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EDITORIAL

Peña Nieto, ¿el último baile?

Sin lugar a dudas

PATRICIO DE LA FUENTE
jueves 27 de junio 2019, actualizada 7:20 am

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"El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan".— Arnold J. Toynbee

Nada parece alterar el buen ánimo de cierto expresidente de la república, por lo menos frente a la opinión pública que sigue sus pasos con una mezcla de asombro y curiosidad. Aunque en ciertos círculos se dice que en Enrique Peña Nieto hay preocupación fundada de que alguien de su grupo cercano comience a hablar y vierta aspectos comprometedores del sexenio anterior, frente a las cámaras el exmandatario transmite felicidad, sonrisas y renovados bríos para el amor.

Mientras Vicente Fox y Felipe Calderón libran, con poco éxito, batallas de escasa puntería y nula precisión en contra de la Cuarta Transformación y todo lo que representa el actual Gobierno, Enrique Peña Nieto vive la vida loca y se ha convertido en el nuevo protagonista de la prensa del corazón. Tal como anunció al salir de Los Pinos, de política nada. Lo que olvidó decirnos es que se convertiría en el nuevo socialité de la élite nacional.

Arraigado el machismo en el inconsciente colectivo del mexicano, los escarceos románticos de Enrique Peña Nieto se festejan tal como en su tiempo, las indiscreciones maritales de don Adolfo López Mateos provocaban una mezcla de admiración, chismes y cotilleos entre la población. Muy en el fondo, pese a sus yerros como gobernante y las cuentas por saldar frente a una ciudadanía agraviada por los excesos y dispendios del sexenio anterior, hay quienes festejan que el exmandatario sea un tenorio consumado y conquistador de altura que se reinventa enamorando a una mujer muy guapa y claro, muchos años menor que él.

Tras el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, Enrique Peña Nieto no solo le facilitó una transición de terciopelo, sino que claudicó el ejercicio de su propio poder seis meses antes del eclipse anunciado. En tiempos de campaña, desde el aparato del Estado se emprendió una operación para descarrilar a Ricardo Anaya y también para no obstaculizar lo inevitable: el triunfo de López Obrador.

Después de julio del 2018, Peña Nieto se apartó de los reflectores, nadó de muertito y esperó, con no pocas ansias, a que llegase el día de entregar la banda presidencial.

El primero de diciembre, Enrique Peña Nieto acudió al Congreso y aguantó un discurso, el de Andrés Manuel, que versó en señalar la rampante corrupción que corroía al sistema y a la vida nacional hasta sus entrañas, y también resistió con cara de pocos amigos, las amenazas veladas que anunciaban que dicha corrupción se perseguiría hasta sus últimas consecuencias y de ser necesario, también a los más altos niveles. Después de aquello, el expresidente desapareció del mapa.

Todo cambió en enero de este año. Pena Nieto y su todavía esposa, Angélica Rivera, se apersonaron junto al grupúsculo más voraz del Grupo Atlacomulco, a las exequias fúnebres de quien fuera gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo González. Después de ello, poco o nada hasta que aparecieron fotos del expresidente y una modelo paseando por Madrid. Como corolario, un mensaje en redes que ponía punto final a la novela del sexenio:

"Quiero agradecer a Angélica por haber sido mi compañera, esposa, y amiga a lo largo de más de diez años, y por haber entregado su amor, tiempo y dedicación a nuestra familia. Hoy ha concluido legalmente nuestro matrimonio, deseo que le vaya bien siempre y que tenga éxito en todo lo que emprenda. Angélica, muchas gracias por todo".

Desde entonces, al expresidente Peña Nieto se le ve por igual en el campo de golf que en bodas al lado de Julio Iglesias, donde en la misma mesa aparecen sentados ministros de la Suprema Corte, ex secretarios de Estado, juristas y miembros prominentes -es un decir- del Grupo Atlacomulco, como si ello no representara un monumental conflicto de interés en potencia.

A casi un año de haber ganado las elecciones, la lucha frontal contra la corrupción anunciada por Andrés Manuel López Obrador no ha alcanzado a tocar, ni con el pétalo de una rosa, al todavía poderoso grupo que representa al peñanietismo y sus intereses.

Pese a que Javier Coello, abogado de Emilio Lozoya, ha dicho que Peña Nieto y Luis Videgaray serán citados a declarar en calidad de testigos pues nada, dijo, "se hizo sin la aprobación y visto bueno del entonces presidente", todo apunta a que por ahora, Enrique Peña Nieto y su grupo seguirán bailando tranquilos, ocupado el expresidente en escarceos románticos y el disfrute de un auténtico retiro dorado.

Twitter @patoloquasto
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