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Francisco José Amparán Domingo 9 de sep 2007, actualizada 10:22am ... Anterior El Siglo 1 de 7 Siguiente ... El Siglo

Treinta años del ‘Otoño alemán’| Los días, los hombres, las ideas

El Siglo

Los de mi generación (los nacidos en la segunda mitad de los años cincuenta) siempre hemos sentido una especie de desajuste: éramos niños en los años sesenta. Por tanto, el hippismo, los movimientos estudiantiles (París, México, Berkeley, Praga) y las múltiples manifestaciones del espíritu de esa década turbulenta fueron parte de nuestra experiencia, pero de manera vicaria: fuimos testigos, no partícipes y testigos muy remotos, si a ésas vamos, teniendo en cuenta la escasez y reticencia de los medios de comunicación de aquellos entonces. Creo que las publicaciones más aventadas y subversivas a las que teníamos acceso eran los cómics “Los Supermachos” y “Los Agachados” de Rius. Y hasta ésos creo que no circulaban muy profusamente que digamos. Del cine mejor no hablemos: “Easy Rider” fue sacada de la congeladora por Gobernación unos veinte años después de estrenada en Estados Unidos.

Para colmo, la promesa de país del Desarrollo Estabilizador y el priismo autocomplaciente se nos empezó a caer a pedazos estando todavía en la prepa o empezando carrera: la crisis del ‘76 no sólo borró el dólar de a 12.50, sino buena parte de las esperanzas que nos habían inoculado durante nuestros años de formación. Fuimos la primera generación que vio el futuro sin el optimismo del México cándido de las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Esa asintonía se manifestaba, entre otras formas, por el interés, curiosidad y aprehensión (e ignorancia) ante los movimientos subversivos que brotaron en diversas partes de México en los años setenta. Sabíamos que algo estaba ocurriendo, pero buena parte de ese supuesto conocimiento provenía de chismes, rumores y noticias de parientes lejanos. El vecino de un compañero de la secundaria murió en una casa de seguridad de la guerrilla en Monterrey, pero no nos quedó claro si había tenido algo que ver o se había tratado de una atroz casualidad. Una tía mía en Chihuahua vio morir a unos pasos de su casa a uno de los jóvenes que participaron en el asalto (perdón: “expropiación”) simultáneo a varios bancos en aquella ciudad. Las consejas sobre lo que ocurría en Guerrero y Morelos, sobre las acciones de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, llegaban deformadas y alteradas por quienes trataban de propagar la insurrección a nivel escolar. No ayudaba mucho que éstos distaran de ser modelos del Hombre Nuevo Socialista. Uno de los principales subversivos de la escuela, por ejemplo, era mejor conocido entre la raza como Lucio Caguamas, ya se imaginarán por qué.

Lo interesante es que conocíamos mejor lo que sucedía en esos ámbitos y menesteres en otros países. Curiosamente la censura sobre actividades subversivas y radicales no se aplicaba a los acontecimientos en Argentina, Chile o Alemania. ¿Alemania? Sí, Alemania. En la década de los setenta, el muy tradicional y férreo orden teutónico fue retado por un grupo de jóvenes (y no tanto) que deseaban derrumbar el orden burgués para construir (mejor dicho, intentar construir por enésima vez) la utopía. Y ese proceso llegó a su culminación en estas semanas hace treinta años, en lo que se dio en llamar el Otoño Alemán… el cual dejaría una huella importante en la psique de un país muy dado a la introspección y el preguntarse qué hizo mal. Que son la clase de países que emergen de entre las ruinas y progresan, no como otros que yo conozco.

Como parte de las olas de contracultura e insatisfacción tan frecuentes en los años sesenta y también como reacción por los personajes y maniobras de la política germana de la época, en Alemania se habían formado diversos grupos marxistas-leninistas que hicieron suyas las tesis de la guerrilla urbana como forma de erosionar las estructuras del Estado burgués y poner en jaque las Fuerzas de Seguridad del mismo Estado. Fruto de estas disquisiciones, en 1970 se formó la F(r)acción del Ejército Rojo (en alemán: Rote Armee Fraktion; como “Fracción” suena a los odiados quebrados de primaria, se suele usar “Facción”, que yo pienso no es el sentido; en fin, ustedes escojan). El grupo emprendió una serie de sabotajes, incendios premeditados, robos a bancos y ataques a instalaciones de la OTAN. La prensa procedió a llamar a la FER “la pandilla Baader-Meinhof”, por sus miembros más conspicuos, el ideólogo Andreas Baader y la periodista Ulrika Meinhof. Luego de andar jugando al gato y el ratón, ambos cayeron presos junto a varios de sus camaradas y fueron juzgados y sentenciados en 1975 en un juicio muy sonado. Antes de que ello ocurriera uno de los acusados, Holger Meins, murió de inanición tras una prolongada huelga de hambre. Ello horrorizó al mundo… y provocó en parte el surgimiento de la siguiente generación de la FER.

La cual protagonizaría el “Otoño Alemán” de 1977. Éste comenzó el 30 de julio cuando Jürgen Ponto, director de uno de los principales bancos alemanes, resultó muerto en un fallido intento de secuestro. Cinco semanas más tarde, el 5 de septiembre, fue secuestrado por la FER Hanns-Martin Schleyer, el equivalente germánico de Presidente de la Coparmex, importante industrial y ex miembro de las SS; en la acción murieron su chofer y tres guaruras. Como era de preverse, las demandas de los secuestradores incluían la libertad de los restantes miembros encarcelados de las FER (Ulrika Meinhof se había suicidado un año antes, aparentemente porque sus otros compañeros le aplicaban la Ley del Hielo… el colmo, si uno está en detención solitaria).

Las autoridades alemanas pusieron en marcha todos sus recursos para encontrar a Schleyer, en lo que quizá haya sido la operación policiaca más intensa y extensa de la historia europea… sin éxito.

Para acabar de fruncir lo arrugado y mientras seguía movilizándose hasta el último pastor alemán disponible, un comando de la FER ayudado por palestinos secuestró un avión de Lufthansa. Ahora a las demandas iniciales se añadían otras, incluyendo económicas. Luego de múltiples peripecias (y de la ejecución del piloto), la aeronave recaló en Mogadiscio, Somalia. Hasta ahí llegó el 18 de octubre un comando de élite de la Policía alemana, la cual se había preparado para una contingencia de este tipo después del papelón y ridiculazo que había hecho durante la crisis de los rehenes israelíes de Munich en 1972. Y lo que sea, la operación les salió ‘rrebien’: el comando rescató a todos los pasajeros y mató a los secuestradores.

Esta noticia llegó a Alemania y los encarcelados de la FER la escucharon por sus radios. Entendieron que el Gobierno alemán no iba a transigir y que acababan de perder su mejor ficha de negociación. Baader y otro prisionero se pegaron un tiro en la cabeza. Otro se colgó en su celda. Una prisionera apareció con heridas de cuchillo en el pecho. Fue la única que sobrevivió.

Al día siguiente, el cuerpo de Schleyer fue encontrado en el baúl de un automóvil en Francia. La FER se había dado por vencida y aunque seguiría actuando en las décadas posteriores, nunca podría volver a poner contra las cuerdas al Gobierno teutón como durante el Otoño Alemán.

Por supuesto, siguen corriendo versiones conspiracionistas sobre qué ocurrió aquella noche de 1977 en la cárcel de Stammheim. Digo, que la gente se suicide con pistola en una prisión de máxima seguridad, ni en Almoloya, la verdad. Ése es uno de tantos aspectos contenciosos que en estos días se están discutiendo en Alemania, recordando aquellos agitados días de 1977.

Consejo no pedido para que lo canjeen por George Clooney (o Kyra Knightley, al gusto): Lea “Asedio preventivo”, del maestrazo Heinrich Böll, aguda novela sobre la paranoia de la burguesía alemana acosada por el fantasma de la subversión. Provecho.

Correo: anakin.

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