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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
sábado 02 de marzo 2019, actualizada 9:09 am


En el vagón del tren, a oscuras pues era ya de noche, se oyó desde una litera la dulce voz de la novia que le dijo a su galán: “No puedo creer que estemos ya casados, Recesvindo”. A poco se volvió a oír la anhelosa manifestación de la muchacha: “Recesvindo: no puedo creer que estemos ya casados”. No pasaron dos minutos sin que de nueva cuenta se escuchara decir a la amorosa joven: “Recesvindo: no puedo creer que estemos ya casados”. En eso se oyó la voz de un pasajero que desde su respectiva litera sugirió irritado: “Súbetele, Recesivindo, para que se convenza de que ya están casados y que todos podamos dormir en paz”. Don Crésido, rico señor de edad más que madura, le comunicó a su esposa: “Voy a hacer mi testamento”. “Qué bueno se alegró ella-. Seguramente lo harás a favor de la que te ha dado calor y tibieza en la cama todos estos años”. “¡Claro que no! -objetó enfático don Crésido. ¿A quién se le ocurre heredarle sus bienes a una cobija eléctrica?”. Antes muchos políticos se convertían en empresarios al término de su gestión. Para eso usaban los cuantiosos fondos obtenidos en el desempeño de su cargo gracias al expeditivo medio conocido como el manoteo. Ahora algunos empresarios actúan como políticos, y ofrecen plena colaboración al mandatario en turno sin encender siquiera una lucecita de advertencia que prevenga sobre sus eventuales excesos en el uso del poder ni rozarlo con el pétalo de una leve crítica en torno de los desafueros cometidos ya, y que están costando miles de millones de pesos al país, como se vio con los forzosos pagos hechos a raíz de la irracional y caprichosa cancelación del aeropuerto de Texcoco. Es bueno que haya entendimiento entre el Gobierno y el sector empresarial, pues de ese acuerdo pueden derivar muchos frutos de bien para el país, pero no hay que olvidar que los empresarios son hombres y mujeres que por su independencia personal pueden actuar con libertad frente al poder y ser por tanto críticos de sus acciones. Los ofrecimientos de colaboración con el gobernante son plausibles, pero deben matizarse con una actitud que se aparte de la total entrega, pues eso no es bueno ni para el empresariado ni para la nación. Incluso las lunas de miel deben tener límites. Esa mañana doña Macalota le reclamó, llorosa, a su esposo don Chinguetas: “Anoche estuviste hablando dormido y llenaste a mi mamá de injurias, vituperios, maldiciones, insultos e improperios”. Respondió con hosquedad Chinguetas: “¿Y quién te dijo que estaba dormido?”. Capronio, hombre ruin y desconsiderado, da a sus amigos dos consejos para un buen matrimonio. Primero: tener una buena relación con la esposa. Segundo: saber con la esposa de quién”. Rapavelas, el sacristán del templo, le preguntó al padre Arsilio: “Señor cura: ¿cuál es el origen del mal llamado gota reumatoide?”. El buen sacerdote vio en la pregunta una oportunidad para amonestar a su sacristán, pues conocía sus excesos de todo orden y desorden. Le dijo: “Esa penosa enfermedad es ocasionada por el abuso de las bebidas alcohólicas, por la glotonería en el comer y por el trato con mujeres de la mala vida”. “Qué extraño -ponderó Rapavelas-. Oí decir que el señor obispo tiene gota reumatoide”. Nalgarina Grandchichier, vedette de moda, se jactó ante sus compañeras: “Los periódicos dicen de mí que soy un símbolo sexual”. Preguntó una: “Y ¿qué dice tu marido acerca de eso?”. Respondió Nalgarina: “Él usa otra palabra”. Don Inepcio le reprochó a su esposa: “Nunca me dices nada cuando has quedado sexualmente satisfecha”. Explicó ella: “Es que cuando quedo sexualmente satisfecha tú nunca estás ahí”. FIN

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