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EDITORIAL

Del antropocentrismo a la sustentabilidad

A la ciudadanía

GERARDO JIMÉNEZ GONZÁLEZ
miércoles 25 de septiembre 2019, actualizada 7:30 am


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Hace algunos años se publicó el libro El colapso, escrito por el biólogo Jared Desmond, en el cual describe como civilizaciones del mundo antiguo entran en procesos irreversibles que les conducen a su derrumbe; destaca en ellos la constante de ser sociedades que rebasaron los umbrales ambientales que la naturaleza les impuso, quizás su concepción o visión del desarrollo estuvo marcada por el antropocentrismo, pensaron, malamente, como lo hacemos hoy, que el mudo giraba en torno a la especie humana y no que esta solo es una más del planeta tierra.

El comentario anterior sale porque por mucho que parezca lejano el mundo antiguo, por ejemplo los Mayas para los actuales mexicanos, parece que los modelos de desarrollo económico como el actual dominante, el capitalismo corporativo estadounidense, o el próximo dominador, el capitalismo de estado chino, derivan en el mismo curso que aquellas sociedades descritas por Desmond. Lamentablemente, quienes hoy toman las decisiones fundamentales de sus economías y gobiernos en estos imperios, como en el resto de las naciones, también están marcados por esa visión antropocéntrica del desarrollo.

La evidencia más palpable de esto son los escasos esfuerzos que están haciendo los países del orbe para enfrentar el Cambio Climático global, esfuerzos mínimos con respecto a los retos que se enfrentan, situación que se replica en las escalas locales como ocurre en México a nivel de los estados, regiones o municipios, donde la preocupación principal de nuestros gobernantes es atraer inversiones que detonen o impulsen las economías en dichas escalas.

Cuando se escucha a nuestros gobernantes la visión que tienen del desarrollo del país o a niveles locales, se observa que están haciendo su mejor esfuerzo, bueno, al menos así parece ya que en no pocos casos son maestros de la simulación política, pero esos esfuerzos se centran en remontar situaciones o procesos adversos que les heredan quienes les precedieron en sus cargos, y son pocas o escasamente relevantes sus aportaciones en la innovación de la gestión pública.

Ciertamente, algunos dicen que se sienten atrapados en estas realidades, es el caso del Gobierno federal actual que intenta sanear la principal empresa productiva pública, PEMEX, marcada por el lastre de la corrupción y deuda en que la dejaron los llamados gobiernos neoliberales, aunado a su ideología nacionalista que pretende disminuir la dependencia energética de su vecino norteño, hoy gobernado por un César que quiere evitar el derrumbe de su imperio dando bandazos para todos lados.

Pero revivir PEMEX y, particularmente construir la refinería de Dos Bocas, significa continuar por la ruta del uso de combustibles fósiles como principal fuente energética, es decir, seguir una ruta que va a contracorriente de las tendencias mundiales porque es la que está conduciendo a agravar el calentamiento de la tierra, o el colmo, que promuevan el fracking. Pero entonces ¿Qué deben hacer nuestros gobernantes? Tienen la presión de asegurar el suministro de energía que impulse la economía y abastezca a la población, están intentando hacer lo que los gobiernos anteriores debieron hacer y no hicieron por ineptos y corruptos, pero quizás debieran de levantar la mirada y ver si hay otras opciones que se ubiquen más acorde con la sustentabilidad del desarrollo, explorar más y destinar mayores recursos a energías limpias.

La falta de un plan claro de transición energética es evidente, como también lo es a nivel regional en La Laguna con el tema del agua. Ante el contundente hecho de la sobreexplotación y contaminación del Acuífero Principal, surgen ocurrencias de solución que solo posponen la solución a esta problemática, las cuales, nuestros gobernantes aprueban sin mirar el futuro, siguen tomando decisiones fundamentales para el desarrollo regional basados en la inmediatez política, muestran escasa imaginación y habilidad para explorar horizontes de una mayor longitud de tiempo.

Este problema y los impactos ambientales y sociales que ha provocado no son recientes, por el contrario, son añejos, de más de medio siglo. Pero los ciudadanos vemos como pasan por los cargos públicos nuestros gobernantes evadiendo resolverlo, aplicando soluciones temporales que termina rebasadas por la realidad: hace tres décadas se construyó un red de suministro de agua a las poblaciones vulnerables que habitan en la periferia del valle irrigado, o hace una década con los filtros instalados a pie de pozo y en llaves domiciliarias que secuestran el Arsénico, y ahora la potabilizadora de aguas del río Nazas, se les olvida que hay un acuífero abatido al que hay que recuperar y que no hay otra opción más sostenible que esta porque en ella se basa nuestro presente y futuro.

Entendemos las limitaciones existentes para llevar a cabo estas transiciones, energética a nivel internacional o nacional, e hídrica en la región, y sabemos que estas responden a modelos de desarrollo basadas en esa visiones antropocéntricas de la realidad, y que detrás de ellas están los intereses económicos y políticos de quienes usufructúan estos recursos, sea de un gobierno que impulse el desarrollo nacional utilizando combustibles fósiles como fuente energética con un interés nacionalista, pero extemporánea frente a las tendencias globales, o a nivel local que se evada tocar los intereses de la élite empresarial que ha monopolizado y usufructuado el agua por encima de los umbrales que le marcan la disponibilidad natural.

Esa visión antropocéntrica de nuestros gobernantes, y de la mayoría de los ciudadanos que habitamos este planeta, es una limitante cultural para promover verdaderas transiciones en el desarrollo económico y social en las sociedades actuales, es una visión que ha marcado a nuestra generación y puede hacer lo mismo con las siguientes, si es que a estas aún podemos heredarles la posibilidad de vivir mejor que nosotros. Por ello es inevitable promover los valores que implican transitar no solo en los modelos de producción o gestión pública, sino en aquellos en que estos se sustentan.

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