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EDITORIAL

Universidad de la Ciudad de México

Plaza pública

MIGUEL ÁNGEL GRANADOS CHAPA
jueves 11 de marzo 2010, actualizada 4:01 am


 M Añana concluye el plazo para el registro de aspirantes a la rectoría de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Aunque a la hora de escribir estas líneas (tarde del miércoles 10) aun no se habían inscrito candidatos (no obstante que el término corrió desde el 24 de febrero) se presume (en el doble sentido de suponer y de ufanarse) que hoy mismo o mañana se anote la doctora Esther Orozco, directora del Instituto de ciencia y tecnología del gobierno capitalino, que en la propia UACM fundó y ha impulsado el programa de posgrado en ciencias genómicas que cuenta con su propio laboratorio.

La regulación interna de la UACM dispone que si se inscriben menos de tres candidatos el Consejo universitario conocerá sus programas de trabajo entre el 22 de marzo y el 30 de abril, y en esta última fecha hará la elección correspondiente. Si hay más de tres aspirantes, sus programas de trabajo se difundirán en la comunidad entre el 23 de marzo y el 16 de abril; el 19 se realizaría una consulta de preferencias a partir de la cual se configuraría una terna de la que el Consejo elegiría a quien rija la Universidad el mismo 30 de abril de la situación anterior.

Aun antes de la asunción al cargo de quien encabece a la UACM durante los próximos cuatro años, con el proceso mismo de su elección se está llegando al cierre de un ciclo en esa institución, la etapa fundacional que fue dirigida por el ingeniero Manuel Pérez Rocha. Protagonista de un largo trayecto en la educación media y superior del país, el actual rector supo desde muy joven cuál sería su destino profesional. Aunque agregó a sus estudios de ingeniería civil una maestría obtenida en la Facultad correspondiente de la UNAM, dejó una huella más profunda en su vida su paso por el Instituto internacional para la planificación educativa, establecido en París. Con formación en esa materia Pérez Rocha sirvió en varios cargos en la Universidad Nacional, hasta la coordinación del Colegio de Ciencias y Humanidades.

Partidario de una enseñanza libre, tuvo ocasión hace casi nueve años de concebir y echar a andar la universidad capitalina, una institución a la que, a diferencia del cartabón generalmente establecido, no se ingresa tras aprobar un examen de admisión sino por sorteo, sobre la base de que todo solicitante tiene derecho a ingresar. Tal medida ha sido calificada de extravagante y riesgosa, pero que Pérez Rocha ha reivindicado haciendo notar la insuficiencia de los exámenes para verificar los conocimientos. Esta otra convicción ha sido también eje de la UACM, donde están separadas las funciones de docencia y certificación, de suerte que se estudie para aprender y no para obtener notas y constancias (que por supuesto se expiden también).

El contraste con el rigorismo formal del sistema universitario en general ha atraído la atención y la crítica, ésta no siempre desvinculada del prejuicio de que se trata de una universidad populista, "la universidad del Peje". En menos de una década, sin embargo, no sólo se estableció físicamente en diversos espacios de la Ciudad de México (delegaciones de Tláhuac, Gustavo A. Madero e Iztapalapa, inveteradamente desatendidas en este renglón, así como en la Benito Juárez y el Centro Histórico) sino que ha avanzado de modo firme en su estructuración académica (con planes de estudio novedosos que permiten cursar carreras necesarias con enfoques de eficacia pedagógica) y su organización institucional. Su crecimiento y consolidación están ahora en riesgo, sin embargo, por las restricciones financieras que le ha impuesto el Gobierno de la ciudad.

No obstante la notoria necesidad de una institución que satisfaga la descomunal demanda de enseñanza superior en la Ciudad de México el Gobierno capitalino ha sido insensible a ella. Es así al punto de haber proyectado para este año un financiamiento de 755 millones de pesos, doscientos por debajo del planteado por la propia Universidad. De ese modo, la Administración del DF es la que menor proporción de su presupuesto asigna a la enseñanza universitaria.

Aunque la UACM padece varias dolencias (como a algunas personas, le ocurre que sus defectos son prolongación de sus virtudes), su infraestructura, su rumbo y su breve, pero ya firme tradición constituyen parte de un patrimonio que resultaría muy bien administrado y conducido por la doctora Orozco, que a su talento científico agrega hoy su experiencia como directora del Instituto de ciencia y tecnología del DF.

Nacida en san Isidro, Chihuahua, ejerció como maestra normalista antes de licenciarse en biología en la universidad pública de su estado natal. Luego, en el Centro de investigación y estudios avanzados (Cinvestav) obtuvo su doctorado. Como investigadora ha adquirido un gran prestigio, que se refleja en las distinciones que ha merecido, la medalla Louis Pasteur y el premio Mujeres en la ciencia, patrocinado por L'Oreal. Ambos son otorgados por comités de la UNESCO. Uno de los resultados de su actividad científica (junto a la formación de personal de primera línea en sus laboratorios) es el descubrimiento del mecanismo por el cual la amiba se adhiere al epitelio intestinal, de donde se sigue la posibilidad de evitar que lo haga y se eviten enfermedades de gran impacto en la salud pública y de las personas.

Como dato no adicional sino sustantivo porque es integrante de su personalidad, cabe recordar que accedió a ser presentada por el PRD como su candidata al Gobierno de Chihuahua, hace doce años.

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