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EDITORIAL

El nuevo TLCAN y su significado

JULIO FAESLER
viernes 21 de junio 2019, actualizada 7:17 am


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Ya se dio el paso. Al refrendar el Senado mexicano el TLCAN II (que el presidente Trump rebautizó como T-MEC), se entiende que su tratado antecesor sigue vigente hasta que entre en vigor el nuevo documento lo que depende de la ratificación pendiente de nuestros dos socios.

El partido opositor demócrata de Estados Unidos desea aplazar la ceremonia de aprobación. Pero prevalecerán los intereses industriales y financieros norteamericanos que son favorables al tratado. Los ajustes que los demócratas quieren en materia ambiental y laboral pueden modificar el texto aprobado en el Senado mexicano. Basta con añadir suplementos o acuerdos "paralelos" sobre ésos temas para resolver el problema. El nuevo Tratado tardará un poco más en entrar en un escenario internacional de contradicciones políticas, económicas y sociales.

Mientras en algunos países ondean banderas de rechazo a instrumentos multilaterales como el gran acuerdo chino que engloba la nueva Ruta de la Seda y Trump sale del TPP, mientras tanto están en preparación acuerdos regionales en África, Asia e incluso nuestra América Latina. El acuerdo China-Chile lleva dos años en vigor con excelentes resultados. El TLCAN II es parte de esta visión y ayudará a que México tenga aliados para su desarrollo.

Se busca aumentar la producción y empleo nacionales para lo cual el mandatario norteamericano defiende lemas como América First, aplicando protecciones arancelarias que engendran otras. Por ejemplo, nuestra Secretaría de Economía revela que estaba lista para responder con medidas análogas a la reciente amenaza arancelaria de Trump que nos orilló a las políticas anti migratorias.

Hay otras consideraciones que vienen a cuento:

En primer lugar, el nuevo TLC subraya la clara evolución que desde 1994 viene subvirtiendo nuestra propia visión histórica latinoamericana. La ubicación de México en Norteamérica no significa que estemos anclados por ese documento a las perspectivas de los intereses económicos propios de los otros dos países con los que compartimos el continente.

La intención del TLCAN II de consolidar una fusión o identidad de propósitos se revela en la uniformidad de disposiciones en materia de comercio e inversiones que se incorporan en él. Se busca uniformar salarios en ciertos sectores de manufacturas automotrices y el interés norteamericano está presente al fundir en su provecho un mercado continental de granos y carnes. En una de las cláusulas aparece el compromiso que asumimos de informar a nuestros dos socios de cualquiera intención de suscribir un acuerdo con algún país que no siga las normas del libre comercio.

Sorprende la expresa actitud del Presidente de la República de no hacer cuestión alguna ante la andanada de insultos y desprecios lanzada contra México por el Presidente Trump. Para sorpresa de todos, el Presidente López Obrador ha expresado muchas veces que de ninguna manera encontraba en ellas razón de enojo. La evangélica pasividad de nuestro presidente contrasta diametralmente con la reacción que se esperaba de su investidura.

Así, la fusión de intereses mexicanos con los de Estados Unidos está siendo promovida intencionadamente desde lo más alto de la estructura política nacional. Las consecuencias pueden ser las de desperfilar los objetivos más profundos del desarrollo nacional. Nuestro destino no ha de ser el de identificarnos en una simbiosis con la personalidad y la política de desarrollo y crecimiento norteamericana que tiene su propia agenda concebida y dirigida, por cierto, para extender y fortalecer su hegemonía.

Ante la realidad de que el camino estadounidense no coincide con la manera de pensar mexicana orientada hacia la mejor contribución a la concordia internacional, habrá que comunicar al presidente norteamericano que México no se siente obligado por el TLCAN-II a siempre coincidir con las decisiones de Washington en asuntos de cooperación regional o internacional. Las relaciones con Europa en materia ambiental, las estrategias para mejor mitigar los retos migratorios o para el combate contra las mafias. Hay que subrayar que el TLCAN- II no autoriza juzgar o afectar las relaciones que queramos cultivar con China u otros países que no sean del agrado de Estados Unidos.

México confirma su apoyo al plan CEPAL para atender la problemática de la migración con Centro América. La presión sobre México de Estados Unidos será siempre una realidad en muchas coyunturas y nuestro gobierno debe velar por la independencia de nuestras decisiones.

El TLCAN II refuerza la ya amplia identificación de intereses de los dos países en el vasto ámbito de asuntos comerciales. Las cuestiones implican solución de controversias, nivel de salarios, y deben extenderse a la protección de los productos mexicanos en los mercados internacionales. Estados Unidos ya introdujo cuestiones arancelarias en esta delicada materia no para ayudar a resolverlas, sino como palanca para forzar nuestra acción en nuestra política migratoria contraria, por cierto, a la que había marcado el presidente López Obrador.

La ratificación de nuestro Senado al texto del nuevo TLCAN no debe entenderse, pese a que Estados Unidos así lo quiera concebir, como una fusión binacional de propósitos y de programas de desarrollo, de unificación de políticas económicas, ni siquiera comerciales, con los planes que algunas personas dentro de nuestro gobierno, podrían simpatizar con que el nuevo TLCAN fuera un paso más en dirección a una verdadera comunidad norteamericana. Debe tenerse muy claro el que el TLCAN II solo es un acuerdo comercial, ampliado si se quiere, pero anclado en el tema que le es propio.

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