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EDITORIAL

Crisis de opiáceos, crisis de vidas

ARNOLDO KRAUS
jueves 11 de julio 2019, actualizada 8:05 am


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El inconmensurable progreso de la medicina no siempre significa beneficio(s). Los actores, pacientes, médicos, compañías farmacéuticas, medios de comunicación y sistemas de salud deberían actuar en concierto. Imposible hacerlo. Grupos y personas velan por sus intereses, con frecuencia discordantes y sin tener en cuenta las necesidades de los enfermos. Hablo del ser humano que sufre dolor y de las habilidades de los médicos para prescribir opiáceos.

Amén de la inequidad en la distribución del conocimiento, los lenguajes, al hablar de pacientes e intereses económicos, difieren. La denominada crisis de los opiáceos en Estados Unidos, suma más de una crisis: compañía(s) que distribuyen ilegalmente oxicodona -analgésico opioide, muy potente, con frecuencia adictivo- y fentanilo, analgésico opioide más potente que la morfina. Actores incómodos son Purdue Pharma, farmacéutica estadounidense productora de OxyContin, cuyo principio activo es la oxicodona, y la Cooperativa de Medicamentos de Rochester -distribuyó ilegalmente oxicodona y fentanilo-, así como "algunos" médicos irresponsables, señalados en el affaire Cincinnati, donde la corte federal acusó a 53 profesionales de la salud por prescribir y distribuir ilegalmente medicamentos a cambio de sexo. El tejido previo ha funcionado durante años. Quizás ahora, ante el incremento -epidemia- en el número de muertos, los hilos empiecen a desanudarse.

Utilicé la palabra epidemia con rigor: los decesos por mal uso de opiáceos se han convertido en una catástrofe sanitaria en EU, incluso mayor que la del sida en la década de los ochenta del siglo pasado, y mayor, cuando se contrasta con los "números pico" por decesos en accidentes automovilísticos y muertes por armas de fuego.

Algunos datos para comprender la epidemia: 1) En 2017 fallecieron 72,000 personas. 2) Cada día mueren 130 estadounidenses por sobredosis, ya sea por prescripción médica o por uso de heroína o fentanilo. 3) La sobredosis de opiáceos es la primera causa de muerte evitable en EU. 4) El incremento en el uso de opiáceos se ha relacionado con la diseminación de enfermedades como VIH y hepatitis C, así como con el síndrome de abstinencia neonatal por el uso de narcóticos durante el embarazo. 5) Las sobredosis son la primera causa de muerte en adultos menores de 50 años. 6) La epidemia se debe al uso inadecuado de recetas médicas y a drogas sintéticas como fentanilo. 7) El Centro para el Control y Prevención de Enfermedades calcula que cada año la epidemia cuesta 78 mil millones de dólares debido a gastos en salud, disminución de la productividad, tratamiento de la adicción y los costos en justicia para resolver actos criminales. 8) En los últimos tres años las muertes por sobredosis han disminuido la expectativa de vida. Este punto es crucial: ¿crisis de opiáceos o crisis de vidas y de principios?

Al final, o más bien al inicio de los avatares enunciados están los enfermos, cuya falta de información los convierte en víctimas. No ignoro que en algunos casos la adicción preceda a la prescripción inadecuada de los opiáceos, pero, dada las características de la epidemia, los enfermos son los menos responsables de la misma. Otros datos para fortalecer la realidad e incrementar el pesimismo: Aproximadamente, 30 por ciento de los enfermos que reciben opiáceos para aliviar dolor los mal usan; se calcula que el 80 por ciento de las personas que utilizan heroína, usaron primero opiáceos prescritos por médicos; entre julio 2016 y septiembre 2017, las sobredosis de opiáceos aumentaron treinta por ciento.

Las televisoras, copadas por anuncios sobre medicamentos, venden la idea de una vida sin dolor. Idea occidental falsa que reditúa enormes beneficios económicos a médicos y farmacéuticas. No minimizo ni la trascendencia de los médicos que mal prescriben y del mundo inundado de drogas. Denuncio la miopía de los responsables médicos y de las farmacéuticas cuyos intereses no son los enfermos como seres humanos, sino los enfermos como objetos comerciales. Prescribir y vender sin cortapisas, sin saber quién es el enfermo, reditúa ganancias y produce muertes.

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