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EDITORIAL

AMLO y la hoguera de las vanidades

SIN LUGAR A DUDAS...

PATRICIO DE LA FUENTE
viernes 22 de febrero 2019, actualizada 6:59 am


La vanidad es tan fantástica, que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados”.

— Ernesto Sábato

La hoguera de las vanidades: ahí vivimos a últimas fechas. Lo entiendo, experimentamos un cisma llamado julio de 2018 y todavía no hemos digerido el cambio y comprendido a cabalidad lo que viene. Necesitamos tiempo.

Somos un país dividido donde todos creemos tener la razón. Sobre los argumentos: descalificación. Y es que no es fácil acostumbrarse a lo nuevo aunque sea para bien. México es un país virtuoso, de hermosas costumbres y tradiciones, pero también lugar de vicios e inercias.

El viraje que vaticina la Cuarta Transformación, aunque posible y en ciertos rubros digno de apoyarse, no será fácil de implementar, ni tendrá efectos inmediatos. Tampoco es la panacea porque en ocasiones, sobre la planeación estratégica de mediano y largo plazo, se decide lo que el Presidente López Obrador considera como justo, urgente o necesario.

No existe nación en el mundo que pueda echar reversa de la noche a la mañana. Los cambios son positivos pero requieren tiempo y esfuerzo. Aunque equis gobierno prometa bajarnos las estrellas, si los ciudadanos son apáticos o indispuestos a participar, poco se avanzará.

Además, cuando se busca imponer un criterio determinado sin entender que somos una sociedad diversa, donde cada voz merece ser escuchada; a la larga tales cambios serán solo eso: imposiciones. México no es posible ni viable si claudicamos nuestra responsabilidad personal, al margen de donde nos desempeñemos.

Así no se construye en democracia. El presidente goza de una popularidad asombrosa y la confianza de millones, es cierto, pero a la vez precisa de contrapesos, de que lo frenen y vigilen. Existe una cierta proclividad a no escuchar, o de plano acallar a los organismos y voces autónomas. Ya hemos hablado también aquí de la facilidad con la que el presidente divide todo en blanco y negro sin darle posibilidad al matiz.

Aplaudo su tesón y constancia, a la par advierto que dichas virtudes chocan con su terquedad y visión personalísima de las cosas. El presidente escucha, reconozco en él a un hombre sensible que busca justicia social, pero también ha dado visos de que no le gusta que lo contradigan y que la crítica fundamentada en ocasiones logra sacarlo de sus casillas.

Él está aprendiendo sobre la marcha a ser presidente, y nosotros como ciudadanos apenas nos acostumbramos a un cambio abrupto de narrativa. Por ello, en ambas vías urge encontrar el punto medio de las cosas. No somos dueños de la verdad absoluta, ni el mismo AMLO.

López Obrador es brillante a la hora de palpar y entender el humor social, del mismo modo se asume como guía moral de la República y a veces, más que presidente, se comporta como pontificador en campaña. Ello preocupa. Desde el atril explica, elabora, apela a la transparencia. De la misma forma quema a sus críticos en la hoguera de las vanidades, lanza mensajes crípticos, confunde con plena conciencia, alevosía y ventaja. Pretende explicarse, pero las más de las veces es víctima de sus propios soliloquios interminables, que hasta la propia Olga Sánchez Cordero admitió son complicadísimos de desentrañar.

Para focas que aplaudan, mejor vayámonos a un parque temático. Celebro que dentro de la 4T existan voces dispuestas a disentir del presidente. De otra suerte, no estaríamos apostándole al futuro sino revisitando el pasado, aquél que Cosío Villegas diseccionó de manera primorosa en El Estilo Personal de Gobernar.

Vamos todos aprendiendo sobre la marcha. Si tanto la oposición como la sociedad civil no redimensionan su rol, regresaremos a los tiempos del culto a la personalidad y el halago fácil, el de la lambisconería. Ahí el riesgo latente en un país de presidencialismo exacerbado como el nuestro. Los halagos se nos dan demasiado fácil no importando quién sea el mandatario en turno. Es preciso que huyamos de ahí.

Transitamos de un gobierno ufano y vanidoso -cuyo titular Peña Nieto, jamás entendió que no entendía y no supo comprender el humor social- a otro, el de López Obrador, quien con asombrosa rapidez pretende desmantelar la narrativa de un pasado que a su juicio hoy es inservible.

Profundo creyente del poder de los símbolos, Andrés Manuel López Obrador rompe de tajo con el ayer e impone nuevos usos y costumbres. El presidente tiene ganas, cosa que aplaudo, pero lleva prisa, quizá demasiada. A casi tres meses de iniciado el sexenio, tal prisa lo ha conducido a equivocarse más de una vez; en ocasiones mete reversa, otras se monta en su macho y háganle como quieran. Lo cierto es que es difícil acostumbrarse a su ritmo.

De entre la fauna política, López Obrador es uno de sus habitantes más sagaces y avezados, pero a mayor virtuosismo también mayor la posibilidad de irse de bruces y terminar en el precipicio. Ahí la dualidad en la personalidad del presidente que no sé si Sánchez Cordero entienda del todo. El mayor aliado y a la vez el peor enemigo del presidente no están afuera sino justo ahí, en el espejo.

La hoguera de las vanidades en pleno.

Twitter: @patoloquasto

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