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EDITORIAL

Eutanasia y donación de órganos

ARNOLDO KRAUS
domingo 03 de marzo 2019, actualizada 10:29 am


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Kevorkian fue precursor de la muerte digna. Las ríspidas discusiones en cuanto a su ideario original, i.e., que los condenados a muerte donen sus órganos, son críticas cuando se establece un parangón con los pacientes que solicitan morir vía eutanasia voluntaria (EV) y su deseo de donar sus órganos. Preguntemos: ¿Es la apoteosis de una muerte voluntaria donar órganos? Los librepensadores responderán afirmativamente; quienes comulgan con la máxima religiosa, "Dios da la vida y solo Él puede quitarla", asumirán la postura contraria. Avanzado el siglo XXI, donar órganos para salvar vidas tras elegir el momento de la muerte es una admirable decisión, tanto del enfermo y de sus familiares, como de los equipos médicos.

La idea de donar órganos tras la muerte por medio de EV empieza a cobrar fuerza. Desde 2012 bioeticistas afincados en Oxford han argumentado que la escasez de órganos podría resarcirse "un poco" si los pacientes sometidos a EV considerasen oportuno donar. Tres conceptos clave. Eutanasia Voluntaria: el médico le administra al enfermo fármacos letales. Suicidio médicamente asistido: el galeno le provee fármacos letales al paciente y él decide cuándo utilizarlos. Voluntad del donante muerto -"dead donor rule"-: sostiene que los órganos vitales no deben retirarse antes del deceso; enfatiza que la extracción de órganos no debe producir el fallecimiento.

Cuando el paciente solicita morir vía EV y, al unísono, por escrito -instrucciones anticipadas- o verbalmente, decide donar sus órganos, los doctores deben ceñirse a la voluntad del donante muerto, regla que protege al enfermo y a la familia: los médicos no tienen derecho de precipitar el final. La regla de oro, la llamaré "regla ética de oro", establece que los galenos solo procederán cuando no se palpe el pulso, i.e., cuando la función cardiaca haya cesado. Los doctores tienen que comprobar la ausencia de pulso y deben, siguiendo las leyes, en este caso canadienses y europeas, aguardar entre dos y diez minutos antes de remover los órganos.

Los dilemas y las discusiones en torno a la EV y el respeto al paciente -seguir la regla de la voluntad del donante muerto- son fascinantes. Atañen a la sociedad y deberían ser motivo de discusión abierta en los medios, en la sociedad, con médicos y con -quizá contra-, políticos y religiosos recalcitrantes. Dos escenarios explican las disyuntivas éticas del binomio EV y la voluntad del donante muerto. Algunos enfermos quieren tener la certeza de que sus órganos no se retirarán hasta la comprobación de la muerte; otros desean fenecer en paz, sin dolor y con rapidez, pero, a la vez, desean donar sus órganos lo antes posible.

Los escenarios previos plantean un problema influenciado por el sesgo de los médicos tratantes: quienes desean donar sus órganos con rapidez, incluyendo a sus familiares, son atendidos con más cuidado, a diferencia de los que optan por aguardar unos minutos más. Mención insoslayable son los receptores: deben saber la procedencia de los órganos. Avanzar en este tipo de bretes no es sencillo. Los detractores de la eutanasia objetarán que se presiona a los pacientes para optar por esa opción, y añadirán que además se les encamina a donar órganos en contra de su voluntad. Ambas aseveraciones son falsas. Los médicos a favor de la eutanasia no presionan a enfermos ni pelean con sus colegas objetores de conciencia ni hacen proselitismo. "Morir no es un crimen", era el lema de Kevorkian. Ayudar a morir no es un crimen, aseveramos los librepensadores. Donar órganos tras la muerte es el culmen de una vida satisfecha y el clímax de un acto solidario, humano, ético.

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