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EDITORIAL

El próximo presidente

Sobreaviso

RENÉ DELGADO
sábado 27 de abril 2019, actualizada 9:15 am


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Es prematuro hablar del próximo jefe del Ejecutivo, pero no sobra por cuanto está ocurriendo. La acción y la actuación disfuncional de partidos y políticos podrían, a la vuelta de unos cuantos años, abrir la puerta a tentaciones electorales que, a la postre, resulten funestas para la democracia y la libertad.

Si la administración de Andrés Manuel López Obrador no se erige en gobierno y falla en su gestión, no podrá descartarse la posibilidad -por no decir, desesperación- ciudadana de buscar refugio político en personajes que, como se ha visto, explotan (en la doble acepción del término) la situación y las instituciones.

No hay novedad en esto. Personajes de esa calaña hoy andan campantes por los pasillos del poder fuera y dentro del país. Ahí están los Jair Bolsonaro, los Donald Trump, los Rodrigo Duterte y, en la escala bonsái, los Cuauhtémoc Blanco, los Jaime Rodríguez... El elenco es cada vez más granado.

***

Con Morena en el poder, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, el país agotó el menú político ofrecido por los principales partidos. Y si, al término del sexenio o aun antes, la ciudadanía no advierte eficacia en el gobierno y alternativa en la alternancia, aquel impulso no puede ignorarse.

Será menester considerarlo porque el electorado habrá ensayado y agotado sin éxito las opciones partidistas. Tal cual ha ocurrido en Morelos y Nuevo León, donde se probaron todos los partidos y, luego, en la desesperación se optó por candidatos sin partido, más brillosos que brillantes, más prometedores que cumplidos, más famosos que conocidos, más domesticados que broncos y, aun cuando el legado final todavía está por verse, el anticipo es desastroso.

Caer dentro de cinco años en esa tentación, sería terrible. No sería asomarse al precipicio político, sino arrojarse a él.

***

De ahí la importancia de la acción y actuación de Andrés Manuel López Obrador y su partido, que aún es movimiento sin dirección.

Si el Ejecutivo no fija el mapa, la ruta, el itinerario y, desde luego, el destino, cualquier estatua o monumento que en su honor se erija tendrá pies de barro. Si falla, el efecto no dañará la figura que de sí mismo se imagina, sino al país entero: pobres y ricos, chairos y fifís, amigos y adversarios, sabios e ignorantes, conservadores y liberales, corruptos y honestos... Lastimará al conjunto de esa composición dual sin matices que, al entender del mandatario, integra el universo mexicano.

Al frente de la principal posición de mando en el país, el presidente de la República no se juega sólo su memoria, también la historia del país y, con ella, no se juega.

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En estos días, a nadie escapa el repunte de la inflación, la pérdida de empleos, los homicidios dolosos, la migración, la hostilidad de Donald Trump, la violencia criminal, la incertidumbre, la inestabilidad... y la polarización.

Los indicadores y las evidencias están a la vista y, aun así se quiera, no los oculta una larga conferencia de prensa al día, como tampoco el afán de fijar una agenda paralela. La realidad, valga el absurdo, es real. (Ahí, quizá, se explica por qué irrita tanto al mandatario que Reforma traiga su propia agenda y no se alinee a la que él pretende establecer).

El punto delicado es que, si bien es plausible el esfuerzo presidencial por transformar la desigualdad, la pobreza y la injusticia en bienestar social, es imposible ignorar o minusvalorar esos otros factores dictados por la realidad que, en su descuido, podrían vulnerar no sólo su proyecto, sino también la frágil estabilidad nacional.

Equilibrar la acción diaria de administración con el impulso de los proyectos en ciernes de gobierno sin desconsiderar la realidad es clave para, sin ruptura, darle perspectiva al país y garantizar la democracia electoral y participativa.

No sólo es lo que se quiere hacer, también es lo que se tiene que hacer.

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Si el acceso de Andrés Manuel López Obrador al poder derivara de un movimiento revolucionario armado, podría entenderse sin justificar el ansia de descontar de su proyecto a quienes no lo comparten, pero no es así. Su acceso deriva -el nombre lo indica- de un movimiento de regeneración electoral y, entonces, es desmesura pretender excluir, hostilizar, amenazar o ignorar a quienes no forman fila en él. Si no todos caben, erró la vía para salir de quienes disienten.

Reubicar el límite y el horizonte de la transformación que el mandatario abandera es fundamental no sólo para desarrollarla, sino también para evitar que su eventual fracaso o descarrilamiento arrastre al país a tentaciones electorales que el próximo sexenio, aun por la vía del voto, dieran ocasión a un retroceso en el desarrollo de la democracia.

Ciertamente, los protagonistas de las dos alternancias anteriores redujeron ésta a una simple cuestión de turno en el poder sin plantearse, en serio, una alternativa. Fallar en el intento de convertir la tercera alternancia en alternativa abriría la puerta a la tentación de, agotadas las opciones partidistas, dar juego a personajes que, como se ha visto, explotan la democracia: primero, sacándole provecho y, luego, haciéndola estallar.

***

Sí, es absurdo hablar del próximo presidente de la República cuando el actual apenas perfila su gestión, pero si éste no modera la actitud y fija prioridades, establece ritmo y calibra con tino qué sí se puede y qué no, la transformación podría resultar involución.

APUNTES

Hoy no hay apuntes, sólo una cita de J. M. Coetzee, tomada de su "Diario de un mal año":

"¡Pero cuán breve es el tiempo antes de que las exigencias de la vida política dificulten y al final imposibiliten al hombre en el poder distinguir la diferencia entre la verdad y la mentira!".

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