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EDITORIAL

Salud, medio ambiente y economía

ARNOLDO KRAUS
martes 30 de julio 2019, actualizada 7:29 am


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Destaco, entre otras, tres determinantes de la salud. Genética, medio ambiente y economía conforman las bases fundamentales de ella. Aunque ya vivimos en la era de modificar los genes, por ahora, manipularlos "ampliamente" no es posible. En el futuro la ciencia lo conseguirá. Alterar o suprimir genes anormales, responsables de patologías, evitará o disminuirá el riesgo de ser víctima de padecimientos complicados. Salvo por las personas que sean sujetos de experimentación, la población rica será la que más se beneficie cuando se logre cambiar las bases de los genes. Dichos beneficios incrementarán la brecha económica.

Medio ambiente sano y capacidad económica adecuada conforman un binomio frecuente. Quienes habitan en ciudades libres de las amenazas de medios ambientes insanos suelen contar con recursos económicos suficientes. Hay una relación directa entre medios ambientes limpios y economías sanas. Al hablar de salud, no es lo mismo ser habitante de las zonas marginales de la Ciudad de México o de Pekín, que vivir en Vancouver o en Oslo.

Alarmarse por el futuro de la Tierra es imprescindible; el Antropoceno no es gratuito, somos nosotros. La espiral entre insalubridad ambiental y mayor número de enfermedades empieza a cobrar vidas y a deteriorar la calidad de vida de incontables personas. Planteo diversas ecuaciones. Primera: Entre mayor sea el deterioro ambiental, mayor la contaminación; ríos, tierra y aire contaminados afectan la salud y disminuyen la producción de alimentos. Segunda: Aunque los "conocedores" explican que hay suficiente alimento en el mundo, el problema, afirman, radica en la mala distribución, con frecuencia, debido a conflictos armados y al desperdicio con tal de no disminuir los precios. Tercera: La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación informó en julio que el hambre ha aumentado por tercer año y que afecta a 821 millones de personas. Además, 1,310 millones no tienen acceso a una alimentación adecuada en cuanto a calidad y cantidad. Cuarta: Las personas mal nutridas sufren y mueren por enfermedades propias de la pobreza. Diarreas y neumonías diezman a la población sin recursos e imponen gastos extras a los sistemas de salud, con frecuencia pobres e insuficientes, léase México.

Quinta: La contaminación del aire, sobre todo donde impera el negacionismo, encabezado, entre otros, por Trump y Bolsonaro, cobra vidas y, de nuevo, dilapida los magros recursos en salud. Cada año fenecen por la contaminación del aire 7 millones de personas, de las cuales, 600 mil son niños. En México, se dice, mueren 25 mil personas al año (paréntesis obligado: en nuestro país las estadísticas se acomodan al gusto de los políticos). Sexta: No existen datos fidedignos de las enfermedades y las razones por las cuales mueren migrantes, refugiados, desplazados. La falta de información confirma la concepción actual sobre el estatus social y humano de esos grupos poco relevantes como personas, i.e., pseudohumanos o subhumanos. En la red -17 de julio- se pueden escuchar las nauseabundas expresiones racistas de Kellyanne Conway, asesora de Trump.

Séptima: A las compañías farmacéuticas y a la mayoría de los países ricos, nada, o poco, les interesan las enfermedades raras o la patología de la pobreza. El mundo está inundado de historias al respecto, algunas viejas -no muertas- y otras vivas como la de la epidemia de ébola. En julio, la OMS declaró emergencia internacional el brote de ébola y Médicos Sin Fronteras informó sobre los sucesos en República Democrática del Congo, "Esta vez no sólo se trata de un desplazamiento masivo debido a la violencia, sino también de un brote de sarampión que se propaga rápidamente y de una epidemia de ébola que no muestra signos de menguar. Todo al mismo tiempo. Es una situación sin precedentes". El mayor brote epidémico de ébola fue en 2016. La historia sigue viva: en varias naciones africanas se convive con la enfermedad. Con los genes nacemos. Poco o nada podemos hacer para cambiarlos. Con las lacras impuestas por pobreza y cambio climático convivimos. ¿Podemos disminuir sus daños? Es factible. ¿Se hará? No creo. Queda denunciar y tomar conciencia.

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