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domingo 21 de abril 2019, actualizada 9:41 pm


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Palabras huecas, promesas vacías

Tengo que confesarlo, en una de mis recientes colaboraciones terminé mi reflexión con la frase: “Estemos tranquilos, AMLO busca un honroso lugar en la historia, consecuentemente, se descarta una dictadura”; pero a la luz de los hechos recientes: el mando militar de la Guardia Nacional, la nominación de personajes cercanos a él como nuevos ministros de la SCJN, la simpatía manifiesta hacia Nicolás Maduro, el empoderamiento que se le ha dado a la milicia, el brevísimo e ineficaz combate al huachicoleo y a la corrupción en Pemex, el alza de las gasolinas, el nombramiento de los comisionados de la CRE después de la no aprobación de las ternas por parte del Senado, el compromiso que seguramente pactó con la CNTE como para soportar el bloqueo en vías ferroviarias, etc., la duda de que AMLO responda a las expectativas generadas en campaña francamente ya se ha instalado en mi percepción; y no creo ser la excepción: AMLO ya fue abucheado en la inauguración del estadio de los Diablos Rojos, y recientemente en Morelia, Mich.

Pareciera que ya el ganso se ha cansado de tanto graznar y la gente a despertar de ese letargo producto de las promesas incumplidas del hasta hoy todavía el presidente más popular, quien fuera, y todavía es literalmente adorado por sus beneficiarios; pero no se puede tapar el sol con un dedo, ni mirar de soslayo una realidad que ya rebasa las fantasías de quien con vana palabrería y retórica setentera, subyugó a un pueblo que a más de 24 años del asesinato de Colosio, seguimos viendo y viviendo lo que él veía: “un México con hambre y con sed de justicia (…) ciudadanos angustiados por la falta de seguridad, ciudadanos que merecen mejores servicios y gobiernos que les cumplan, (…) un México de trabajadores que no encuentran los empleos ni los salarios que demandan”, y yo agregaría, un juventud desperdiciada, que ha sido presa de las circunstancias y caído en las garras de la delincuencia y/o la drogadicción; un gobierno corrupto, cuyo titular impoluto hizo creer demagógicamente, que su sola ascensión al poder sería suficiente para desparecer la corrupción y la delincuencia. Pongamos los pies en la tierra: ni la corrupción, ni la impunidad se terminan por decreto, ni con acciones tan tibias contra los intocables y corruptos sindicatos petroleros y de la CFE.

Nunca olvidaremos la efervescencia política de los meses previos al 1 de julio de 2018 y el júbilo cuasi nacional después de esa fecha, que por segunda ocasión creímos significaría un parteaguas en la historia de un México olvidado, agraviado, saqueado, vilipendiado por la oligarquía y la partidocracia.

18 años atrás Vicente Fox rompió la hegemonía priista e hizo creer al pueblo que con él, la democracia sería una realidad: palabras huecas, tan vanas como la retórica de Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas y demás pillos que le siguieron, incluyendo a Zedillo, quien fue de pocas palabras pero igual de nefasto para el pueblo, no así con el empresariado mexicano y extranjero.

Por tercera ocasión el PRI ha perdido la silla presidencial, dos veces ante el PAN y una contra Morena, o mejor dicho contra López Obrador, quien en esencia, sigue siendo igual que sus antecesores, desde Manuel Ávila Camacho (1940-46) hasta Peña Nieto 2012-18), una figura patriarcal, un líder moral, similar al Tlatoani de los mexicas, una pobre imitación de El Rey Sol (Luis IV. Francia), a quien se le atribuye la frase “El Estado soy yo”. AMLO no lo ha dicho pero lo es de facto. La fuerza de los hechos lo demuestra.

Seguimos viviendo un presidencialismo absurdo, sólo que ahora no con vestido de oropel, sino con una simulada austeridad. Si lo hizo Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro, ¿por qué AMLO no?

Héctor García Pérez

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