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EDITORIAL

Apología de la honestidad

Metáfora ciudadana

DR. LUIS ALBERTO VÁZQUEZ ÁLVAREZ
sábado 07 de septiembre 2019, actualizada 8:01 am


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"Puede que ser honesto no te consiga muchos amigos, pero siempre te conseguirá los correctos".— John Lennon

En el décimo primer capítulo de la primera parte de El Quijote; este fue acogido por un grupo de cabreros, quienes con buen ánimo le convidaron de su caldero. Concluida la cena, el ingenioso hidalgo expresó su placer de luchar por la justicia manifestando:

"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían… Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían… No había fraude, engaño, ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. La honestidad andaba por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen. Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste".

La apología es un discurso de alabanza, defensa o justificación, generalmente encendida o vehemente, de alguien o algo que ha realizado acciones positivas y es acusado injustamente. (Existe también una apología de la maldad). La honestidad es sustento, riqueza y arraigo de gente de bien; de personas íntegras que son capaces de decirse a sí mismas la verdad; la honestidad es decir la verdad a otra gente y es un regalo muy caro, por ello no debe esperarse de gente vulgar.

Tras decenas de años en que los mexicanos solo escuchamos hablar de corrupción, hoy, cada día, se nos repite que vamos en pos de la honestidad. Es imposible para AMLO ser apologeta de la honestidad y combatiente de la corrupción si mantiene esa actitud entre timorata y complaciente que puede rayar en la complicidad, ante un hipotético respeto a las autoridades ministeriales (FGR) y Judiciales que va más allá de su responsabilidad como "Jefe de estado". Le es indispensable exigir a ambas instituciones actuaciones conforme a derecho y en su caso, aplicar la ley en la detención de los delincuentes a través de actos realmente relevantes. Cierto que el ministerio público en muchísimas ocasiones, de manera intencional, integra mal los expedientes criminales, exhibe delitos con pruebas y supuestos mal enfocados y entonces los jueces, muchos de los cuales están listos para liberar delincuentes, argumentan argucias legales para liberar a los maleantes; si fueran honestos, utilizarían esas mismas patrañas legaloides para retenerlos en prisión y evitar que al salir sigan delinquiendo, como ocurre frecuentemente en estos días.

Imposible pedir un cambio si los agentes no cambian y no aceptan por ningún motivo que otros puedan cambiar. Muchos mexicanos honestos concluyen que no hay cambio porque aquellos, los enviciados del saqueo, visten los trajes de siempre, no se han movido un ápice de su postura ilegal; otros esperan que, por inspiración divina, venga el cambio. Ejemplo riguroso de esa inmovilidad ética está en el mismo partido del presidente, quien hubo de criticar a sus propios legionarios por intentar mantener el poder a toda costa, exhibiéndolos crudamente al manifestarles: "No se puede torcer la ley; no se puede hacer la ley a la medida; independiente donde suceda, incluye todo; imagínense, permitimos eso; que un partido, porque tenga mayoría pueda aprovechar para modificar una ley en beneficio personal, en beneficio de grupo; en beneficio de una facción, no, pues eso es un retroceso; era una vergüenza".

Bien asevera el caballero de la triste figura que la justicia campeaba sola sin que nadie osase turbarla u ofenderla; hoy vemos que los más cínicos y descarados corruptos se dan baños de pureza y osan insultar la inteligencia de los mexicanos alegando que sus derechos han sido violados cuando es público, notorio y evidente que se enriquecieron con aquellos recursos que debieron utilizar para satisfacer necesidades esenciales y evitar dolores; usan ropajes suntuosos cuyo precio bien podría cubrir al menos dos o tres costosos tratamientos de cáncer para niños enfermos y, sin sonrojo, los "adalides" de la corrupción acusan a otros de tal miseria, urdiendo múltiples mentiras que dañan a la sociedad en sí. Aceptemos: honesto no es quien no dice mentiras; es quien sólo dice la verdad y se exaspera con las difamaciones.

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