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EDITORIAL

Un impuesto a la gratitud

NUESTRO CONCEPTO

NUESTRO CONCEPTO
lunes 08 de julio 2019, actualizada 7:34 am


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Un discurso contradictorio. Una de las principales banderas de la Cuarta Transformación ha sido la necesidad de construir una plataforma de gobierno que beneficie principalmente a las clases menos favorecidas, sin embargo, uno de los más recientes anuncios del Sistema de Administración Tributaria (SAT), que busca gravar las propinas que reciben los meseros, deja en evidencia que no todas las dependencias federales son acordes con ese discurso.

En la extensa cadena de la industria restaurantera, donde interactúan proveedores, propietarios, chefs, expertos en mercadotecnia y una serie de especialistas en diferentes áreas, el eslabón más débil es precisamente el que vive de las propinas: los meseros, quienes comparten este ingreso con los auxiliares de cocina y otros prestadores de servicio.

La mayoría de los meseros en el país reciben un salario bajo, porque la mayor parte de su ingreso proviene precisamente de ese diez o quince por ciento de propina que los clientes dejan por el servicio; si el SAT decidiera gravar este pago, estaría buscando concretar una medida recaudatoria, pero con quienes menos garantías laborales y de seguridad social tienen dentro de la industria.

Un aspecto que pasa por alto la dependencia federal es que la propina es un acto voluntario por la satisfacción de un servicio, no es obligatoria dentro del consumo en un establecimiento, definición que en términos jurídicos hace mucho más complejo tratar de cobrar un impuesto sobre una gratificación que incluso no siempre es por el mismo monto.

La medida ha sido rechazada por los principales sectores de la industria, y no solo por el gremio de los meseros, quienes serían los principales afectados, sino por representantes de las diferentes cámaras de la industria restaurantera e incluso por el público en general, en gran parte, bajo el pretexto de que no es justo que un impuesto pegue en el bolsillo de la clase trabajadora.

Históricamente el SAT ha venido arrastrando una imagen pública de ser una dependencia que aplica la ley a discreción, mientras la rigidez de su brazo recaudador es implacable con los pequeños y medianos contribuyentes; multinacionales y grandes empresas se han visto beneficiadas con estímulos fiscales muy generosos y condonaciones millonarios, razón por la que el anuncio de impuesto a los meseros hace que el reclamo ciudadano sea más severo y en voz alta.

Es cierto que las medidas menos populares de una administración son precisamente las que tienen que ver con nuevos impuestos, pero si un gravamen no se planea de manera adecuada, el mensaje que puede proyectar un Gobierno es que precisamente a quien menos está cuidando a los más desprotegidos.

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