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Gómez Palacio y Lerdo

Poeta y orador

ENFOQUE

RAÚL MUÑOZ DE LEÓN
domingo 07 de julio 2019, actualizada 11:26 am


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El próximo día 19 del presente mes, se cumplirán cuarenta y ocho años del fallecimiento de un exquisito poeta y elocuente orador mexicano, José López Bermúdez, quien nació en la ciudad de Moroleón, Estado de Guanajuato, el 19 de diciembre de 1908, y murió en Morelia, capital del Estado de Michoacán, en 1971.

Agrónomo de profesión, López Bermúdez perteneció a la generación de hombres preocupados por los problemas sociales de México. Participó activamente en la política nacional, ocupando altos cargos en la administración pública y en el Poder Legislativo Federal. Representó a México en diversas conferencias internacionales, distinguiéndose significativamente por su pensamiento claro y elegante. En la tribuna diplomática fue elocuente al representar los intereses de México.

Personaje destacado en el campo de la literatura mexicana que, sin embargo y lamentablemente, poco se le conoce, es José López Bermúdez, quien cultivó con éxito los géneros del ensayo y la poesía. De su producción como ensayista, podemos mencionar los siguientes trabajos: Ensayos Juveniles, 1935; Los Maestros, 1940; Meditaciones, 1940; Tierra y sueño, 1940; Nuestra tierra y sus hombres, 1950 y Teoría de la Palabra, 1954.

De su obra poética, López Bermúdez, nos legó: Michoacán, Canto y Mural (1938); Voces de sombra, de luna y de mar (1939); Dura Patria (1941); Elegía a Emiliano Zapata (1943); Canto a Cuauhtémoc (1949), y Canto a Morelos (1966).

Prolífico autor, no sólo en cantidad, sino particularmente en calidad, López Bermúdez en su poesía le canta al pueblo, a sus héroes, a su gente, a sus tradiciones, manifestando un sentimiento grande y elevado por la Patria, sus triunfos y sus derrotas, sublimando el concepto nacionalista que da identificación a lo mexicano, a lo que es nuestro, a lo que nos da sentido de identidad, de pertenencia y orgullo.

Como prosista también tiene elevados méritos este autor, en su "Teoría de la Palabra". Es un ver al hombre en una curiosa sinécdoque para la palabra. Tomar la palabra, dice el autor, es tomar posesión de la vida.

El libro se distingue por ser ameno. Consta de quince capítulos. Coloca la palabra junto a la verdad, la elocuencia, la voluntad, la fantasía. No es un texto que esté escrito con tecnicismos que den aridez al tema. López Bermúdez nos entrega a veces espléndidas frases como ésta: "Aquel naranjo en medio de un patio de escuela, debe haberse sentido como un niño más, un niño cargado de naranjas".

En su prosa poética "Canto a Cuauhtémoc", considera a éste como el primer héroe del pueblo, y dice de él: "Cuauhtémoc aparece en las páginas de la historia, derribando a un rey indigno y destruyendo el mito de sus dioses. . ."

Cuauhtémoc en la Historia

"Fácil es recordar lo que todos sabemos: Pedro de Alvarado, a quien los mexicanos llamaban Tonatiuh por el fuego de sus cabellos dorados, no obstante haber concedido a los sacerdotes y guerreros tenochcas permiso para celebrar en honor de Tezcatlipoca las fiestas bélicas consagradas por el quinto mes indígena, al mirar asombrado la danzante policromía de las túnicas rojas y doradas, el constante fulgor de las pesadas arracadas, las musculosas piernas ceñidas de aros provenientes de metales preciosos, los brazos armoniosos y púgiles y las gargantas palpitantes brillando de brazaletes y collares de oro, ordenó cerrar las puertas del templo mayor; y dándo la señal de fuego, consumó una de las matanzas más oprobiosas de nuestra historia. . ."

"Y ahí en el Palacio de Axayácatl, queriendo calmar la ira de los mexicanos, tomando por escudo el cuerpo inerme y desfallecido de Moctezuma, logró aquel rey, pálido y doliente, hablase por boca de uno de los suyos: *¡Mexicanos! Os ruega Moctezuma que lo oigás: No igualamos en fuerza a los españoles. Deponed el arco y los escudos, pues no olvidéis el desamparo en que coloca nuestra acción a los niños, a los ancianos y a los indefensos. Moctezuma ha sido encadenado con hierros en los pies*.

Fue entonces cuando Cuauhtémoc gritó:

*¿Qué es lo que dice ese bellaco de Moctezuma, mujer de los españoles, que tal se puede llamar al que con ánimo mujeril se entregó a ellos de miedo? ¡No lo queremos obedecer porque ya no es nuestro rey, y como a vil hombre le habremos de dar castigo y pago!"

"Después de las palabras de Cuauhtémoc, subieron las piedras y las flechas. Moctezuma cayó y con él caía el alma vacilante de un monarca destronado por la duda; desde su alto pedestal de miedo, caía el triste Moctezuma, petrificado y sucio de flaquezas".

Cuauhtémoc y la Gran Tenochtitlán

"Habiendo fallecido Cuitláhuac, legendario vencedor de la Noche Triste, Cuauhtémoc, ya consagrado rey de los mexicanos, se dispone a defender la Gran Tenochtitlán, la ciudad que ahora, bajo andamios de sangre, yace sosteniendo el área de esta nueva urbe solar, esta nueva cuna patricia, a quien Balbuena

Llamó en cordial lengua de amores,

Flor de ciudades, piélago de gentes,

Alma del gusto y cielo de la tierra.

"Cuauhtémoc, durante los días en que ordenaba abrir fosas profundas provistas de largas y punzantes estacas para inutilizar a los caballos, cortar puentes y pasos de acceso, levantar muros y albarradas, celebró sus bodas con Tecuichpo, la viuda de Cuitláhuac, a quien Bernal Díaz veía "demasiado hermosa para ser india", defendiendo así el honor de un rey muerto y honrando el lazo amoroso de su egregio linaje".

"Trece bergantines, armados en Texcoco, componían la flota invasora, dispuesta a ganar la batalla en la laguna que servía de cerco a la ciudad labrada sobre el inmenso corazón del agua. . .

"Trescientos mil hombres de guerra, divididos en tres sonoros cuerpos, avanzaban auxiliados por una tropa de labriegos cuya misión era cubrir fosas y abrir nuevos pasos y puentes. . . Cuauhtémoc dispuso que evacuaran la ciudad, los niños, los ancianos, los enfermos. Envió mensajeros a los pueblos vecinos; si eran amigos, les ofrecía la dispensa de tributos; si eran enemigos, les enviaba una promesa inquebrantable de respeto y una seguridad de alianza y ventura. . .

"Cuando Cuauhtémoc decidió la lucha, sólo Tetlepanquétzal y Coanacoch, los otros dos señores de la triple alianza, guardaban lealtad a su realeza. Tlaxcaltecas, chalcas, huejotzincas, chololtecas, tepeacanenses, texcocanos, alzaron, entre otros, ira y brazo bajo el terrible sol de las espadas. . ."

"Los anales de piedra lo marcaron

En noventa días de duración;

Noventa días de hambre y agonía;

Noventa días en las espinas de la sed;

Noventa días en que la muerte

Labró sus blancas, estériles canteras

Y sepultó el zumbido de las flechas

De un pueblo sin canto ni diademas

Y una ciudad sin muros y sin lágrimas".

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