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EDITORIAL

Urgen soluciones

SERGIO AGUAYO
miércoles 11 de septiembre 2019, actualizada 7:34 am


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A la memoria del maestro Francisco Toledo. ¡Deja huella!

Ante los niveles de violencia, es absurda la distancia entre el conocimiento acumulado por actores sociales y las deficiencias en la estrategia de seguridad gubernamental.

El Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México (Colmex) tiene años estudiando y debatiendo el tema. En público y en privado, en investigaciones de biblioteca y campo, pero siempre buscando el diálogo con las instituciones del Estado. Hemos por tanto observado cómo ha ido creciendo la insatisfacción social, hacia una estrategia federal deficiente e incompleta.

El país está partido en dos grandes bloques. El crimen organizado está bien enraizado en la sociedad y se ha infiltrado en múltiples resquicios de la estructura estatal. Frente a ellos se encuentran, cada uno por su lado, una parte del Estado y los seis actores sociales ¿prensa, víctimas, empresariado, iglesias, organismos de la sociedad civil y académicos y/o universidades? que dan densidad al capital social positivo. La guerra se libra en dimensiones separadas. En la primera, la Guardia Nacional y las fuerzas armadas se enfrentan a legiones de sicarios, en la segunda, la sociedad dispersa busca maneras para lidiar con las violencias cotidianas. Una división absurda.

En el Seminario del Colmex estamos comparando cuatro casos de éxito en el combate al crimen organizado: el Chicago de los años veinte, el Nueva York de los treinta, el movimiento antimafia siciliano de los noventa y la comarca Lagunera entre 2009 y 2013. En cada caso, el éxito se mide de manera diferente. En Estados Unidos estaban satisfechos con encarcelar al líder principal; en Italia el objetivo fue reformar procesos judiciales, para castigar la asociación mafiosa. En México, pareciera bastar con eliminar a los líderes y contener o reducir la violencia y las actividades delincuenciales.

En los cuatro casos mencionados aparecen los seis actores sociales. Reaccionan cuando la criminalidad rebasa los límites de violencia y las variables por comunidad. Cada uno cumple funciones diferentes (aunque complementarias) pero coinciden en el valor asignado al conocimiento. Comprender la lógica de los violentos, permite armar diagnósticos y hacer propuestas concretas a las instituciones del Estado.

Además de La Laguna, en México se han ido dando casos exitosos de contención de grupos criminales, a partir de coincidencias entre actores sociales y dependencias gubernamentales. Ernesto López Portillo los llama "islotes de paz". Nos falta establecer patrones, entender mejor la importancia de tal o cual programa y decidir cuáles experiencias son replicables, porque hay enormes variaciones en las densidades y cualidades del capital social positivo según las diferentes localidades. No es lo mismo La Laguna que Reynosa. Aprovechar esas experiencias permitiría ofrecer soluciones, por ejemplo, a las comunidades que un día se despiertan con el jefe de plaza exigiendo derecho de piso o secuestrando vecinos.

La estrategia de seguridad de Andrés Manuel López Obrador está resultando insuficiente. Se aprueba a López Obrador, pero se reprueba su manejo de la seguridad. Una razón tras la crítica, es una particularidad de la 4T. Hay funcionarios dispuestos a participar en foros sobre seguridad con los actores mencionados, pero con frecuencia carecen de la voluntad, de la autoridad o del tiempo para construir estrategias y políticas públicas.

Tampoco ayuda la dispersión de los actores sociales. En los casos estudiados, la efectividad crecía, cuando lograban un diagnóstico compartido sobre el cual construían una agenda concreta que se hace pública y que era monitoreada de forma sistemática. En México se da una paradoja: el conocimiento acumulado es enorme, pero está siendo desaprovechado por la sociedad y el Estado.

Una parte de la sociedad y una franja del Estado comparten objetivos, pero están distanciados. Se necesitan acuerdos sobre políticas públicas, insertos en una estrategia verdaderamente integral y regional. De lo contrario, son como una sinfónica y 100 mariachis tocando con instrumentos desafinados.

Tal vez ayudaría repensar el formato de los encuentros entre Estado y actores sociales. El enemigo común es poderosísimo. Ni el Estado ni la sociedad pueden solos. ¡Urgen soluciones!

Agradezco los diálogos y sugerencias de Mario Bronfman, Jacobo Dayán, Rodrigo Peña y Édgar Valle.

@sergioaguayo
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