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EDITORIAL

El templo destruido

Archivo adjunto

LUIS F SALAZAR WOOLFOLK
miércoles 17 de abril 2019, actualizada 7:49 am


La devastación de la Catedral de Notre Dame en virtud del incendio acaecido el lunes pone de manifiesto la fragilidad del ser humano y en consecuencia de las obras y manifestaciones culturales de la vida humana en sociedad.

El templo en el que durante novecientos años se celebró todos los días, el misterio de vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía, sucumbió a la conflagración en el marco de la Semana Santa, por lo que resulta inevitable evocar las palabras dichas por el Salvador refiriéndose a su cuerpo: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" Juan 2:19, como testimonio del poder de Dios como Señor de la Historia.

Por fortuna no hubo muertes que lamentar sin embargo, resulta muy lamentable la mera destrucción de elementos materiales de carácter religioso y cultural respecto de los cuales han dado cuenta los medios informativos, cuya pérdida contrasta con la esperanza que suscita la espontánea manifestación de diversas reacciones frente al acontecimiento, como son el combate a las llamas y las operaciones de salvamento de los tesoros artísticos. La vigilia de oración, así como las cadenas humanas que lograron rescatar diversos objetos de valor devocional y artístico, constituyen un ejemplo de solidaridad fraterna, que rebasa al pueblo francés y a los cristianos del mundo, y cala en todos los hombres de buena voluntad.

Es evidente que para el cristiano la importancia de los bienes materiales es poca cosa frente a los bienes del espíritu sin embargo, la misma composición del hombre como ser integral de cuerpo y alma, hace que las obras del espíritu impregnen la materia y la enaltezcan, dotándola de un sentido trascendente, cuando se concreta en objetos que por su simbolismo constituyen testimonios ejemplares de santidad o heroísmo tanto por lo que significan, como por su noble valor estético.

Las Catedrales de la Edad Media Europea, entre las cuales se encuentra la de Nuestra Señora de París, encierran en su arquitectura, su diseño estructural, sus vitrales, el labrado de sus piedras y sus esculturas, manifestaciones culturales y científicas del genio humano, que son universales y atemporales. Su riqueza no es obra de la casualidad, sino de la visión cosmogónica de una sociedad que tiene a Dios por centro de su vida, incluido el ejercicio de profesiones artesanales ejercidas por hombres organizados en gremios, que como buena levadura dan consistencia a la comunidad, a través de la oración y del trabajo hecho plegaria.

El evento destructivo cuyo comentario nos ocupa, no es el único que ha sufrido la Catedral de París. Muchos siniestros han provocado daños materiales a través de la historia, tanto por hechos fortuitos de la naturaleza como por accidentes e incluso por mano deliberada del hombre, como ocurrió durante la era del terror durante la Revolución Francesa.

Muchos daños materiales ha sufrido la Iglesia a través del tiempo, pero ninguno tan grave como los daños espirituales que suelen empañar su pureza, los cuales han sido inferidos no solo por sus múltiples enemigos, sino incluso por sus propios hijos es decir, por los que nos decimos cristianos.

A partir de esta Semana Santa, dispongámonos no solo a reconstruir la Catedral de Notre Dame, sino a la restauración de la Iglesia que Cristo nos dejó como herencia de salud y salvación, y que los cristianos hemos mancillado de manera sistemática a través de la historia.

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