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EDITORIAL

Polarización y conflicto en el fin de una era

Urbe y Orbe

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lunes 08 de abril 2019, actualizada 7:50 am


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La humanidad experimenta un cambio de época. Desde la perspectiva de los teóricos del sistema-mundo, lo que se vive actualmente es el agotamiento de un ciclo hegemónico, el estadounidense. Y como todas las crisis hegemónicas anteriores, dentro de este período se activan procesos de competencia interestatal, discordia política, enfrentamiento bélico, turbulencias económicas y conflictividad social, derivados de la pérdida de legitimidad de quien venía ejerciendo el liderazgo hegemónico, en este caso Estados Unidos, y el consecuente desajuste de las estructuras e instituciones en las que se basaba dicho liderazgo. Hoy ya no sólo es la Unión Americana la que marca la pauta en el tablero internacional. Tanto en lo económico y político como en lo tecnológico y militar, la gran potencia tiene fuertes rivales -China y Rusia, principalmente- que juegan cada vez con más arrojo sus piezas para aumentar su influencia incluso más allá de sus espacios tradicionales.

En su libro Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, definen un esquema de ciclos hegemónicos como resultado de años de observación e investigación histórica, económica y sociológica. A la etapa de la hegemonía consolidada sigue otra en la que dicha hegemonía entra en crisis: se intensifica la competencia que conduce a una expansión financiera sistémica y se incrementan los conflictos sociales debido a la emergencia de nuevos estratos, clases o grupos en la sociedad. Posteriormente viene el período del colapso de la hegemonía, en el que se desintegran las instituciones que mantenían al viejo bloque social hegemónico, y se intensifica la lucha por el poder entre estados y dentro de los mismos, lo que abona a una nueva escalada en las pugnas sociales. Por último, se da la formación de un nuevo bloque social hegemónico, con nuevas instituciones, patrones, valores y grupos dominantes.

En un repaso muy somero, la formación de la hegemonía holandesa en el siglo XVII, lograda tras la Guerra de los Treinta Años, trajo consigo la consolidación de la clase propietaria como nuevo bloque de poder, frente a la nobleza tradicional, lo que embonó en un nuevo esquema de administración territorial: el Estado-nación, en contraste con las ciudades-estado italianas y los reinos feudales europeos. La expansión de dichos estados los llevó a conquistar América y extraer de ella una cantidad inmensa de riquezas para fortalecer sus instituciones… hasta la crisis hegemónica de finales del siglo XVIII. Dos nuevas conflagraciones mundiales, la Guerra de los Siete Años y las Guerras Napoleónicas, y las revoluciones independentistas americanas, concluyeron un proceso de formación de una nueva hegemonía: la británica, bajo la cual se consolidó la burguesía europea como la clase dominante. La necesidad sistémica de expansión llevó a una nueva conquista, pero ahora enfocada en los grandes territorios de África y las antiguas civilizaciones de Asia, de donde se extrajeron riquezas materiales y se explotó la abundante mano de obra al amparo de los imperios coloniales. La competencia imperial derivó en dos nuevas guerras mundiales en el siglo XX, las más devastadoras de la historia, tras las cuales surgió la hegemonía estadounidense, en la cual se desintegró el orden colonial con una nueva oleada independentista, ahora de naciones asiáticas y africanas.

El último orden mundial se dio también como producto de la emergencia política de una nueva clase social: el proletariado. En una parte del orbe el proletariado triunfó tras revoluciones armadas o pacíficas para instaurar regímenes socialistas o comunistas, mientras que en el llamado "mundo libre" la clase obrera pactó con la burguesía para crear el Estado de bienestar que derivó en la época de mayores beneficios sociales y más alto nivel de consumo de la historia, a la par que permitió al capitalismo convertirse por primera vez en un sistema económico de dimensiones globales, presente prácticamente en todos los estados y los estratos sociales. Pero al igual que en los ciclos anteriores, las crisis económico-financieras han anunciado el desgaste de la hegemonía, la cual, en este caso, comenzó a fines de la década de los 70 y nos alcanza hasta hoy. Nuevos tipos de conflicto internacional -guerras frías, contra el terror o contra el crimen, o las guerras subsidiadas, como Siria y ahora posiblemente Venezuela, en la que se enfrentan indirectamente varias potencias-, están marcando el colofón del liderazgo norteamericano. Si ha de ubicarse esta época en el esquema de Arrighi y Silver, es posible decir con mucha seguridad que estamos entrando al período del colapso de la hegemonía, en el que no sólo la mayoría de las dictaduras proletarias han desaparecido sino que también el edificio del Estado de bienestar se ha fracturado y el proletariado ha perdido fuerza y protagonismo como clase, mientras la concentración de la riqueza ha aumentado.

En el plano sociopolítico el efecto es claro: nuevos grupos sociales, con motivos de género, raza o religión, irrumpen con fuerza en la escena; las antiguas certezas comienzan a tambalearse; los viejos patrones conductuales son cuestionados; se construyen cámaras de resistencia y se incrementa la confrontación entre lo nuevo que intenta surgir y lo antiguo que se resiste a morir; se reavivan arraigados miedos a partir de renovados discursos que se creían superados, y quienes han sido relegados por el agonizante orden establecido emergen con fuerza para demandar justicia o colocarse en un lugar menos desventajoso en la estructura política, económica y social. Además, el dominio de la burguesía blanca, cristiana, masculina y heterosexual se encuentra en entredicho por el surgimiento de liderazgos de otras razas, principalmente asiáticas, otros géneros, mujeres y homosexuales, y otras religiones o corrientes como el ateísmo o el agnosticismo.

Arrighi y Silver afirman que la polarización derivada por la desigualdad económica o política es una primera señal inequívoca del derrumbe de la antigua estabilidad. Y esa polarización tiene hoy tres escenarios: género, migración y clase. Sectores ultraconservadores encabezados por varones heterosexuales principalmente, que creen ver amenazados sus privilegios, reaccionan frente a la lucha feminista y por la diversidad sexual; sectores obreros y de clase media blancos, movilizados por políticos neonacionalistas y de extrema derecha, se movilizan contra la inmigración y el multiculturalismo, y en el plano político, el populismo promete acabar con los privilegios de clase de quienes en los últimos años han visto crecer sus riquezas al amparo del poder, mismos que hoy reaccionan ante ese populismo. En el oriente asiático, en donde el proletariado tradicional aumenta, resurge la crítica marxista al capitalismo. En suma, el mundo está inmerso en un creciente clima de polarización y conflictividad social que encuentra una caja de resonancia amplificada en las redes virtuales. No podemos sólo ver los árboles, hay que observar el bosque completo para entender que esto forma parte de un proceso de descomposición de un ciclo hegemónico y el surgimiento de uno nuevo.

Twitter: @Artgonzaga

Correo-e: [email protected]

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