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Columnas la Laguna

De Política y Cosas Peores

Armando Camorra
domingo 07 de abril 2019, actualizada 9:13 am


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¿Dónde estuvo anoche don Chinguetas? Lo diré, pues a fuer de narrador veraz no debo ocultar ningún detalle de este acontecimiento. Estuvo en un burdel, congal, casa de mala nota, mancebía, manfla, ramería o lupanar. Ahí tuvo trato de libídine con una daifa de las que atendían a los descarriados clientes. Antes bebió un par de cervezas y bailó con la mujer, de cachetito, las conocidas piezas "Amor perdido", "Virgen de medianoche" y "Como si fuera un calcetín" ("tú me pisas todo el día", etcétera). Luego consumó con ella el lujurioso propósito que lo había llevado a aquel lugar. Sedada ya su concupiscencia, agotados sus rijos, tomó el camino de su casa. Al llegar se percató de que el penetrante perfume barato que usaba la sexoservidora le había impregnado la ropa en tal manera que de seguro su esposa habría de percibir aquel vulgar aroma, y eso delataría sus malos pasos de noctívago, pues para celar a su casquivano cónyuge doña Macalota -así se llamaba la mujer de don Chinguetas- tenía ojos de lince, oídos de tísico y olfato de sabueso. En el jardín el preocupado señor vio la cortadora de césped, que tenía motor de gasolina. Al verla se le ocurrió una idea. Destapó el tanquecillo del aparato y procedió a asperjarse cumplidamente con el combustible, pensando que el fuerte olor de la gasolina disiparía el perfume de la maturranga. Ocupado en su concienzudo afán don Chinguetas no se dio cuenta de que desde la ventana del segundo piso doña Macalota lo estaba observando, y había seguido con feroz mirada de pantera o tigresa hircana cada uno de sus movimientos. Cuando don Chinguetas acabó de rociarse profusamente con la gasolina su esposa le gritó hecha una furia: "¡Ahora préndete un cerillo, cabrón!". Pepito fue corriendo a donde estaba el gendarme de la esquina y le pidió angustiado: "¡Venga pronto, señor policía! ¡Mi papi está peleando a puñetazos con otro hombre desde hace cinco minutos!". "¿Cinco minutos? -se sorprendió el gendarme-. ¿Y por qué hasta ahora vienes a llamarme?". Explicó Pepito: "Porque antes mi papi iba ganando". Goretino, joven varón con tendencia al misticismo, le dijo a Ducibel: "Creo en el más allá". "¿De veras? -replicó la linda chica, molesta-. ¿Y entonces por qué no me has puesto la mano ni siquiera en el más acá?". "¡Todos los que están aquí son unos culeros!". Ese soez grito lo lanzó Astatrasio Garrajarra, ebrio consuetudinario, en medio de la cantina abarrotada. El vocablo "culero" no es fifí: pertenece al lenguaje plebeo y significa cobarde, apocado, medroso. Se puso en pie un hombrón del tamaño de una catedral y le propinó al majadero Garrajarra un tremendo mamporro entre quijada y oreja que lo lanzó hasta afuera del local. "Bueno -se consoló el beodo sentado en medio de la calle y frotándose el sitio del golpe-. Solamente me equivoqué por uno". El guía del safari le dijo al cazador: "Le tengo dos noticias, mister Highrump: una mala y otra peor". "¡Válgame San Huberto! -clamó el hombre (San Huberto es el patrono de las cazadores)-. ¿Cuál es la mala noticia?". Le informó el guía: "Su esposa entró sin darse cuenta en una aldea de antropófagos". "¡Válgame San Huberto! -profirió de nuevo Highrump, cuyo repertorio de jaculatorias era bastante limitado-. Y ¿cuál es la noticia peor?". Relató el guía: "Los caníbales acababan de comer. Su esposa ya viene de regreso". Don Poseidón sabía que el pretendiente de su hija no tenía en qué caerse muerto. Ni vivo. Así, cuando el jovenzuelo fue a pedirle la mano de Florimel le preguntó, ceñudo: "¿Tiene usted dónde meterla?". "No, señor -respondió el tipejo-. Precisamente por eso vengo a pedirle a Florimel". (No le entendí). FIN.

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