁNGEL GRANADOS CHAPA
miércoles 17 de marzo 2010, actualizada 4:05 am


En estos días, en torno al 15 de marzo aunque no hay plazo para su entrega, será presentado al Papa Benedicto XVI el informe sobre Los Legionarios de Cristo, al cabo de la visita apostólica ordenada por el propio jefe de la Santa Sede en julio pasado. La porción correspondiente a México fue realizada por el obispo de Tepic, Ricardo Watty, perteneciente a la orden de los Misioneros del Espíritu Santo.

Salvo que se dejara dominar por la lenidad que ha favorecido a la congregación fundada por Marcial Maciel, el reporte del prelado, con treinta años de pertenencia al Episcopado, no será benévolo y junto a la información que aporten los restantes cuatro visitadores, obligará al Papa a tomar una decisión de fondo sobre la obra de Maciel, un vasto emporio educativo en todo el mundo, que en México se identifica sobre todo por la Universidad Anáhuac.

Un elemento crucial en el informe de Watty (que fue obispo auxiliar de la arquidiócesis de México y durante casi veinte años primer obispo de Nuevo Laredo) debe ser su entrevista con la familia mexicana de Maciel. En septiembre pasado recibió a la señora Blanca Estela Lara y sus hijos José Raúl, Omar y Christian González Lara, que lo fueron también de Maciel Watty parecía estar ya al tanto de la existencia de esa familia, acaso por que los propios jefes de la Legión en México, el superior de la congregación Álvaro Corcuera y el rector de la Anáhuac Norte, Jesús Quirce, conocían de tiempo atrás esa modalidad del comportamiento del fundador de la Legión y no sólo en acatamiento al voto de discreción sino por complicidad la silenciaron.

En enero siguiente, el hijo mayor de Maciel se entrevistó con el propio rector de la Anáhuac y con el padre Carlos Skertchly, a quien José Raúl González, el primogénito de Maciel, demandó el pago de seis millones de dólares por concepto de herencia, mediante un mecanismo que había preparado el propio Maciel en acuerdo con sus colaboradores, y una compensación de veinte millones de dólares "por el sufrimiento padecido". Es que, tanto en su entrevista con el obispo Watty como con los jerarcas de la Legión, Maciel fue denunciado por abuso sexual en perjuicio de sus propios hijos. Ante la respuesta negativa sobre el monto demandado, y previa advertencia, la familia González Lara hizo pública su existencia y el nuevo rasgo de la vileza de Maciel, el atentado contra sus propios hijos.

Carmen Aristegui recibió y difundió en sus emisiones de radio y de televisión el testimonio de esa familia, que durante mucho tiempo vivió engañada sobre la identidad de su esposo y padre hasta que descubrieron que era en realidad un clérigo eminente, que dio noticia de esa familia a sus colaboradores. Como era natural, el resto de los medios, incluidos los electrónicos, se hicieron eco de la primicia periodística lograda por Carmen Aristegui, con la notoria excepción de Excélsior, que guardó silencio sobre un tema que sacudió a buena parte de la sociedad aunque parece no haber conmovido a los sectores vinculados al sistema educativo de los legionarios, que ahora se esmeran por deslindar la obra de Maciel de su indefendible talante personal.

Sabremos en su oportunidad si el obispo Watty refiere en su informe sólo el episodio familiar de Maciel y su nueva y terrible lacra, o si también ahonda en un modo de ser del fundador que no es suficientemente conocido. Se trata de la relación en materia financiera de Maciel con su obra, pues al parecer estaba en posibilidad de manejar personalmente, en su propio provecho porciones del caudal de recursos que fluyen hacia el sistema educativo de la Legión. Si se incluye este aspecto quedará completo el retrato de un hombre cuya conducta no es excusable ni siquiera con el ingenuo argumento de la debilidad humana, de que Maciel hizo mucho bien e hizo mucho mal. Además de morfinómano y pederasta, que son sus pecados y delitos conocidos durante años, es también un abusador de su propios hijos y eventualmente un burlador de la confianza ajena en materia patrimonial. Esa panoplia de ilegalidades incluye asimismo, amén de las presiones sobre sus subordinados para callar, la falsificación de la firma de un obispo en una más de las infracciones que cometió.

La aclaración de este lance cuenta entre los pedidos que el grupo de legionarios que en 1997 decidió exhibir públicamente la corrupción moral de Maciel, de la que fueron sus víctimas, presentaron al obispo Watty: tratan de que el Vaticano encare la verdad y haga un reconocimiento público del mal generado por Maciel, y realice actos de expiación que culminen con la restructuración o la extinción de los legionarios (Carmen Aristegui, Reforma, 12 de marzo).

Es difícil que el Vaticano llegue a esos extremos. Impera en su seno lenidad aun ante las peores atrocidades. Ciertamente la Santa Sede ha pedido perdón a las víctimas de abuso sexual sistemático practicado por muchos miembros del clero irlandés. Sin embargo, cuando tres de esas víctimas pidieron su renuncia al cardenal Sean Brady, primado del catolicismo de Irlanda, éste se negó a presentarla. En 1975 esas personas, niños entonces, fueron interrogadas por Brady sobre abusos sexuales padecidos por ellos y el ahora cardenal les impuso silencio, lo que redundó en la impunidad de su agresor, que a la postre confesó haber abusado de 74 niños entre 1958 y 1993. En diciembre, Brady se comprometió a dimitir si se encontraba algún caso en que su intervención hubiera generado abusos (El País, 16 de marzo).

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