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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

PLAZA DE ALMAS

ARMANDO CAMORRA
martes 26 de febrero 2019, actualizada 9:01 am


Será difícil que lo creas, Armando, y hasta quizá sonreirás con burla, pero has de saber que alguna vez tu tío Felipe, o sea yo, fue inocente. Tuve la pureza de los primeros años de la vida, cuando no se ha vivido aún, pero me apresuré a llegar a los segundos y terceros años, y en ellos aquella virtud original, la de pureza, quedó enredada cierto día -cierta noche- en las piernas de una mujer. Luego no supe más de esa perdida gala. Ni mi padre ni mi madre eran iglesieros. No obstante me inscribieron en un colegio religioso, pues tal era la tradición de sus familias. Ahí me enseñaron a tenerle miedo a Dios, a dudar siempre de la salvación de mi alma, a mirar en las cosas del cuerpo ocasión permanente de pecado. Cada media hora el maestro interrumpía la lección y nos hacía rezar el “Acordémonos”, oración que nos recordaba en ominoso tono que estábamos en la santa presencia del Señor, cuya severa mirada vigilante jamás se apartaba de nosotros. El cura que nos confesaba para la comunión semanal, obligatoria, nos preguntaba siempre: “¿Has hecho cosas malas?”, cuando ni siquiera sabíamos cuáles eran esas malas cosas. De ese modo adquirí un permanente sentimiento de culpa que ha puesto siempre una vaga sombra en mis deleites paganos. En ocasiones ese trauma infantil quiere tomar la fea forma del remordimiento. Me las he arreglado, sin embargo, para no arrepentirme de nada de lo que he hecho, sino antes bien para recordarlo todo con alegría y gratitud. Has de saber -yo ya lo sé- que al final de la vida lo único que queda son los recuerdos. Hay que vivir, entonces, para hacer recuerdos, no para procurar olvidos. Trabajo me costó ese aprendizaje. Déjame contarte un episodio perteneciente al tiempo en que todavía conservaba yo aquella inocencia. Me hice novio de una muchachita de mi misma edad, o un poco mayor. Los domingos en la mañana íbamos a misa, y por la tarde al cine, donde mi mayor atrevimiento consistía en pasarle el brazo por encima y ponerle la mano en el hombro. Nada más. Una noche, en un cómplice rincón oscuro de la alameda de mi pueblo, la besé, y ella correspondió a mi beso. A ése siguieron otros, cada uno más ardiente y húmedo que el anterior. Le abrí un botón de la blusa y torpemente le acaricié los pequeños senos. Ella me dejó hacer, e incluso se bajó el brassiére para dar mayor libertad a mis caricias. Cuando terminé terminé, si es que me entiendes. No hablamos nada en el camino hacia su casa. Llegué a la mía y ¿sabes qué hice? Con el puño cerrado de la mano con que la había acariciado golpeé la pared en penitencia o castigo de mi culpa. Peor todavía: ya no volví a ver a aquella muchachita. La consideré causante de mi pecado. Cuando nos encontrábamos ella me miraba, triste, y parecía preguntarme con los ojos: “¿Por qué?”. De esto han pasado 65 años, sobrino, y sin embargo todavía me remuerde la conciencia. Pero fíjate bien: ese remordimiento no es por lo que hice -los besos, las caricias- sino por lo que dejé de hacer, por haber abandonado a aquella muchachita que ninguna culpa tenía de que yo sintiera culpa. Es una pena que haya muerto ya. Si aún viviera le pediría perdón por aquel pecado de mi primera juventud. No el pecado de haberla acariciado como lo hice -eso no es pecado; es vida, y promesa de vida- sino la grave culpa de haberme alejado de ella sin explicación. Así era tu tío en aquellos años, Armando. Así era de inocente. Así de culpable era. Después, no mucho tiempo después, aprendí el arte de nunca decirle no a la vida. Tan valiosa enseñanza la recibí de los libros y de las mujeres. No sé decirte cuál de esos dos magisterios es el que enseña más. FIN.

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